Los odiosos Ocho

Esta es la octava película de Quentin Tarantino. Es una película de Tarantino. Lo dice uno de los créditos iniciales (The 8th film by Quentin Tarantino), lo dice cada plano y lo subraya el propio director con una ingeniosa decisión narrativa que toma avanzada la acción. Cuestionársela por ser más de lo mismo no tiene mucho sentido. Como tampoco lo tiene desglosar, a estas alturas, sus constantes o lanzarse a un quién es quién de referencias. Claro que es más de lo mismo, pero no porque Tarantino no sepa hacer más. Su evolución como autor no pasa por la ruptura, sino por la perfección de sus constantes. Y en ‘Los Odiosos Ocho’ las lleva a la excelencia.

Tarantino arranca en exteriores y en movimiento su western de cámara. Recoge a sus personajes principales en una diligencia que avanza entre la nieve. Es una decisión preciosa llena de significado. Si subes, estás en sus manos. El cineasta encierra a estos y a otros personajes en una parada para diligencias, y los convierte en los interrogantes de un magistral misterio a puerta cerrada. Todo es perfecto en ese espacio acotado: el diseño de personajes (ni uno solo es predecible, y agitan de forma interesantísima los clichés del género), la coreografía interna de los planos, la puesta en escena y la ejecución del enigma.

Tarantino crece (aún más) como guionista al llevar con maestría a un plano estrictamente visual algunas decisiones narrativas, dar un dimensión más reflexiva a su verbosidad y hacer que el humor entre de una forma más natural.

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