Contaminación: Cuando Ochún diga

Por Lisandra de la Paz

Foto: Lisandra de la Paz

La hermana del padre de Marcia era una excelente nadadora. Marcia la recuerda cruzando el Almendares de un extremo al otro en los años 50, cuando los habaneros preferían sus aguas y sus orillas “antes que las de Santa María”, y cuando los botes y yates le otorgaban el lujo que ningún otro río poseía en toda Cuba.

Marcia nació a unos pocos metros del Almendares. Su abuelo materno, un gallego que inmigró como polizonte a la Isla en uno de los barcos que entraban al río, al desarrollarse los conflictos de la Guerra Civil Española, levantó allí su vivienda, una de las primeras que se construyeron en la barriada que más tarde sería conocida como El Fanguito. Y en aquel lugar –muy cerca de la que fuera antaño la casa de botes de Fulgencio Batista, y rincón para torturas y asesinatos a revolucionarios-, Marcia, de cincuenta y ocho años, ha vivido siempre.

La casa de botes, donde supuestamente solo se custodiaban los yates Yemayá y Marta, propiedades de Batista, se encontraba en una zona estratégica para tales desmanes. En la calle 21 esquina 22, dentro de El Fanguito, se hallaba próxima al Buró de Investigaciones de la Policía Nacional. En esta unidad militar –donde hoy se encuentra el Parque de los Mártires de la Clandestinidad en la Avenida 23 de El Vedado-, se comenzaban los crímenes que luego se finalizaban en la casa de botes.

Así, a los cuerpos a veces con vida los trasladaban en el maletero de un auto desde el sótano del Buró a El Fanguito, y más tarde, metidos en sacos de cemento, los trasportaban en uno de los yates de Batista hasta el mar. A una milla de la desembocadura del Almendares, los lanzaban a una profunda fosa conocida popularmente como La Campana.

Recuerda la señora baja y arrugada, de voz ronca, el verano en que su tía iba de regreso a casa, después de hacer su rutina acuática, y escuchó una voz lastimosa. Agua, agua…, suplicaba la voz. La hermana del padre de Marcia, ignorante de lo que entre esas cuatro paredes ocurría, se asomó por la hendija de la ventana y vio a un hombre maltrecho. Corrió al río en busca del agua y, asustada, comenzó a gritar por ayuda.

No imaginó el vuelco que daría a sus días. Los esbirros que custodiaban a aquel joven se dieron cuenta y, siendo testigo del crimen, intentaron retenerla. Huyó hacia el Occidente; se refugió en su provincia natal, Pinar del Río; y cuenta Marcia que si no llega a ser por el triunfo de la Revolución, hubiera terminado asesinada, como tantos otros.

Me percato entonces de que el Almendares y El Fanguito son cómplices. Nadie sabe todos los secretos que durante años se han guardado el uno al otro. Su relación, imagino, debe ir más allá de que El Fanguito esté a orillas del Almendares, o de que haya sido desde su surgimiento un asentamiento desgastado, o de que el Almendares, tal vez por imitación, haya decidido desgastarse también. Pero no podemos culpar del todo a El Fanguito del estado en que hoy se encuentra el Almendares, aunque las consecuencias de la pobreza y de la contaminación se provean la una a la otra.

“Lo que queda de este río no es ni la mitad de lo que era –asegura Marcia-. Aquí, antes de 1959 había unas diecisiete casitas, pero empezaron a venir gente de todas partes de Cuba y a levantar los llega y pon que puedes ver. Todo el mundo hace desagües al río, porque nadie está conectado al sistema de alcantarillado, solo las casitas de más arriba. Muchos tienen fosas, pero otros tantos no. Hacen sus necesidades en una jabita y la echan al río. Quien vio El Fanguito antes y ve ahora cómo está, no se lo cree. Muchacha si esto aquí era un paraíso con ese río”.

Cuentan los vecinos que hasta los más acaudalados de La Habana iban a pasarse el día, parqueaban los carros y hacían camping. Describen el trasiego de botes y yates. Las aguas prístinas dejaban ver el fondo, y del extremo rocoso del río brotaba un manantial. La malangueta, que hoy cubre la superficie, no existía. El Almendares era mucho más ancho y profundo. Hasta el yate Granma se paseó por sus aguas en el año 1973.

Tomada del Blog de Roberto Suárez

l barrio le llaman El Fanguito porque cuando lleve se inunda. “El agua te da por la rodilla. Hace muchos años atrás por allá atrás pasaba una zanja que desahogaba al río mediante unos tubos inmensos, pero empezaron a hacer un alcantarillado y fue peor, porque es tanta el agua que la alcantarilla se tupe” –explica Marcia-. Cuando llueve el mal olor es insoportable. Te ahogas de la peste –y hace un gesto de asco, como recordando el olor nauseabundo de la pudrición.

Señalo al gran vertedero que se extiende en medio del área polvorienta. Pregunto. “¿Ese montón de basura? Ya no me acuerdo del tiempo que lleva ahí. Si te fijas bien puedes ver desde cucarachas hasta ratones. ¡Y mira que nos hemos quejado! Hemos recogido firmas y hasta hay quien ha pedido el terreno para construir, pero no lo han querido dar.El Fanguito no existe en el mapa de Cuba. Aquí estamos al trozo.”

- ¿Y ha habido gente enferma a causa de la contaminación?

Bueno, sí se han dado casos de dengue y hubo dos personas con cólera. Pero mira, llégate a una de las casitas bonitas de arriba, por ahí vive Papo, que tiene ochenta y pico de años. Él te podrá contar también porque es nacido en El Fanguito, y a lo mejor tiene fotos. Doy las gracias y me alejo. Me volteo para lanzar una última mirada y advierto que desde ese lugar en la primera línea de río, el macizo montañoso donde se enclava la casa de José Antonio, a la que había ido horas antes, puede observarse del todo. Solo en ese instante me doy cuenta de su magnitud.


La casa de José Antonio fue el primer sitio ubicado justo al borde del Almendares con el que me topé desde la orilla que pertenece al municipio Playa. Situada sobre el macizo rocoso de piedra marga con pequeñas estructuras sedimentarias calizas, la casa de José Antonio queda al fondo de un barrio de pocas viviendas.

Desde España trajeron a su abuelo siendo aún muy niño y lo enseñaron a pescar. De esa forma, buscando en el Almendares su sustento, construyó la humilde residencia en el 1930. Allí, en los bajos de su casa, atracaba su lancha y la de un patrón.

La reacción de José Antonio cuando lo intercepté en busca de información había sido de total negación. “Si vienes a preguntarme del Almendares, no te diré nada. Estoy cansado de que la prensa diga que el Almendares está más limpio cada día cuando es todo lo contrario”. Más interesada que antes en lo que tenía que decirme aquel hombre indignado ante la contaminación del río, insistí, hasta que poco a poco fue cediendo.

Aunque los miembros de su familia –que como él, habían nacido en esa casa- se habían trasladado a El Vedado, José Antonio “de testarudo como soy” decidió quedarse en ese lugar que aún conserva algunas de las maravillas. “Todavía se ven ardillas, y los zunzunes y otros pájaros. Es decir, los animales que no se alimentan del mismo río, porque, por ejemplo, los pelícanos hace alrededor de diez años que ya no se ven. Prefieren irse a cazar peces a presas cercanas como la de Bauta o la de Caimito. Pero este luga rcontinúa siendo muytranquilo”.

Entonces me doy cuenta del silencio, solo aniquilado en ocasiones por los trabajos de construcción de la unidad militar que queda enfrente, al otro extremo y al lado de El Fanguito. El silencio que se añora en la ciudad de La Habana, vale mucho. Tanto como para quedarse en aquella casucha sobre un río que a veces ni siquiera permite respirar. Cuando llueve mucho se incrementa la corriente después de pasar por los rápidos de El Bosque, y cuando llega aquí, además de toda la basura que arrastra, remueve el sedimento. El río queda negro.

La capa tóxica del sedimento del río es la culpable de las emanaciones. Corrompido a causa de los residuos de casi doscientas cincuenta fuentes contaminantes entre viviendas e industrias –como cerveceras, papeleras, o de materiales de construcción-, que vierten sin tratamiento previo, el Almendares y su cuenca hoy se evalúan por el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente como Extremadamente Afectados.

Hace mucho tiempo que no se limpia el río. Hasta el año 75 se dragaba anualmente, pero después del ciclón Freddy se dejó de hacer. En el año 2007 volvió a entrar una draga, pero se quedó en los astilleros y no avanzó hacia el interior del río.

La ladera contraria a la del macizo rocoso tiende más al deslave, por eso antes existían pilotes que contenían el corrimiento del suelo. Ahora, sin esos pilotes, la tierra hace crecer el nivel del sedimento y el cauce del río se estrecha. “Eso lo pude comprobar –resuelve José Antonio-, cuando comparé el mapa físico satelital de La Habana del año 2011 con el del 2014. El río está muriendo, y tal vez lo único que puedan hacer de aquí a cincuenta años será construir una autopista”.

José Antonio dice que a partir de los noventa vio un punto de inflexión en la situación ambiental del río. Durante el Periodo Especial, “no le dieron mantenimiento a las fábricas. Cuando empezaron a quitar toda la costra de las tuberías, lo que cayó al agua fue una bomba de petróleo que terminó dañando la vida”. Las jabas de plástico y otros productos químicos llegaron a Cuba, y eso terminó por sentenciar al Almendares.

A ello se le suma la indisciplina social. A pesar que desde hace unos quince años colocaron un contenedor de basura en el barrio, las personas continúan “botando los desechos por la ventana”.

Foto: Lisandra de la Paz

Y diciendo esto vemos cómo un hombre que sale de la unidad militar vuelca toda una carretilla de ladrillos y pedruscos al río. “Eso es todos los días. Tiran todo lo que no les convenga, lo que les sobre…”. Me acerco a la barandilla, para ver mejor la cara del sujeto, que da media vuelta y marcha hacia dentro de la unidad. Observo entonces al Almendares. El agua que toca el macizo rocoso todavía es transparente, y algunos peces se refugian entre las piedras.

- Son carpitas de río –advierte José Antonio refiriéndose a los peces-. Quedan muchos manantiales que aunque pequeñitos, funcionan como una pilita abierta. Ahí el agua está oxigenada, es limpia, no tiene tantos contaminantes… Entonces ellos vienen y se reproducen.

- ¿Y aquellas dos manchas?

- ¡Son sábalos! ¡Tuviste suerte de verlos! –exclama-. En este período de marzo o abril vienen a desovar, pero no pueden. Desde el 2005 no veo sábalos aquí desovando. Entran porque lo tienen en su inconsciente colectivo, pero se van sin poner huevos. Uno los ve saltando y saltando, y es que les falta el aire, el agua no tiene oxígeno.

“Pero mira, si lo que quieres es ver el impacto de la contaminación deberías bajar a El Fanguito. Por esta zona es el barrio que más la sufre porque están al mismo nivel del agua, casi como los peces”.

Desde la avenida, o desde el puente que conecta los municipios Vedado y Playa, no se divisa El Fanguito. Como la mayoría de los barrios pobres en La Habana que emergen en las márgenes de los ríos, queda escondido entre las curvas del Almendares y la vegetación.

Doblo la primera esquina (yendo desde Playa) después de que la Avenida 41 se convierte en la Avenida 23, y desciendo la loma.


Luego de hablar con Marcia me adentro en los recovecos del lugar, y voy a parar al sitio al que todos en El Fanguito llaman El Parquecito: un área desyerbada, algunos árboles y dos o tres bancos frente al agua.

Me siento a descansar en el borde del río junto a dos jóvenes que llevan varas de pesca.

- ¿Hay muchos peces aquí para pescar?- y espero una respuesta negativa, después del testimonio de José Antonio, pero me contesta uno de ellos:

- Sí, hay bastantes peces. ¡Hasta manatíes se han visto! –exclama. Sabe que soy una visitante extraña del barrio, y su tono es como el de quien no quiere que las cosas cambien. Más tarde, sin embargo, se atreve a decirme: “A veces ni creas… Hace unos días bajó una mancha de petróleo que hizo que desaparecieran los peces, pero después volvieron”.

- ¿Y ustedes qué hacen con la pesca?

- De todo- responde el otro-. Nos los comemos, los vendemos, los regalamos… De todo.

Quiero seguir hablando, pero una mujer nos interrumpe, y le dice a uno de los muchachos:

- Crúzame ya, dale.

Al principio no comprendo. Se suben los dos a un bote improvisado hecho de maderas y poli espuma, y el joven rema hasta la orilla contraria, donde las escaleras traseras de los edificios reciben a la mujer. Pienso que son dichosos al tener en qué trasladarse hacia el otro extremo. Debe dar algo de impotencia tener la otra parte de la ciudad justo enfrente y no poder llegar a ella con los propios pies, no poder caminar sobre el agua. Pero pienso que incluso si se pudiera la gente no querría ni tocar las sucias aguas del Almendares.

Se lo comento al chico que aún está a mi lado.

- ¿Qué tú dices? ¿Qué la gente no se mete en el agua? –y me mira extrañado, al tiempo que señala a nuestra derecha-. Fíjate, parece que esos no tienen ningún problema.

En efecto. Un grupo de niños y jóvenes se lanza a las aguas verdes del río. Nadan hasta las estructuras del antiguo astillero de barcos y, ya desde una altura que no alcanzan en su orilla, se tiran de cabeza, a ciegas.

- ¿Tú ves? Eso yo no lo hago, porque es un peligro- asevera el joven de piel muy blanca al que nunca le pregunté el nombre. Así te puedes quedar encajando en cualquier palo del fondo, porque el río Almendares arrastra de todo desde su nacimiento allá por Tapaste.

Él piensa en el peligro de los golpes, y yo, en el de la contaminación que no consigue verse a simple vista, camuflada, como cualquier rama del fondo, por las aguas del Almendares. El golpe puede matar en un segundo, pero la muerte por la contaminación es lenta, no se percibe con solo una zambullida. Desde el punto de vista sanitario, la desembocadura del Almendares, según estudios realizados por el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, presenta concentraciones superiores a los criterios establecidos por la Norma Cubana para zonas de contacto primario, por lo que no es apta para el baño.

Regreso sobre mis pasos y me dirijo a casa de Papo, que en realidad se llama Santiago y que, aunque tiene más de ochenta años parece de cincuenta. Su mujer, Regla, una señora mucho más joven que él, delgada y activa, abre la puerta.

La casa, una de las mejores de la barriada, de mampostería y bien pintada, me recibe con una figura a tamaño real de la Virgen de la Caridad. Me presento y pregunto por las fotos de las que Marcia me había hablado, pero no conservan ya ninguna.

- Seguramente se perdieron cuando la mudada, porque nosotros vivíamos un poco más abajo –apunta Regla-. Después de que mi hija que está afuera empezó a ayudarnos, mejoramos.

- ¿Y antes en qué trabajaban?

- Bueno –comenta Santiago-, yo era pescador. Esta fue una zona pesquera toda la vida. Pero ahora los pescadores están en la ruina. El que te diga lo contrario te está engañando. En la cooperativa no queda casi nadie, muchos han dejado de pescar, como yo, porque el pez no pica. Lo único que entra ahora es el gallego, pero hay que tener cuidado con él porque puede estar ciguato. ¡Ah! Y sobran las clarias, por supuesto, porque esas sí no creen en nadie. La gente se mete al río a cazarlas. Pero antes…, antes de que la pudrición de las fábricas empezara a matar a los peces, en el río había de todo. Aquí subína la sardina, la lisa, el robalo, el sábalo… entraban hasta el puente. Pero empezó a crearse una costra en el fondo con muy mal olor de los residuos de las industrias y las casas que desahogan allí. Y ya es demasiado tarde. Yo recuerdo que hasta cocodrilos había en el Almendares.

- Es que en esta parte del río la gente no cuida la limpieza –agrega Regla, que no para de mecerse en el sillón-. Muchos no tienen ni escusado. Y cada día hay más personas, unas ilegales y otras no. En el año 87 había ciento cinco casas, y ahora debe de haber más de trescientas, y ya se han otorgado viviendas en cinco edificios.

Regla y Santiago me cuentan entonces que “están luchando por los cincuenta metros”, proyecto que pretende extender el muro del malecón hasta el Parque Almendares. De esa manera, todos los que viven dentro de los cincuenta metros desde la margen del río, serán trasladados hacia nuevas casas.

- Pero de eso no se ha asegurado nada –expresa Regla-. Y mientras tanto, mientras llega más gente, el río se contamina más. Además, vamos a ser sinceros, porque yo soy religiosa y sé lo que te digo. ¿Dónde se hacen muchos de nuestros rituales yorubas?

- En el río –respondo tímidamente.

- En el río, así mismo. Y no contaminan tanto las matas, las frutas y los animales muertos que pueden servir de comida a los peces como unos brebajes en pomos plásticos que se tiran a las aguas.

Y el material ese es lo peor. Hasta ahora no se había incluido en la santería y no tiene por qué formar parte de las prácticas religiosas. Al final se daña a las aguas. Y Ochún es muy buena, pero no perdona. Su ira es poderosa. Tú vas a ver cómo eso se acaba — y entonces apunta a la figura de la Virgen de la Caridad moviendo a la vez la cabeza de adelante hacia atrás-, y cómo va a salir malparado todo el que le hace daño al río, cuando Ochún diga: Voy a recuperar lo mío.

(Foto: Lisandra de la Paz)