Improperios.


Un día que caminaba del colegio a mi casa, dos tipos en bicicleta comenzaron a seguirme y gritarme cosas. Yo tenía unos 14 años, y no supe como reaccionar. Caminé lo más rápido que pude y le conté a mis papás.

Estoy segura de que cualquier mujer que lea mi anécdota, va a recordar más de una ocasión en la que le sucedió algo parecido. Muchas incluso nos preparamos mentalmente cuando tenemos que pasar frente a una construcción. El repertorio de albañil es un elemento más de la cultura popular mexicana.

[Aquí es la parte en la que admito la gran imaginación y picardía de muchos. El albur mexicano es único.]

¿Pero cuándo deja de ser un halago prefabricado y se transforma en acoso?, ¿por qué esos halagos estan mal desde un principio? Y cómo se narra en éste artículo, ¿quién les dio permiso de decirme ‘sabrosa’?

La respuesta es simple, no existe tal cosa como un halago casual de extraño a extraño. Lo que sucede en la calle cuando un hombre le grita a una mujer o en los peores casos, impone el contacto físico, es acoso.

Es una realidad que todas las mujeres sufrimos de manera tan constante que ya se le comienza a adjetivar como normal. Y es aquí cuando el problema comienza; cuando las conductas que se repiten constantemente, tienden a adquirir un carácter perpetuo e incuestionable.

La permanencia del acoso callejero propicia que las mujeres se sientan inseguras cuando salen solas; a pensar dos veces antes de usar una prenda que enseñe de más o incluso a defenderse por miedo a una peor agresión.

Lo triste aquí es que el acoso callejero es una puerta abierta al abuso y la violencia. Un hombre que cree tener el poder y el privilegio que le otorga su género, asume que tiene libertad total para exigirlo inclusive a la fuerza.

La mayoría de las violaciones, sobre todo en menores de edad, se dieron en ocasiones en la que la víctima conocía al perpetrador. Situándola en un esquema de poder en el que el hombre amenaza, manipula y hace creer a la mujer que la culpa es de ella. ¿Cuántas violaciones fueron confesadas muchos años después por vergüenza o miedo?

No se puede seguir permitiendo la prevalencia de una cultura en la que la mujer se sienta tan disminuida e incapaz. En la que el destino a ser violentada se incluye por default en el certificado de nacimiento.

Los hombres tienen que ser educados de una manera diferente, sin duda. Más no todo es cuestión de educación cuando el mismo sistema promueve la desigualdad. El cuadro telenovelesco en el que la mujer se embaraza para sacar provecho del galán rico, ha forjado y trascendido de manera tal, que cuando una mujer alega haber sido violada por su pareja, se duda de su palabra desde la primer instancia.

El respeto y la capacidad de reconocer comportamientos erróneos se desarrolla en todas las personas, si bien hasta cierto punto dependiendo el contexto. Retornando al acoso callejero que es absolutamente innecesario y muchas son las muestras de incomodidad mostradas por las mujeres al recibirlas, se vuelve entonces una lucha de poder en la que el hombre necesita provar su virilidad en toda oportunidad que se le presente.

¿Quién les enseñó a los hombres a tener que probar que ciertamente lo son? La construcción de los estereotipos de género resulta degradante de la dignidad humana cuando orilla a hombres y mujeres a tener que probarse y definirse constantemente. La presión que se ejerce en los hombres a presentarse en la sociedad como fuertes, dominantes e irreverentes, distorsiona la percepción de su valía intrínseca como ser humano. Propiciando así una mentalidad machista, en la que la única manera que conocen de comunicarse y tratar a una mujer es mediante la dominación y la violencia.

Se debe recalcar que no es sólo culpa de los hombres. Las mujeres ayudamos a promover de igual manera la desigualdad. Al llamar puta a una mujer con una sexualidad liberal (o por mera envidia), al criticar el exceso de maquillaje o de escote o el largo de una falda. Al no aceptar que una mujer, ¡como nosotras! puede obtener un puesto alto sin necesidad de ofrecer favores sexuales, al promover una falsa idea de la virginidad, generando confusión e ignorancia en las adolescentes. Éstos y muchas otros comportamientos vuelven la sexualidad femenina en “pecado”, en un bien inalcanzable y muy peligroso.

Hoy salí a caminar y un hombre me miró fijamente por un largo rato, lo mire de vuelta por un momento intentando detenerlo. Cuando pasó de largo, me pregunté qué habría pasado si yo hubiese reaccionado diferente; ¿y si le sacaba la lengua como si tuviera 5 años? o simplemente lo saludaba muy casualmente y sonriendo. Sólo para romper la dinámica y demostrar que no debería temer una reacción agresiva, al fin y al cabo nos encontramos en la vía pública y frente a muchas más personas. Tal vez un día me anime, un día en el que no tema demasiado por mi seguridad. Un día en el que encontrarme rodeada por muchas personas, también me proteja a mí, y me de la confianza de alzar la voz como me corresponde en derecho.

El acoso callejero y todos los tipos de acoso, por instancia, son un tema delicado y de larga discusión. Involucran los cimientos más básicos de la construcción de una sociedad pero hasta no eliminarlos, no se podrá alcanzar un equilibrio real.

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