Sobre la felicidad y otras métricas vitales

(o por qué dejé de pensar en ella y me pasé a la paz interior)

El pasado domingo 25 de febrero, ineludible a su cita, David Bonilla publicó su bonilista, en esta ocasión hablando sobre la felicidad. Un artículo que me pareció muy interesante, tanto el contenido como la inquietud de David pensando que sería masacrado por él. Preocupante, ¿tan jodidos estamos en el sector techie?

Creo que hablar de emociones y sentimientos (como de moral y ética) es absolutamente imprescindible (recomiendo este fantástico curso de Coursera al respecto). Somos emociones con patas, y mientras no lo aceptemos, especialmente en sectores con trabajo supuestamente más “intelectual” o “del conocimiento”, seguiremos a años luz de resolver los problemas de base.

Por mi parte, no pretendo escribir o reflexionar más que lo justo aquí sobre la felicidad. Mucha gente bastante más sabia que yo ha escrito extensamente sobre el tema y lo sigue haciendo, incluído uno de mis favoritos, Bertrand Russell.

Sinceramente: a pesar de todo lo leído, nunca he tenido muy claro en qué carajo consiste.

¿Es un estado binario? ¿Se es feliz o no se es? ¿O por lo contrario existen escalas de felicidad? ¿Se puede ser “un poquito feliz” o “muy feliz”? (decir “soy muy feliz” es muy habitual, curiosamente no lo es tanto escuchar “soy un poco feliz”, aunque en ambos casos estemos usando adverbios de cantidad).

La felicidad se ha convertido (o siempre lo ha sido) en algo así como una “métrica de satisfacción vital”. Un indicador para ver “cómo de bien estamos” o aún más, “cómo de bien estamos aprovechando la vida” (ahí es nada). No con poca frecuencia nos hacemos preguntas tipo “¿seré más feliz si hago esto o si hago esto otro?”. Existen otras métricas, pero la felicidad me parece la más extendida y comúnmente aceptada. Después cada uno decide cómo la “alcanza”, priorizando o balanceando familia, dinero, poder, sexo, drogas, trabajo, deporte, comida, arte, música, naturaleza, reconocimiento, autorrealización o cualquier otra necesidad de Maslow y allegados.

Lo cual me abre más incógnitas: ¿la felicidad es la meta o es el camino? ¿Tiene sentido hablar de “alcanzar la felicidad”? Suponiéndole naturaleza binaria (se suele preguntar “¿eres feliz?” mucho más que “¿qué grado de felicidad sientes?”), ¿a partir de qué porcentaje de “bienestar” diario se puede considerar uno “feliz”?

Un cambio de paradigma

Hace aproximadamente tres años, decidí dejar de pensar en términos de felicidad. Como tantos otros, creo que el concepto ha sido manipulado hasta la saciedad. Entre otros actores, por las marcas comerciales: pocas no tiran del cliché de la felicidad para intentar vender mejor su producto, asociando su adquisición con su consecución. Mucho se ha escrito también sobre el tema, e.g. aquí o aquí.

Aunque no solo las marcas: las religiones o los diversos cánones de relaciones sociales y sentimentales de nuestra cultura también han hecho lo suyo.

Aparte de fácilmente manipulable y ya convertida en mainstream, a mí siempre me ha costado mucho dar respuesta a todas las preguntas anteriores, y por tanto, exceptuando momentos muy esporádicos, esa sensación embriagadora y absoluta de “felicidad” la he sentido muy pocas veces. Un poco angustiante, ¿verdad? ;-)

¿A qué “métrica” cambié?: a la paz interior.

Poco a poco, desde hace aproximadamente tres años, he dejado de “buscar la felicidad” o de pensar en ella y me he intentado centrar en sentir “paz interior” la mayor parte de tiempo posible. La pregunta que ahora me hago a menudo es: “¿esto me dará paz o me la ‘quitará’?”.

Entiendo que puede parecer algo similar… pero para mí no lo es.

Por algún extraño motivo (o no tan extraño), personalmente me es mucho más fácil tomar consciencia de mi paz interior que de mi felicidad. También creo que, al menos para mí, es una mejor guía, me da menos juego para autoengañarme o dispersarme o perderme… o frustrarme.

De momento, aunque con el mindfulness empieza a no ser así (veremos dónde nos lleva), no es un concepto sobre el que estemos siendo constantemente bombardeados, con el que se nos anime a consumir cuanto más mejor o con el que se ponga en duda si estamos “aprovechando” o no la vida. Eso ayuda :-)

Sigue sin ser fácil conseguir esa paz interior. Algunas prácticas ayudan: trabajar en tomar consciencia de mis emociones, vivir el “aquí y el ahora”, buscar el equilibrio, “aceptar” las cosas como son, intentar ver la verdadera naturaleza de las cosas, trabajar la empatía y la compasión, el desapego (la concepción budista), meditar (valga la redundancia)…

Y ojo: bien por todos aquellos a quienes les funcione pensar, razonar o “sentir” en términos de felicidad. Para quienes no sea así, os animo a probar a cambiar de métrica… ¡a ver qué pasa!

Y tú, ¿tienes algún tipo de “métrica de satisfacción vital”? Me encantaría leer al respecto si te animas a compartirlo 🙏