Las madrugadas están hechas para los valientes.
Los decididos que salen de su cama y desafían la oscuridad engañosa de una noche eterna. Están hechas para los fuertes que dejan a sus seres queridos desde bien temprano con un beso en la frente y reciben unos buenos deseos muy dormidos.
Las madrugadas no son peligrosas, solo son momentos solos del día donde se aprovecha la última oscuridad, es el preámbulo de una inmensidad de luz.
No es para tener miedo, es para empoderarse y dejarse llevar por esa fuerza.Los que madrugan -los valientes- son seres atípicos que inician su día con disposición sin dejarse vencer por el calor de las sábanas arrugadas por el cuerpo inconsciente o la compañía que invita a quedarse. Son los primeros que inician algo en algún lugar, o los que encuentran compañía para crear, cuidar, abrir y cerrar espacios que no imaginamos.
Los que madrugan tienen una meta, fuerza de voluntad, valor, agallas, amor propio y muchísima voluntad.
Madruguemos.
Madrugar también es para los sospechosos. En la madrugada todos somos sospechosos, somos menos.
Los árboles tienen más vida, siempre hay sombras de quién cuidarse, el sonido de las bolsas de basura tienen protagonismo. El sonido de los zapatos carga culpa.
Hay que ser como un gato.
-…¡shh!
