¿Qué habrían hecho mis profesores?

Originalmente publicado en Ciudad Liberal y republicado en Res Publicae el 18–08–2014.

Hace algunas semanas, una colega se quejaba de la desidia con la que los apoderados se informaban del mal rendimiento de sus hijos en matemáticas — asignatura que ella imparte. Su incomprensión llegó al punto de cuestionarla a ella como docente por los malos resultados de los alumnos. Esta actitud, lamentablemente muy común, refleja la indolencia de los padres con respecto a su responsabilidad en la educación de sus hijos y la condescendencia de los padres con respecto a la irresponsabilidad de sus hijos. Yo le dije, escribiendo un comentario en Facebook, que la próxima vez les pregunte a los apoderados qué habrían hecho sus padres en su lugar.

Imagen: My English Language

Me parece, en efecto, que pensar en lo que habrían hecho nuestros padres (o nuestros abuelos) ante estas situaciones es una manera efectiva de encontrar soluciones autorizadas y probadas para el mal rendimiento. Recuerdo, por cierto, qué fue lo que hizo mi padre cuando me enfrenté con un problema de rendimiento en matemáticas. El año 1993 hice 4to básico en el Colegio Santo Cura de Ars. El año anterior había completado 3ro básico en la Escuela D-489 «Fray Camilo Henríquez». Mis compañeros del Santo Cura sabían hacer las cuatro operaciones, pero yo solamente había aprendido tres de ellas: no alcanzamos a ver las divisiones en la D-489. A modo de «comodín», durante las vacaciones de verano me di cuenta de que las multiplicaciones equivalían a sumas múltiples. Me pareció una reflexión importante, pero mi hermano mayor no se impresionó cuando se lo mencioné.

Como no había recibido el entrenamiento necesario, me vi sumamente aproblemado cuando me dieron ejercicios que implicaban hacer divisiones en el Santo Cura. Creo que no lo hice de inmediato, pero en algún punto les comuniqué la situación a mis padres. Mi papá, entonces, me llevó a «la baldosa», un pasillo amplio embaldosado y techado que corría por el costado de la casa de mi abuela, y allí nos instalamos junto a una mesa, de pie, con un cuaderno y un lápiz. Fue una media hora intensa de explicaciones y ejercicios después de la cual yo era capaz de resolver cualquier división con números enteros, algo que mis compañeros aún no hacían, pero que aprenderían pronto. En resumidas cuentas, mi papá se hizo cargo de aquello que no había cubierto la escuela. Más adelante, en la enseñanza media, me di cuenta de que podía retomar el ritmo perdido leyendo las explicaciones de los libros de asignatura.

Nunca pensamos en cuestionar a la profesora porque ella era una especialista y, como tal, sabía perfectamente lo que hacía. Les había enseñado a los otros alumnos y les podía volver a enseñar lo mismo otra vez y podía enseñármelo a mí también (si se lo hubiera pedido). No había lugar para levantar ninguna sospecha sobre ella. De hecho, ante cualquier problema de aprendizaje, este habría sido el último aspecto considerado: en primer lugar están los conocimientos ya adquiridos del alumno, la involucración de sus padres en su aprendizaje, la situación emocional del alumno, la capacidad intelectual del alumno… Los profesores de hoy no han dejado de ser especialistas en sus áreas, pero los padres parecen aterrados de pensar que sea su responsabilidad educar a sus propios hijos y de hacerse cargo de las carencias emocionales e intelectuales que ellos tengan.

Como todo profesor, tuve maestros inspiradores que motivaron espiritualmente mi amor por el conocimiento. En mi práctica docente, pues, yo me remito a ellos para saber qué hacer. Ellos me enseñaron que el conocimiento no se aprende con permisividad, sino con disciplina. Me enseñaron que es importante hacer esfuerzos, leer, resumir y ejercitar tanto en el colegio cuanto en la casa. Me enseñaron que hay que cumplir con los plazos establecidos por la autoridad. Me enseñaron que la clase es una ceremonia solemne, no una reunión informal. Me enseñaron que el colegio tiene una estructura jerárquica y que todos deben respetarla, mal que les pese. Me enseñaron que no solamente el conocimiento puede ser evaluado, sino también el comportamiento. Me enseñaron que nada se consigue por méritos «naturales» como la inteligencia o la lástima que podamos inspirar, sino con trabajo dedicado y constante. Me enseñaron que no aprendería nada ignorando la clase y no leyendo los libros de asignatura.

Pero ahora parece que los profesores están avergonzados de replicar lo que nuestros maestros de antaño nos enseñaron a nosotros. No se dan cuenta de que fueron esos métodos los que nos hicieron los docentes que somos hoy: no fue la permisividad ni la comprensión excesiva, sino la disciplina y la exigencia. Cualquiera que aplique el sentido común seguirá las prácticas de nuestros maestros de antaño. Sorprendentemente, yo he sido amonestado por los cargos directivos cuando las aplico. «¿Qué se han creído estos insensatos?», pienso yo. «¿En verdad creen que podrán competir con sus sermones vacíos y sus amenazas cobardes contra la luz estelar emanada por mis profesores?» ¡Resulta imposible!

Yo le recomendé a una colega que les pregunte a los apoderados qué habrían hecho sus padres en una situación de aprendizaje frustrado. Ahora quiero decirles a mis colegas que se pregunten ellos mismos qué habrían hecho sus profesores ante las situaciones que enfrentan en la práctica docente. Descubrirán que tienen muchos secretos útiles guardados en la memoria. Y, si tenemos suerte, darán inicio a una revolución educativa. Una real, desde el aula: no hacia la comprehensión holística pachamámica, sino hacia el entendimiento razonado de la realidad.