Nada te cambiaría.

En otras ocasiones nos habíamos encontrado, pero ese año me quedaría… y yo la del pueblo, perdida entre las calles de nombres que hoy todavía no me aprendo, entre la gente desconocida, sudando todos los soles del verano interminable. Me faltaba todo por aprender, todo por crecer.

Ahí, en ese lugar tan inmenso y contaminado, donde la gente camina poco y bebe mucho, donde la fiesta nunca empieza y por eso no acaba, donde el futbol es el mejor pretexto para sacar el asador a la banqueta, al balcón, al jardín.

En ese lugar, de avenidas mal planeadas donde nunca dejan de pasar los coches, donde todos llevan prisa, pitan, se esquivan, sacan la mano por la ventana con señas no de cariño. De cantinfleos y muletillas, de frases celebres como: de que, tipo y así…

En el lugar de las montañas grandiosas, que son eternos guardianes, donde se vive para trabajar, para presumir, para aparentar, para tener. ¡Qué lugar! tan lleno de contrastes, de formas, de olores; tan bello y tan perverso. Atrapado entre la cultura gringa y la del macho mexicano, unos liberales y otros tan católicos, los domingos.

Ahí, en ese lugar del mundo, me enamoré, me desenamoré, hice amigos de un rato, conocí mentes brillantes que me hicieron despertar, que me hicieron cuestionarme. Cuanto aprendí a querer ese lugar, cuanto me dio y me quitó.

Hoy, se acaba nuestro tiempo, aunque seguro nos veremos pronto me causa un poco de tristeza que ya no velarán mi sueño las lluvias de agosto, ni estaré sentada en el balcón del tercer piso, ya no caminaré de noche los barrios de memoria, ni podré comer lo que se me antoje a las 4 de la mañana.

Nada como haberte descubierto, como haberte conocido.

Vista desde el Cerro de la Campana (35mm).
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