Notas de ciudad:

Martes 30 en el Festival de Cine-Rock8

Tengo 39 días en Caracas.

Desplazándome con el paso vertiginoso y barroco de la ciudad, la voz en off sigue narrándome anécdotas que se mantienen escondiditas en las esquinas y ventanas que rememoran los años de Guzmán Blanco. Me señala las aceras altas de La Pastora, le pregunta a las doñas -que mantienen esa rutina vespertina de sentarse en los frentes de las casas al estilo más autóctono de Santa Lucía en Maracaibo-, cuántos años tiene esa casa, ellas responden: -Ay imagínate, yo tengo 60 años aquí, y los que estaban antes de mí tendrían como 40 o más. Justo lo que él quería escuchar: las casas datan del periodo de Juan Vicente Gómez. Entiendo entonces que estamos en un sector centenario de Caracas. Pero resulta que esta ciudad no sólo tiene historias nostálgicas para melancólicos, también tiene música y a veces –cuando escampa-, se deja escuchar, como lo hizo el pasado martes en el Centro Cultural Chacao.

Sala baja del Centro Cultural Chacao/Fotografía: Gustavo Segovia

Luis Irán presenta sus canciones como solista, según entiendo se trata de su proyecto llamado “Irán”. Me agrada el juego que supone su nombre y el verbo en futuro. Un melómano del público me comenta que aún guarda semejanzas con el estilo de Los Paranoia… Y así el músico hasta entonces desconocido para mí, empieza a llenarse de referencias. Como cierre del día, proyectaron The Last Waltz (1978), dirigido por Martín Scorsese.

Me encanta ver cómo el público va ocupando su espacio. Una chica de rulos cortos toma notas con el título de Prioridades en una libreta de líneas claras. Las dos primeras filas son hileras de comodidad. Cojines dispuestos en forma de muebles sirven para que un muchacho se desparrame sobre ellos mientras lee y espera que empiece la función. Un niño rubio se roba la atención de todos. Es el hijo del cantante, quien pide un aplauso para que el niño deje de llorar; es obvio que su gesto hace feliz a todos. Estamos en la 8va edición del Festival de Cine Rock. La imagen de una chica caminando por el pasillo a mi mano izquierda, cargando en la mano una patineta longboard, me captura. Pienso: hay gente en esta ciudad que sigue siendo ligera.

Fotografía: Irene García

La imagen del público es fresca porque están contentos. Varios tararean las canciones, repiten las letras. Me gustan este tipo de pausas colectivas, aquí adentro el hastío de la cotidianidad se interrumpe. (Escucho “Maiquetía” en youtube. Luis Irán también habla de los que se van… De los que se irán. Suena: Dime si te vas mañana, dime si regresarás…) ¿A cuántos más les haremos las mismas preguntas? Pero a fin de cuentas ahí estamos los que se quedan, y al menos sentados sobre este aquí y ahora, estamos contentos.

Justamente anoche veía el film Good bye, Lenin (2003), dirigido por Wolfgang Becker; y uno de los personajes decía: “Nada cambiará si nos vamos todos”. Uno suspira hondo ante esas frases. Posiblemente, con otras palabras, es lo que me repito cada día, incluso hoy 1 de sept.

Además de Luis Irán y el documental de Scorsese, los arquetipos de personas siendo público, el clima de brisa amable muy propio de esta Caracas que visito, también me encontré -con asombro y curiosidad- ante dos imágenes por las cuales uno puede sonreír. La primera es la de una mujer -de blusa blanca, que camina por todo el espacio; habla con los músicos, sube a la pequeña tarima, habla con el público, no se detiene… Luego entiendo que es la coordinadora del Festival, su nombre es Daniela Carrascal y lo que me encanta es verla ahí tanteando su barriga de muchos meses, llevando a cabo un festival que seguramente tuvo contratiempos. Daniela está embarazada y presenta sonriente la banda y las actividades del festival. Está embarazada y me hace entender que eso no es un impedimento para vivir, quizás signifique todo lo contrario.

Luis Irán, Daniela Carrasco y amigos/Fotografía: Gustavo Segovia

La segunda imagen es la de alguien que sí conozco. Su nombre es Gustavo Segovia. Conocer a alguien siempre es como jugar con las capas de una cebolla o con el misterio de las matrioskas… El otro se va mostrando desde diferentes facetas, que lo convierten en una suerte de collage híbrido que va desde las muletillas, hasta las anécdotas y los oficios. Gustavo o Guseg es periodista, músico, fotógrafo, escritor creativo, productor audiovisual, profesor universitario, entre otras cosas, pero ese día estaba siendo fotógrafo.

La segunda imagen que me enganchó entonces fue verlo buscando la foto que imagina. Gustavo es músico y por supuesto, conoce los ángulos desde los cuales a un músico le gusta ser visto. Conoce los objetos y detalles que muestran en la imagen las maneras de ser individuo, de ser particular; la manera en la que llevan sus guitarras, sus bajos e incluso sus tamagochis. Luis Irán y él, además de la música, tienen en común las botas Dr. Martens y el hecho de ser papás rockstars (o al menos así han de verlos sus hijos). Así que me sonreía viéndolo lanzarse en el piso, montarse en la tarimita, fotografiar las botas de Irán, su ampli, la correa de la guitarra, el público, capturar los gestos de quien canta, los momentos en los que alza los brazos o aplaude para que la gente se anime.

Yo creo que esa sensibilidad o empatía sólo la puede conocer otro músico. Dentro de la imagen de mundo que ellos tienen, quizá comparten ciertas preferencias, enfoques, posturas y colores que caracterizan el arquetipo que han asumido ser en la cotidianidad. Esos que todos asumimos más de una vez.

Luis Irán (Voz y guitarra)/Fotografía: Gustavo Segovia

Así que, ¿con cuáles imágenes me quedo? Con la de Gustavo Segovia buscando la foto que imagina, con la de Daniela Carrasco llevando a su hijo o hija al mundo que ella habitaba desde antes, y no renunciando a él por hacerse madre; con la del público teniendo sus propias marcas, es decir, permitiéndose ser individuos dentro de un contexto que apuesta por la imposición de convertirnos en masas, y finalmente con la de Luis Irán pidiendo un aplauso para su hijo, pidiendo aplausos al público para acompañar las canciones, pidiéndonos estar felices pues… Y diciéndonos que si no estamos románticos, él nos pondría románticos: “Tú escribes mi escena, tú dime dónde debo estar. Tú dale la vuelta para quedarme en tu libro hasta el final…” (Mientras escribo, imagino que se van silbando, como personajes de La vida es silbar (1998) de Fernando Pérez). Nos vamos con otro verso de su canción “Libro”: “Avísame dónde estarás…” ¡Chau!

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