Somos fruto de nuestra voluntad, no de nuestras condiciones.

26 de mayo de 2015

Abro los ojos y siento que el viento sopla. Lo logré. Estoy en la cima. Karla me abraza y entonces lloro. Lloro por todas las veces que no lloré antes. Por todas las noches que pensé que no habría un después. Lloro porque estoy ahí, mirando con la mochila en la espalda, con el viento en mi rostro, con el corazón sin tener intenciones de detenerse. Lloro por saber que vencí, de nuevo.

Foto de archivo personal.

Hace unas horas que empezamos el ascenso. Nos pidieron llevar lo necesario en la mochila y como buen mexicano previsor, quise llevarme hasta lo que no sirve. Entenderé, después de las primeras 4 horas de caminata, que el ejercicio representa todo lo que nos empeñamos en llevar a cuestas, aun cuando a veces no sirva de mucho.

Llevo mi cámara conmigo porque hago videos. Me gusta contarle al mundo lo que siento, lo que vivo, lo que sé. Me enseñaron que de nada sirve saber mucho sino compartes con el mundo lo que sabes, así que en cada parada y en cada momento aprovecho para usar la GoPro y enfocarnos a todos. Personas excepcionales, increíbles. Personas con mejor o peor condición física que yo, pero que tienen la misma meta. Nos hemos fijado este reto como una prueba ferviente de que podemos rompernos, tocar el abismo y poder continuar. Eso nos hace diferentes.

Por ciertas razones profesionales, hay cosas que no puedo contar de esa aventura. Puedo decir que escuché mis pensamientos y mis sentidos más que otras veces y de maneras más profundas. Compartí abrazos contra el frio para entender que todos los seres humanos somos pequeñas piezas que vienen a colaborar en el gran rompecabezas.

Entonces vino el reto más grande. Subir la montaña. La verdadera. Y pienso en las dudas que me rodearon antes de hacerlo. Recuerdo perfectamente como pedí dejar la mochila para avanzar más ligero. Se me explicó entonces la analogía de todo aquello que decidimos cargar a cuestas. Y se me enseñó, además, que hay cosas en la vida que pueden ser cambiadas, pero que debemos aprender a ser justos y a vivir con nuestras propias elecciones y sobre todo, con las consecuencias de esas elecciones.

Comenzamos el camino de nuevo. Pasa media hora y siento que ya no puedo. Que de verdad ya no puedo continuar. Me duelen las piernas y la espalda. A mi lado, veo pasar a los demás y siento esa presión que te da de ver avanzar a todo el mundo más rápido que tú. Pienso en las analogías y entiendo que no importa. Que nunca importa. Todos avanzamos a nuestro ritmo y aprendemos lo que tenemos que aprender en ese tiempo. Que vivimos en un mundo de fuertes presiones sin sentido sobre la velocidad a la que debes vivir la vida.

“Ya no puedo” digo en voz alta, para volverlo real. Alguien a mi lado responde “Vamos, Beto. Alguien ya lo logró.” Sonrío. ¿Y si yo no soy ese alguien? Podría rendirme justo ahora y esperar sentado aquí. ¿Importaría realmente?. “Vamos Beto, si tu papá pudo con su enfermedad, tú puedes con todo esto”. Escucho la frase y no sé cómo sentirme. Una parte de mi siente rabia de pensar en eso de nuevo y de sentir que todo se derrumba. La otra parte sabe que él dice la verdad. Avanzo, más por rabia que por deseo, y descubro que no me he detenido a descansar en un rato. Tal vez y solo talvez, es cierto aquello de que la firmeza puede llevarte lejos. Anita, a mi lado, me mira y sonríe y entonces avanzamos juntos. Es ahí, cuando presa de la ira, del dolor y sobre todo, de la desesperación, mi cuerpo entra en un estado de equilibrio inesperado y mi voz se alza para decirle: “Vamos. Continuemos. SOMOS FRUTO DE NUESTRA VOLUNTAD, NO DE NUESTRAS CONDICIONES. SOMOS FRUTO DE NUESTRA VOLUNTAD, NO DE NUESTRAS CONDICIONES”.

Lo repito. Lo repito con los dientes apretados y con los ojos a punto de estallar. Lo repito porque es verdad. Porque nada ha podido vencerme en la vida, por muy desgraciado que haya podido sentirme. Porque me enseñaron me eso. Porque mamá me enseñó a no rendirme nunca… Me faltan apenas 100 metros. Escucho las voces de todos los que están en la cima. “No te pares Beto, ya no te pares” “Vamos Beto, puedes lograrlo, vamos. No te detengas”. Y entonces ocurre. Ese segundo. Cuando tocas la cima. Cuando Karla me abraza y Audrey también. Luego me abraza Lecu. Alrededor, las personas que subieron también me felicitan. Abro los ojos por primera vez y contemplo la vista. Que hermosa es la vista.

Foto de archivo personal. Audrey Meave y Alberto Moreno.

Volteó y comienzo a gritarles a los que faltan por llegar que también pueden hacerlo. Porque yo estuve ahí. Tomamos fotos. Temblamos de frio. Y bajamos, de nuevo. Para comprobar que siempre estarás en altas y en bajas. Que la vida es una aventura. Y sobre todo, que siempre seremos fruto de la voluntad que tengamos, no de las condiciones que existan.

Foto de archivo personal. Federico, Audrey, Santiago, Karla, Victor, Fer y Beto.