Todos los que faltan
La mayoría de mis amigos y contactos en FB son más jóvenes que yo. Quizás fueron los años que me pasé bebiendo, quizás los que me pasé bailando con minifaldas negras, medias de color chillante y botas de casquillo. (O tal vez es algo más oscuro: el tiempo que perdí sacando las letras de las canciones de Mark Knopfler cuando era niña o en aquél lustro en que vi, religiosamente, tres o cuatro películas diarias, los enamoramientos truncos, los no truncos, vaya usted a saber en qué se va la vida). Calculo que me tomó alcanzar otra vez el tren de la humanidad al menos una década. Algunas personas, amables, me esperaron (incluso creo que los engaño con mi coartada de gente de bien). Sí, pero el cuerpo nunca.
El cuerpo viejo se conoce por las rutas que ha pisado. Envejecer, ya se sabe, es materializar la muerte de a poco. Te vas acostumbrando a sus detalles, los que aparecen diario en el espejo y tristemente, a la noticia de que otras cosas, otros lugares y otras personas dejan de existir. La muerte no duele nada al principio, nada hasta que de un momento a otro se hace aguja. El estadío aguja dura poco en realidad, hasta la tristeza cansa, y con algunas ocupaciones la muerte de una persona a la que se amó se torna en una idea agria y pesada, para luego volver a ser idea nomás, otro día pesadilla, luego sueño. En algún punto deja de machacar a diario hasta que algo, una foto, una frase, una canción, hacen que se repita el ciclo, pero esto va ocurriendo menos y menos hasta que sólo se queda en fecha conmemorativa.
El único cambio permanente ocurre, creo, en el paisaje de quien eres. Ese sí que se descascara. El mero hecho de que alguien muera, quien sea, crea espacios privados al interior de la gente y, de la nada, te aparece un cuarto cancelado que sólo visitas en sueños, al que te gustaría invitar alguien pero no te atreves porque el viento entra, arrasa con violencia y se lleva todo. Allí dentro metes todo eso que el tipo o tipa que se murió significó para ti. Cosas imposibles de describir y de explicar a nadie más.
Bueno. Esto porque se murió Prince hoy. Antes Bowie. Antes Erick, antes Gonzalo, antes la mamá de mi cuñado, antes Lou Reed, antes Rafa Saavedra, antes un chinguero de gente. Todos ellos tienen sus propios cuartos — a algunos ni los nombra uno, para no despertarlos — y, si le hacemos caso a una nota extrañísima de la BBC que señala la poca probabilidad de que nuestros ídolos dejen de morir, pronto tendré que contratar un arquitecto de planta.
****************
A veces uno no tiene contemplado a un muerto y de pronto hay que abrirle un cuarto. Ahora mismo siento la muerte de Mario Levrero, me estorba, me molesta que no haya podido publicar él mismo su Novela Luminosa (un título escogido con precisión para esas páginas).
En ese libro, Levrero parece presentir su muerte (y yo que soy drama queen y estoy enferma de influenza aunque sé que no moriré esta vez, me pregunto cómo se siente en el cuerpo ese presentimiento). Recuerdo a un escritor mexicano que murió blogueando y pienso que Levrero hizo algo muy similar: escribió sobre lo que era escribir y morir al mismo tiempo. Dice Levero al principio del libro:
Morirse debe de ser como salir a la calle, cosa que me cuesta cada día más, pero sin la esperanza de retornar a casa.
Es posible que la muerte asuste porque se la percibe como un nuevo nacimiento, ya que el no ser no tiene nada de aterrador porque no hay qué aterrar; y ante la idea de un nuevo nacimiento uno se agarra la cabeza y exclama «¡Oh, no! ¡Otra vez no!». Esto no quiere decir que tenga grandes quejas contra la vida; al contrario. Solo lamento haber estado siempre tan angustiado por el temor a lo imprevisto, a lo desconocido, todo el tiempo, incluso en momentos en que no hay mayores motivos para pensar en alguna irrupción desagradable.
Lo amo al tipo. “¡Oh no, otra vez no!” Me mata de risa. ¿Quién quiere volver? Si la gente reencarna o regresa de alguna forma es porque no fue Prince o Bowie, o mi papá, que deben haber muerto con ganas de pasar a otra cosa. Uno no vuelve cuando la vida, por más desgraciada y difícil, se cubrió en algún efímero momento de “pure awesomness”. A lo mejor nos da tanto miedo morir porque somos babosos y mediocres. Vivimos con miedo y morimos con él. O no. Es sólo una idea.
A mí, que no he escrito lo que quiero, que me falta terminar la tesis y algunas novelas gráficas y mucho sexo experimental, me llega sin embargo la retorcida idea de cualquier día es bueno para morir y, excepto por el dolor que me causa pensar lo que sufrirían un par de personas a mi alrededor, parece una idea con la que puedo convivir, no en paz, pero sí a cierta distancia respetuosa, como quien ha aprendido a saludar todos los días a un toro de lidia de 300 kilos sin cerca en su ruta al trabajo.
Me voy, pues le tengo que arreglar un cuarto a Levrero justo hoy, que por primera vez me faltó, a pesar de que para la gente lista y enterada haya muerto y dolido desde 2004.