Capítulo 4. Viernes, 16:00h

Después de hablar con Martín se quedó más tranquilo. Su mano derecha le había asegurado que los problemas con la delegación andaluza eran escaramuzas entre ellos, y que no afectarían a su elección. Los disidentes no eran muchos, y además estaban de acuerdo con que Tomás fuese el nuevo Primer Secretario. Al único que no soportaban era a Daniel Armenta, en teoría su jefe, y harían lo posible para que los más fieles al líder andaluz no formasen parte de la dirección nacional. A pesar de todo, según Martín, eran conscientes de su escaso potencial, y simplemente se pondrían bastante pesados hasta la última noche, en la que finalmente cederían y les darían sus votos a cambio de una presencia testimonial en algún órgano de dirección secundario, de esos que se reúnen para salvar el expediente y solo sirven para este tipo de componendas de última hora, cuando no quedan los puestos gordos para repartir.

Con la cabeza centrada ya en los prolegómenos del Congreso, Tomás bajó al gran salón de actos que albergaría las sesiones principales. Estaba decorado para las grandes ocasiones. Un gran mural con el lema del XXVIII Congreso presidía la sala. El número de cónclaves celebrados daba idea y dejaba claro a los no iniciados la historia que contemplaba a su partido. Su carné era el testimonio de otros miles y miles que, como él, habían defendido esas siglas en tiempos muy oscuros de la historia de España. En la Guerra Civil o en la clandestinidad del franquismo. Toda esa legión de almas comenzaban a pesarle como una losa, conforme se acercaba el momento de su coronación. Sabía que recogía el testigo de grandes hombres. Verdaderos estadistas que habían llevado al partido a cotas de poder inimaginables décadas antes, y que también habían hecho un mal uso del mismo, llevando la lacra de la corrupción a manchar el nombre de la formación política. No le importaba el peso del mando. Se había preparado para ello a conciencia durante años. Su única preocupación en ese momento era que todo marchase según lo previsto, y no hubiese ningún aprovechado de última hora que diese al traste con lo trabajado durante los últimos meses. Su experiencia también le decía que eso era algo con tendencia a ocurrir.

El acto de apertura dio comienzo con la elección, de entre los 1000 delegados, de los cinco que se encargarían de llevar a buen puerto el transcurso del Congreso. El Presidente de la reunión sería un andaluz, como no, de la total confianza de Armenta. Al menos habían logrado que entre los otros cuatro miembros de la Mesa (así se conocía coloquialmente a esa dirección temporal) hubiese gente de más confianza. El andaluz en cuestión era Manolo Brito, el perro de presa de Armenta. Éste se había empeñado en que fuese su amigo quien presidiese el Congreso, ya que siempre era un puesto que, aunque efímero, solía otorgar cierto aura de respeto a la trayectoria de quien lo ocupaba. En este caso, Tomás pensaba que a Brito el honor le venía bastante grande. El único mérito de aquel hombre había sido el de mantener unida la federación andaluza a base de purgas que dejarían a Stalin como un pobre diablo en la comparación.

Tras la elección, sin sorpresas, llegaron los discursos fraternales. Tomás ocupaba un lugar en el escenario y, aunque estaba algo escorado hacia un lateral, tenía que mantener la compostura ante las miradas que se posaban sobre él durante la extensa sucesión de personalidades que subían y bajaban del estrado para saludar a los presentes. Líderes sindicales, dirigentes de partidos similares al suyo en otros países… hasta un representante de la CEOE (Confederación Española de Organizaciones Empresariales) tuvo su minuto de gloria, algo que había provocado una minicrisis entre los asturianos y el comité organizador del Congreso. Se esforzaba con todas sus fuerzas para evitar bostezar, o cualquier gesto que provocase, al día siguiente o en breves minutos en un periódico digital o en esa cosa que llamaban Twitter, una foto suya que le dejase en mal lugar. Durante su periplo por el hall del hotel había visto de reojo a muchos periodistas conocidos, de los casi trescientos que se habían acreditado para cubrir el evento.

La organización había dispuesto una gran sala en la que podían seguir los debates y trabajar con sus ordenadores portátiles y tabletas conectados a la red, para que nadie se perdiese el minuto a minuto de la reunión más importante del partido en cuatro años. Solo unos cuantos periodistas, los que pertenecían a los medios de comunicación más importantes y los corresponsales extranjeros, tenían acceso al salón principal donde se estaba desarrollando el interminable carrusel de discursos. Más tarde tendrían que abandonarlo, cuando comenzasen las sesiones a puerta cerrada. El millar de delegados se dividiría en varias comisiones de trabajo que analizarían temas como la organización interna, la posición del partido en materia de educación, sanidad, modelo de Estado… todos esos debates darían lugar a un documento final, que marcaría la política de la organización durante los próximos cuatro años. Un documento al que nadie ha hecho ni puto caso nunca, reflexionó Tomás mientras seguía tratando de encontrar más caras conocidas entre el auditorio repleto. Los focos que iluminaban el escenario no contribuían a esa labor, aunque facilitaban mucho la de las diferentes televisiones. Al fin y al cabo, el espectáculo era para ellos. El show debe continuar. Mientras tarareaba en su mente la letra de la canción de Queen, y en el atril un fulano que hablaba en inglés gesticulaba como si alguien acabase de invadir Polonia, logró ver al fondo a una de sus periodistas favoritas. Ana Márquez escribía para El País desde la noche de los tiempos, siempre cubriendo la información del partido. Era el periódico más importante de España, y pasaba por ser el más serio. Cuándo en las televisiones extranjeras hacían un resumen de prensa, era la cabecera española elegida. Ana y él se conocieron en un Comité Federal, que era una reunión de cien cargos llegados de toda España para ratificar unas decisiones que ya habían sido tomadas en otro órgano más pequeño, o durante una buena cena. Dicen que antes en esos comités se liaban pardas, pero las leyendas de mayores se habían quedado solo en eso. Tomás era un simple delegado por Burgos que iba por allí a conocer gente, y sin comerlo ni beberlo se encontró filtrándole lo que había ocurrido en el interior a una joven reportera que no le había dicho ni su nombre.

Ana era una periodista incisiva. Pese a tenerles simpatía, no les pasaba una. Los sucesivos líderes del partido habían tenido que retratarse ante ella para lograr al día siguiente una página decente en el periódico. De nada valían las llamadas al director, o a alguno de los accionistas. Eso encendía todavía más a la plumilla, y en aquellos tiempos no se echaba a los periodistas de los periódicos. Así que si a algún iluminado se le ocurría pensar que podía tener buena prensa en el diario amigo sin pasar por el filtro de “la Márquez”, se encontraba con un cañonazo en la primera página de la sección nacional que le quitaba las ganas de volver a marcar teléfonos que no fuesen el de la periodista. A Tomás siempre le había parecido guapa, aunque los años habían pasado por todos. Con diferente justicia, eso sí. Cruzó la mirada con Ana, y en la lejanía ella levanto las dos cejas, como el que pasa la seña de duples altos jugando al mus. Tenía la cara seria, o al menos eso intuía desde la posición en la que estaba. Volvió a levantar las cejas, y esta vez se puso algo al lado de la cabeza. Era su móvil. El teléfono. Había puesto el suyo en silencio al entrar en el auditorio para la apertura del Congreso, y al sacarlo del bolso observó que tenía dos mensajes. El primero era de Martín: “Andalucía controlado”.

El segundo era de Ana Márquez: “Tenemos que hablar. Te la están jugando”. Levanto la cabeza y la periodista había desaparecido. En el atril, el inglés seguía llamando a la revolución.