Feminista fracasada
Como muchas feministas siento indignación todo el tiempo, creo que viene en el paquete. Cuando soy testigo de las injusticias a veces intervengo y otras tantas únicamente me quejo en redes sociales.
Una de las situaciones que más frustración me causan es la presión que los estándares de belleza producen. Lloro y me frustra encontrarme con casos de niñas con desordenes alimenticios, con mujeres que cuentan calorías, o con seres humanos cuyo valor es medido en tallas, kilos o sex appeal . Por otro lado, me encanta encontrar historias de mujeres que han tomado el control de su imagen, que han modificado el concepto de belleza como algo innato de la condición humana y se presentan como mejor les parece. Muerte al male gaze. Todos estos testimonios me llenan el corazón y me hacen el día.
A partir de febrero empecé a bajar de peso. Sin realmente intentarlo, sucedió como consecuencia de la ansiedad y la automedicación. En abril comencé a recibir comentarios sobre lo flaca que estaba, de lo bien que me veía y cuando lo comprobé en la báscula me sentí extremadamente satisfecha. Al fin algo bueno me pasaba y sin casi intentarlo. Qué maravilla.
Hoy me encuentro recuperando el peso perdido. Lento pero seguro. Mi frustración se incrementa con cada aumento en la flechita de la báscula y en mi cabeza se empiezan a formar estrategias para dejar de comer y usar laxantes. Comienzo a racionar porciones, a restringir carbohidratos , a mirarme más en el espejo esperando que mis huesos se noten y a pellizcar mi cara queriendo arrancarme los cachetes. “Soy un fracaso”.
Por alguna razón, que considero afortunada hasta cierto punto, siempre he sufrido de un miedo tremendo a vomitar, o emetofobia, si se quieren poner técnicos. La emetofobia me ha salvado de un desorden alimenticio grave, pero ha traído consigo conductas igual de autodestructivas. Largas búsquedas en Google y repetidas visitas a la farmacia me han armado con un montón de drogas que cumplen con un solo propósito: “Que todo lo que entre salga bien y pronto”. Ya sean laxantes, antiácidos, tés o antieméticos. Los tengo y los uso todos. Mi miedo a vomitar, aumenta con la ansiedad. Cuando ingiero alimentos que considero pesados, no pasa mucho rato antes de que busque tomar algo que me ayude a deshacerme de ellos.
Lo malo de estas conductas es que obviamente, al ser una consecuencia de la ansiedad, mi definición de sentirme bien es confusa. Racionalmente, la probabilidad real de que vomite es casi nula. Pero en mi mente cualquier malestar, aunque sea mínimo se convierte en una amenaza terrible. Hago lo que sea que este a mi alcance para no vomitar. Fue justamente esto lo que me pasó a principio de año. Entre peor me sentía más medicina tomaba, no vi nada sólido en el excusado por meses, (disculpe usted la imagen mental del asunto). Cuando mi ansiedad aumenta, sentir que tengo el control sobre algo, en este caso vomitar, es mi coping mecanism.
El círculo de malestar y automedicación fue disminuyendo cuando comencé a ir al psicólogo. En terapia he hablado muy poco de este tema. En mi mente tenía otros problemas más urgentes. Fue hasta ahora, que los rollitos en el estómago se vuelven a notar y que tengo papada otra vez que me doy de frente con este problema. ¿Por qué mi apariencia me causa tanta angustia? ¿por qué no soy capaz de quererme y aceptarme? ¿por qué si predico tanto la idea del self love soy absolutamente incapaz de aplicarla en mí?
Creo que todos tenemos esta idea de la persona que nos gustaría llegar a ser. Nuestro «Yo Perfecto ». Las expectativas actuales son un exceso. SER LA MÁS Y LA MEJOR, LA PRIMERA, LA ÚNICA, en todo y siempre. Cuánta carga, cuánta responsabilidad. Con tan altas expectativas, es muy difícil querer en serio a la persona que vemos en el espejo. Esta imagen se vuelve despreciable, insuficiente, provoca hastío y lástima. Con toda esta presión ser funcional es complicado. ¿Cómo se espera que tengamos motivación cuando nuestra estima y confianza van en decremento?
Yo también soy de esas personas que se ven como se sienten. Cuando despierto de buen humor, esa persona que miro en el espejo me sonríe y me parece encantadora. Si no me siento bien, usar mi ropa favorita y más maquillaje me reconforta. Pero otros días, cuando la ansiedad aparece todo se nubla. Me sigue una nube gris que me hace odiarme a mí y a todo. Nada me parece, comienzo a sentirme aislada, sola, triste. Me cuesta evitar tener pensamientos negativos, me pongo paranoica y comienzan mis conductas autodestructivas.
Alguna vez leí un artículo en el que se hablaba de la presión que tenemos por aceptarnos y querernos tal cual somos. La autora habla sobre lo imposible que de verdad es. Concluye su ensayo diciendo que dicha tarea es un proceso que nunca termina. Su enfoque se ha quedado conmigo y no puedo estar más de acuerdo. Mi cuerpo está cambiando siempre, es lo que le permite estar vivo, es lo que me permite estar viva. Quisiera formatear mi cerebro y hacerlo comprender que mi cuerpo soy yo, que soy un todo, que debo y puedo cuidarlo bien. Y también quisiera comprender que soy suficiente así, que mi apariencia nada tiene que ver con mi valor.
Quisiera que fuera fácil sentir lo que estoy escribiendo. Que estas ideas que considero tan ciertas fuesen también acciones y pensamientos automáticos. No sé cómo desterrar a los monstruos que me hacen fijarme en lo delgado de mi cuello, en las sombras que marcan mi clavícula o mis pómulos, o en todos esos bordes que creo que están de más, que sobran.
Me siento una farsante por tener este tipo de preocupaciones. Por ser un cliché. Por ser otra mujer que ha caído en el esquema de belleza patriarcal y heteronormativo, por ser víctima de las revistas, los comerciales, por que toda la información a la que tengo acceso no me sirva para nada. “Soy un fracaso”.
Cuando mi cascada de pensamientos negativos concluye, recuerdo que ser feminista no es sinónimo de ser perfecta. Ser feminista es ser decididamente lo que sea que seamos, teniendo amor y compasión infinitos. Es dar oportunidades a quienes no las tienen. Aplicar esto de manera personal es la tarea más difícil, porque los monstruos, los fantasmas y el sabotaje me conocen demasiado bien. Pero es un proceso interminable, y no rendirse es la manera en la que se gana.
Me voy a dar chance.