La Náusea de Andrés
Andrés Felipe
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HABLE CONMIGO

Le escribo estas líneas, estimado Andrés, para dar cuenta de mi experiencia en la donación gratuita de sangre humana.

Cuando a mi mamá la aquejó una dolencia de carácter grave (infección en su cadera derecha) que casi la lleva a la tumba, fue requerida mi contribución solidaria. Siempre había esquivado tal avatar con la soltura de una liebre. Pero en este caso me fue imposible. Mis hermanos me prometieron calificativos tales como “cobarde”, “egoísta” e “insensible”, en el supuesto que yo no contribuyera al bien común, como usted bien dice, con esa parte de mí.

Es verdad que soy cobarde, egoísta e insensible. Gracias a la fe, a la ciencia y a muchos años de terapia, me he aceptado a mí mismo, si me permite la redundancia. Sucede que no todo el mundo comparte conmigo la mirada darwiniana de la vida. En ese sentido, me he adaptado. Y aquello que me trastorna y acomete contra mi, lo evito.

Pero madre hay una sola.

¿Alguna vez ha donado sangre? me preguntó la enfermera. Nunca, le contesté. Y continuó con ese cuestionario que usted relató con fidelidad (se ve que es una fórmula arbitrada por una multinacional que mansamente nos exprime y nos absorbe).

Finalmente fui bendecido con el derecho de donar. Me vestí de héroe. Ingresé a una habitación de paredes blancas, de sillones reclinables grises y de donantes de rostros verdes. El minuto de coraje y guapeza se acabó para mi.

En el sillón comencé a sudar. Mi corazón a palpitar como un loco. Cerré los ojos para no ver y mis narices para no oler. Pero el persistente aroma a sangre humana (no me diga que usted no la huele) y a desinfectante de hospital, llenaron mi garganta de una sensación de náusea como nunca antes la había experimentado. Por la mirada de la enfermera colegí que mi rostro se había puesto verde, cuando no azul.

La enfermera desató el cable elástico de mi brazo y me dijo que respirara hondo. Yo respiré como pude. La lámpara del techo o el ventilador, quien sabe, giraba como una calesita en torno a mi. ¡Traigan una cocacola! gritó la mujer. ¡Yo no quiero cocacola! grité yo. ¡Le caerá muy bien para su estómago!¡Es que yo quiero que me hable! ¿De qué quiere que le hable! ¡Pues de cualquier cosa!

La gente no sabe hablar de cualquier cosa. Es una pena. No preciso la cocacola. Necesito que me hablen con cariño, como quien tranquiliza a un perro con susto.

No hubo caso. Me arrastré por los pasillos del hospital y tiré la cocacola en el primer bote de basura. Nunca más doné sangre y nunca más donaré. Al menos hasta que alguien jure que hablará conmigo llegado el caso.

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