3 AM
Termina una semana de calendario,
de esas que sirven para ordenar cuando trabajar,
cuándo no estudiar, cuándo bailar
y quizás hasta cuándo comer.
Ordena con tiempo de agenda y reloj, ficticio,
ajeno al tiempo importante -el del pecho y la cabeza-,
al tiempo que tenemos los seres sensibles
y que es único en cada uno de los cuerpos.
Las máquinas marcan las 21:30 y estoy cansada
pero puedo respirar hondo, con alivio
y hasta soltar una carcajada fraternal-sincera
antes de encaminarme a vos.
Cada vez que dicen 22:30 mi serie favorita empieza;
la tibieza de tu cama le queda bien a la de tu cuerpo
y hasta a tu mal humor soberbio,
que igual deja asomar algunas sonrisas inocentes.
(Sonrisas que detienen todas las máquinas y las series,
que se vuelven lo único existente ante mis ojos bobos
y caen como un yunque sobre mi pecho;
es la perplejidad de ser testigo de un acontecimiento místico).
Son las 23:30 y la violencia televisiva no te agrada,
más sí el ficticio amor imposible en segundo plano
y podes perdonarme haberle prestado mayor atención,
dejándome regalarte todos los besos que junté en el día.
Te regalo entonces los besos que junté en Moron,
los que junté en el tren y esos que me encontré en los colectivos.
Te regalo las caricias que junté de mis sábanas que extrañan,
que extrañan tu aroma dulce siempre tibio, como toda vos.
Te regalo los abrazos, todos mis abrazos,
que son mi cuerpo llamándote a querernos
(a querernos a mi cuerpo y a mi, a este alma que te escribe).
De golpe avisan las 3 de la madrugada,
la sorpresa la da otra vez el reloj -pues resulta ser el único
capaz de romper el tiempo, que de noche se congela-
y nuestra única reacción es reírnos al unísono
de la manera más boba y avergonzada que nos es posible,
para ponernos de acuerdo en al fin dar lugar al sueño.
Y nuestros cuerpos desnudos abrazan nuestras almas un rato.
Y mi alma, a través de mi voz, te cuenta que te ama.
Y tu alma reacciona en otra sonrisa, pero muda.
Y yo no necesito nunca más nada.