Hay una foto que me hice cuando tenía más o menos 12 años. Mi madre me llevó a un estudio fotográfico, creo que era para mandarla a mis abuelos, que vivían lejos. Recuerdo que ese día había ido a la peluquería a cortarme la melena y peinarme en condiciones, así que en la foto, a pesar de mi bigotillo y acné preadolescente, salgo bien. Pero el detalle en el que mi yo adulto siempre se fija es en que me puse pintalabios, a pesar de que no me pintaba nunca y tardaría muchos años en hacerlo. Allí estaba yo, con mis gafas, con una sudadera gris y con mi pintalabios rosa pálido y brillante y noventero a más no poder porque lo consideré el toque, porque la persona en la que me iba a convertir empezaba a asomar por ahí, dejando claro que “algún día todo eso será tuyo, hija mía”. La lenta transición de niña a adulta empezó con un pintalabios rosa pálido.

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