Ha vuelto

Ha sido un buen día, tuve una mañana productiva y, aunque la tarde no fue igual, todo estaba marchando bien.

De repente, llegando a casa, me miré en el espejo del elevador. Pude ver cómo mis ojos anunciaban su presencia, podía sentirlo llegar, quería ignorarlo. Realmente quería que fuera una falsa alarma.

No lo fue.

Me encerré en mi habitación, me deshice de lo que más pude, mi maleta, mi chaqueta, mis zapatos y cinturón. Sabía que estaba llegando, quería estar lo más ligero posible para cuando lo hiciera.

Mi alegría se fue desvaneciendo. El cielo claro en mi mente estaba siendo cubierto por una oleada de nubes grises, poco a poco, una a una, sin traer palabras con ellas, tomaban su espacio, creando un mosaico de tristeza sin fundamento.

Y allí estaba yo, y allí estaba él, sentí su presencia tras de mí.

“¿Qué quieres?”

Pregunté, con voz cansada, con la mirada hacia el suelo, con el cuerpo sin fuerzas. Y como siempre, no obtuve respuesta.

“Estaba bien, tuve un buen día, no entiendo qué haces aquí”

Seguía inerte, sin decir una sola palabra de vuelta. Sin embargo, su sola presencia hablaba por sí misma.

Una sensación de desespero empezó a tocar mi pecho.

“Estoy cansado, por favor, no hagas esto otra vez”

Susurré, con voz temblorosa.

Mis puños se cerraban cada vez con más fuerza y podía sentir cómo se formaba un nudo en mi garganta.

“¡¿POR QUÉ ME LA ARREBATAS?!”

Grité en silencio, sin poder pronunciar una sola palabra. Derramé un par de lágrimas, de ira, de desespero. Pude sentir cómo mi interior se estremecía, mientras que a mi alrededor, todo seguía igual.

El poco de paz y la escasa, pero valiosa alegría que me había acompañado durante el día, se desvanecía entre mis manos, como un puñado de arena.

Allí seguía él, inmutable, inexpresivo, invisible.

Toda mi mente continuó tornándose gris. Mis músculos siguieron perdiendo fuerza, no quise pelear, no supe pelear.

Me postré en mi cama, mis pensamientos ya no cargaban más palabras, solo emociones, solo eran grises.

Había perdido una vez más, su presencia inmóvil no dejaba de observarme, no pronunciaba palabra alguna, mas la fuerza de sus juicios pesaban en mi interior. El vacío de su existencia permeaba mi cuerpo.

Lo último que recuerdo, es ver a mis párpados entrecerrarse, una y otra vez, buscando una salida, buscando el descanso ante ese encuentro.

Él siguió allí hasta que me vió dormir, caído ante su fuerza, derrotado ante su presencia. Tiene la certeza de que cuando despierte, me culparé a mí mismo, y, con suerte, no lo habré olvidado.

No he visto su cara, no he escuchado su voz, no he sentido su cuerpo. Solo soy consciente de él, porque es parte de mí, porque nadie más lo ve, porque solo tiene poder sobre mí, porque él soy yo, porque yo soy él.

Y aún, cuando quiero que se vaya, no me quiero ir con él.


Photo by Noah Silliman on Unsplash