Desde los pañales

Puedo presumir que tengo una amistad de toda la vida, nos conocimos en lactantes, cuando yo tenía 11 meses y ella 9. La primera memoria que tengo de haber platicado con Tamara Gleason Freidberg fue en el transporte escolar del kínder al “Circulito”. Nosotras ya éramos niñas grandes, pero nuestros hermanos aún estaban en maternal, y ese plantel quedaba en Coyoacán, justo enfrente de los Viveros.

Estábamos sentadas en las escaleras esperando a que llegaran por nosotras y surgió un gran tema de conversación: el nombre de nuestros papas.

¿Cómo se llama tu papá?

Eduardo – respondió

¿En serio? ¡Mi papá también!

¿Cómo se llama tu mamá?

Laura – dijo de inmediato

¡No lo podía creer! Nuestros padres tenían los mismos nombres, eso tenía que ser una señal del Universo.

Traté de continuar con la cadena virtuosa de nombres, pero su abuelo se llamaba Anatolio y su abuela Sonia, lo cual eliminaba las posibilidades de éxito de nuestro árbol familiar tocayo.

Desde ese día nos volvimos inseparables, cuando pasaron por mi y me subí al coche tuve la sensación de que Tami y yo habíamos creado un vínculo que se haría cada vez más sólido con el transcurrir de las primaveras; no estaba equivocada.