¿Todas las vidas importan? / All lives matter?

Desde hace unos días he venido pensando si todas las vidas (personas) importan, si por todas valen la pena esforzarse y crear cosas mejores para mejorar sus vidas.
Uno como científico o luchador social, (casi) siempre tiene como objetivo primero y último servir a su prójimo, ayudarle a mejorar sus condiciones o su situación para que podamos vivir de un modo “más digno”, “más fácil” o simplemente de mejor calidad.
Sin embargo, en el andar nos encontramos personas a quienes no les interesa ni les apetece mejorar su calidad de vida. Desde luego, la mentalidad y las experiencias que han tenido le han hecho pensar y ser de tal manera a esas personas, sin embargo, puede llegar a ser frustrante para algunos cuando esa gente es mayoría , y desde luego, nos encontramos en medio y atados a su “voz y voto” por el simple hecho de ser mayoría. Frustrante, ¿verdad?
Se supondría que una persona inteligente debería decidir cuáles batallas luchar y cuáles no. Sin embargo, es fácil perder esa brújula cuando la apatía y la indiferencia de muchas personas abroma o mina tus esfuerzos.
Cierto es que muchas veces no es (si quiera) culpa de ellos. Lejos del cliché de “el cambio está en uno mismo”, existen razones sicológicas que se encuentran arraigadas en el individuo, tanto el miedo o temor al cambio, así como su pensamiento al más estilo “conservador” por ser “lo que le enseñaron” o “como ha vivido toda su vida”.
Sin embargo, para algunos de nosotros puede llegar a chocar, pues mientras algunos quieren trabajar por algo mejor, otros quieren “tirarse a la hamaca” ya que toda su vida han estado trabajando, y desde luego, no todos los trabajos son los mismos, pues algunos tienen mayor desgaste (físico, mental, emocional) que otros, por tanto, hay quienes solamente se dedican 8 horas diarias a un trabajo y las demás al descanso. No digo que sea malo, digo que es limitante.
Dentro de estas mismas reflexiones, observo como hay campañas para no tirar basura y muchas otras que tratan de concientizar un poco más. Sin embargo, he notado que ninguno de mis amigos tira basura, pero los problemas a causa de esta no dejan de parar. ¿Será entonces que las campañas no están dirigidas de manera adecuada, a las personas que de verdad necesitan hacer ese cambio?
Desde luego, el cambio de mentalidad y de ideas es algo que varía según el individuo. Algunos necesitan más tiempo, otros necesitan de abruptos golpes de realidad, y otros necesitan tener “el agua hasta el cuello” para (de verdad) hacer el cambio, empezándo por uno mismo claro está.
Entonces, ¿todas las personas valen la pena?, ¿vale la pena salvar o luchar por personas a quienes no les interesa, ni por apatía, ignorancia, indiferencia, un cambio hacia su ambiente? Ya ni si quiera por sus vecinos, sino por sus siguientes generaciones.
Habría que mencionar también sobre aquellas personas que roban, pero no solamente a una o dos personas (que de igual manera está mal), sino que roban a las masas, a los grupos, que matan y secuestran. Los “derechos humanos” los defienden pero, ¿vale la pena realmente que sean defendidos?
Desde una perspectiva biológica, la lucha por la supervivencia es algo que se encuentra inherente por nosotros, solo que la “consciencia” y la “razón”, desarrollos e inventos del hombre, han logrado crear una organización social un poco más llevadera, cuidandonos de nosotros mismos. Sin embargo, a mayores cantidades mayores desafíos, mayores retos, mayores problemas.
La lucha por la supervivencia la hemos vivido tu y yo. Desde competir por un lugar de estacionamiento, por un carrito de supermercado, hasta de hablarle o salir con tal o cuál persona porque me interesa. Todo es una lucha instintiva disfrazada de un término bonito y elegante como “(sana) competencia”.
Desde luego, como seres racionales, aprendemos de nuestros errores y nos volvemos inteligentes con cada caída, aprendiendo a como no volvernos a equivocar para, si, para seguir sobreviviendo.
No obstante, hay individuos o personas que logran traspasar esto. Ya sea que aboguen por los demás, sean los diplomáticos para una mejor convivencia o que hayan entendido que si trabajamos juntos nos va bien a todos, siempre existirán esos individuos que logren traspasar un poco más allá de su ego o su instinto de supervivencia, que si bien lo llevan a otro nivel, ya nos involucra a todos los que lo rodeamos.
Y, ya que hablamos de aquellos que abogan por los demás, podemos mencionar también a aquellos individuos que tienen un mayor (por no decir mejor) aporte hacia los individuos. Personas como algunos científicos que dedican su vida a investigar, descubrir o desarrollar soluciones para nuestros problemas, y que lo comparten con el resto del mundo, así como de aquellos a quienes organiza a sus amigos para hacer obras de beneficencia.
Existe tal vez un deber moral o espiritual por el semejante, como especie, como con-génere de la misma especie (la humana), sin embargo, no podemos hacer a un lado a las personas quienes (genuinamente) se preocupan por los demás, y realizan actos que pueden cambiar hasta radicalmente la vida de un individuo, así sea con solo darle un buen consejo, darle una moneda, o bien, pagándole su educación.
Mientras otros se encargan de robar, quitar o limitar los esfuerzos de aquellos quienes mucho o poco tienen, y en lugar de ver por el colectivo o la especie ven por ellos mismos. Tanto si es porque no alcanzamos a ver o somos lo suficientemente ignorantes que no podemos ver otras alternativas, más que seguir o caer en la cadena interminable de vicio, egoísmo y “maldad”.
Y que decir de violadores, pederastas, que abusando de su poder, estatus o posición económica-social, se dan el lujo de transgredir la razón y la libertad de otros individuos, pues poseen al alcance un teléfono, un número o una cifra que es capaz de mover hasta los poderes más altos de una nación, solo para satisfacer una de sus perversiones e instintos más bajos.
Y hasta porqué no, darle una perspectiva utilitarista. En una empresa, si tuvieras que salvar a un obrero que se dedica a realizar su trabajo o al empresario que genera trabajos a cientos de obreros, ¿a quién salvas?, ¿qué vida tiene más valor o más impacto?
Justo hace algunos meses había salido una noticia de autos “autómatas” que comenzarían a circular en un futuro no muy lejano. Sin embargo, estos no estaban excentos de causar o ser partícipes de algún accidente, y en caso de ocurrir, tendrían que tener algún algoritmo que tuviera alguna acción que cuidara o salvaguardara la vida… ¿pero de quién?
La disyuntiva de este problema era si era más importante la vida o integridad del conductor o del peatón. Muchos dirán que la del peatón desde luego, por ser el menos protegido o el que más pagaría las consecuencias por no tener protección. Otros dirán que la del conductor, pero… ¿y si le agregamos que el conductor es una persona importante y destacada?, ambas no dejan de ser vidas. Y la ecuación se complica si el auto va a chocar contra un grupo de personas, o si va a chocar contra algún animal. ¿A quién elijes salvar?
La bioética entonces tendrá un gran papel que fungir en los siguientes años. Ya ha tenido que pasar dilemas muy serios, como por ejemplo, cuando en algún embarazo peligra la vida de la madre. En una situación así, ¿a quién elijes salvar?, ¿a la madre que es capaz de tener más hijos, pero puede quedar con un trauma psicológico de por vida?, ¿o a la criatura que vivirá sin una madre? ¿Cuál vida importa más?
Claro está que no quiero causar polémica pero, también los temás de la eutanasia y del aborto son temas para mucho discutir. Sin embargo, los pro-vida aparecerán y con dedo justiciero y divino señalarán lo que (religiosamente) les han dicho que esta mal. Como si la naturaleza estuviera plagada de matrimonios, bautizos y herencias. Pero bueno, eso es tema para otro día.
Mientras tanto, ¿Qué vida importa más?, ¿aquella que influya en otras vidas?, ¿o todas valen lo mismo?
Mientras llegue ese día en el que tenga que elegir, todo lo que puedo decir ahora es que se tendría que vivir el ahora, una vida que valga la pena ser vivida, o que valga la pena prestarse a vivir, vivir una vida que importe y que trascienda para ti y para los demás, darle un valor (y no un significado) al vivir, y no que descienda y nos limitemos al solo respirar.
