Siempre me consideré profundamente colombiana, rayando en un nacionalismo que por momentos tenía más de corazón que de razón. Poco a poco me di cuenta que, aunque Colombia fuera un paraíso natural, no estaba habitado precisamente por ángeles.

Aunque nunca deseé vivir en otro país, pero quería que mi país fuera diferente.

Pero el cambio no iba a ser fácil ni rápido, así que la mejor forma de sobre llevar la espera era intentando hacer algo. El primer paso sería prepararme y ello incluía ampliar mi visión del mundo, por eso en mi corazón nació el deseo de estudiar fuera del país.

El trabajo y los afanes diarios hicieron que ese propósito se diluyera entre ires y venires cotidianos. Fue mi esposo quien me animó a desempolvar esa idea y empezar a buscar las opciones. Gracias a Dios las cosas se fueron dando poco a poco, y en cuestión de meses estábamos estudiando en Francia.

Francia no fue siempre nuestro destino soñado, es más, nunca tuvimos un destino específico, aunque sí queríamos que fuera Europa. Si la idea era expandir nuestra visión del mundo, Europa nos ofrecía más opciones de multiculturalidad.

Así fue como llegamos a Francia sólo con «bonjour» y «je m’appelle». Cuando recibimos la visa de estudiantes empezamos a tomar unas clases de francés particulares, el profesor era excelente pero nuestro tiempo muy limitado y era la primera vez que nos exponíamos al francés.

País Francia, ciudad Toulouse, al sur del país. La ciudad vino por providencia y espero luego poder contar un poco más de ella.

Lo que ahora quiero contar es que fue en Francia cuando me reconocí latina. Así, como ya lo había dicho Mario Vargas Llosa, haciendo referencia a su estancia en París.

En Toulouse conocí más latinos (no colombianos, por supuesto) de los que había conocido a lo largo de mi vida. Gente de Chile, Argentina, Costa Rica, México y Brasil, principalmente, me hicieron ver que aunque son muchas las diferencias, las cosas que nos unen son más fuertes.

La actitud hacia la vida y la manera en la que construimos relaciones interpersonales es diferente a la Europea.

También me llevó a ese re-conocimiento el que los europeos no fueran muy hábiles haciendo distinciones entre latinoamericanos. Es más, alguna vez escuché decir que nosotros (los latinoamericanos) tenemos más ventajas para la integración que los europeos, porque entienden que nosotros no solo hablamos el mismo idioma sino que también compartirnos la misma cultura y sistema jurídico.

Lo cierto es que tenemos muchas diferencias y en algunos casos hay rencillas. Pero lo que nos une, por poco que sea, es muy fuerte. Estando lejos de Colombia, el andar con latinos me acercaba a casa.

Yo sé que el primer consejo que le dan a uno cuando va a salir del país es «no se la pase con latinos» simplemente porque si uno lo hace va a hablar español todo el tiempo y no va a aprender con rapidez el idioma foráneo.

Pero es que el español que se habla en Latinoamérica no es el mismo en todos los países. Así que creo que no solamente estaba aprendiendo francés sino también «lenguas latinoamericanas».

Lo cierto es que fue en Europa y no en América del Sur que me reconocí latina, que decidí abrazar esa cultura mixta, mezclada y variada. Ese amor por la vida, esa alegría y espontaneidad que nos permite reconocernos a leguas. Así al volver a Colombia no solo trabajaré por un país sino por una región.