Carta de despedida a un hijueputa
Maldita vida no, maldito vos. Maldito mil veces. No volvás nunca que acá ya no te espero y créeme cuando te digo, maldito, qué aunque la boca me sepa a vos y en la mañana todo grite tu nombre aquí no hay espacio para quien no quiera estar.
Tantos días, tantas horas y tanto tiempo perdido escuchándote, leyéndote, entendiéndote y no pude ni por un segundo adivinarte ni mucho menos conocerte.
Ni me ilusiono ni te llevo dentro, nada de eso. Pero me sorprendes, maldito. Me sorprendes porque no sabes tratar a las mujeres, no sabes pensar en alguien más que no seas vos mismo. Ahí estas pintado, mago de las palabras, trataste de engatusarme y lo lograste supongo. Apláudete, ríete, celebrá así como te gusta a vos: metete una pepa, un pase, 80 polas, hacete otro tatuaje que diga que soy una güeva y ponele mi nombre y apellido pero no volvás nunca. Te lo ruego, ni aparezcás ni saludés.
Te pasaste conmigo de tantas maneras que la vida te perseguirá mil años para cobrarte cada una. Quédate con lo que me robaste, no me interesa ya nada que hayas visto en mi. Nunca más volveré a ser esa que conociste; a esa vos te la llevaste para siempre, la mataste. Maldito tu nombre y maldito vos, maldita tu cara y tus no-sé-cuántos tatuajes. Pero ojo, maldito vos y los tuyos, pero no maldita la vida. A ella todavía tengo tanto para darle. Me queda tanto para ser, crecer y regalar que prefiero dejarte ir rápido y doloroso (para mi, obvio. A vos no te duele nada). Y tu tranqui que yo voy a seguir sintiendo mucho y sintiendo siempre pero a vos ni te pienso ni te siento después de hoy, perro viejo, porque para vos no me queda nada sino desprecio. Hoy te morís vos también.