Las encuestas: cazadores al servicio del poder

Foto: The Blue Diamond Gallery / Creative Commons

La palabra encuesta, desde su nacimiento, está ligada con el poder. En el siglo XIV, en Institution du prince (1547), el humanista francés Guillaume Budé escribió: “Le hace falta al Príncipe un inquisidor (…), un explorador (…), encuestador general de la verdad velada”. El filólogo tomó la palabra “encuestador” de los cuestores romanos, magistrados que tenían funciones de carácter fiscal en las ciudades.

Según Foucault, quien estudió la arqueología de la encuesta, ésta nació como un procedimiento autoritario fundado en el derecho del soberano para establecer la verdad constatada o atestiguada. Es un poder que captura y discrimina con la lógica de la definición.

La encuesta moderna puede definirse en dos etapas que reflejan esta lógica de separación. En la primera mitad del siglo XIX se comenzaron a usar instrumentos empíricos que no estaban excesivamente formalizados pero que actuaban en forma de filtro. Para mediados del siglo XX, el mecanismo se formaliza y se extiende de los hechos a las opiniones.

El sociólogo español Jesús Ibáñez, en su libro El regreso del sujeto. Investigación social de segundo orden, afirma que la encuesta es una metáfora de la caza.

“Hay un doble filtraje: de captura (selección de lo que se caza o recolecta), y de discriminación (lo cazado o recolectado es o no conservado, consumido inmediatamente o retenido –domesticado o almacenado- para hacerlo producir)”.

En la técnica hay una separación entre cazado y cazador, entre el que observa y el que es observado aunque no modificado por la observación en el momento mismo de la caza. La encuesta cree, según Ibáñez, que “el objeto es objetivo, es exterior al sujeto y no ejerce ninguna acción objetivadora”.

El mecanismo de acercamiento al objeto (proceso de caza) se hace mediante dos operaciones: 1) la extracción/separación de sus relaciones, y 2) la imposición a través del juego de poder pregunta/respuesta.

“Los individuos que comprende la muestra constituyen una colección abstracta o algebraica (…). Esto implica que la colección muestra nunca será grupo-sujeto: que nunca formarán un conjunto, porque nunca estarán juntos”, subraya Ibáñez en El regreso del sujeto.

Este tipo de relaciones, abstractas, son propias de los sistemas controlados, pues la comunicación sólo se puede llevar a cabo a través del observador.

El objeto –que en una encuesta es sujeto, aunque no se le reconozca– sólo habla cuando el observador –que se asume como el único sujeto– pregunta. Y habla lo que debe, responde lo que le preguntan y la respuesta está contenida ya en la pregunta. Cada pregunta conlleva el repertorio de respuestas, por lo que el margen de acción del entrevistado está limitado por el entrevistador. Es, en el fondo, un juego de poder.

Hablamos, entonces, de una técnica con fundamento epistemológico de primer orden. “El investigador, mediante encuestas, trata a la sociedad como un sistema organizacionalmente abierto (contribuye a programarlo) e informacionalmente cerrado (contribuye a que la información no se cree, y se transfiera sólo de la base a la cúspide)”, explica Jesús Ibáñez. En otras palabras, es una técnica para inyectar información desde el poder.

Margen de escape

No obstante el poder ejercido desde de la cúpula a través del entrevistador, el objeto observado tiene un margen de escape como en todo juego de caza. Es impensable que la encuesta pueda controlar absolutamente la respuesta del entrevistado. Existen condiciones, sobre todo psicológicas, que no pueden determinarse sólo por la redacción de las preguntas y las respuestas.

“Los efectos del léxico de la pregunta son, con frecuencia, impredecibles, y en algunos casos preguntas ostensiblemente predispuestas no consiguen producir los resultados anticipados”, escribió Vincent Price en La opinión pública. Esfera pública y comunicación.

Imponerse a la opinión de un entrevistado no basta con una simple pregunta y sus respectivas respuestas. El sistema cognitivo es altamente indeterminado, por lo que el intento de control absoluto es imposible. Aunque los resultados de una encuesta arrojen posturas previas del cliente, el entrevistado habrá “burlado” al sistema creado artificialmente a través de otro artificio: la mentira. Nada asegura que el entrevistado confiese su verdad.

Teóricos, incluso defensores de la encuesta, reconocen que ésta puede verse limitada en diversas dimensiones que conforman una opinión: a veces una pregunta no basta para conocer los sentimientos del observado respecto a un asunto concreto; no basta para reconocer el conocimiento que el observado tiene sobre un tema; no basta para saber la importancia que el observado le da al punto en cuestión, ni tampoco basta para saber cuán seguro está de la opción que elige al responder.

Además de las condiciones psicológicas del cazado, la caza también es modificada o depende del entorno.

“Las circunstancias sociales y las expectativas no sólo configuran la formación de opinión sino que también afectan directamente al propio proceso de medición. Las opiniones tienen variados términos de revelación. Pueden expresarse fácilmente en un entorno y suprimirse totalmente en otro”, sostiene Vincent Price.

Es necesario reconocer que un objeto (como la encuesta ve al sujeto de estudio) es a la vez muchos objetos que una pregunta no puede escudriñar del todo, y que las condiciones de caza, por más que intenten aislarse, nunca son las mismas. Ahí las limitaciones del instrumento para constatar o atestiguar una verdad, la verdad del poderoso.

“Deberíamos asumir, al menos, asumir que puede existir otra estructura de opinión, en la que cada cuestión tenga muchos lados, y muchas perspectivas desde la que observarse, cada una matizada con diversos grados de significación e influencia”, advirtieron Riesman y Glazer desde los años 40 en el libro The meaning opinion.

El poder como código

Pese a todas las limitaciones metodológicas señaladas por sus críticos, la encuesta es todavía uno de los principales dispositivos de investigación social para acercarse e influir en la opinión pública. La técnica de hacer preguntas, como afirma Niklas Luhmann, es una posibilidad de poder en el mundo de lo social.

“El poder siempre es un código, es decir, en cuanto asigna alternativas de evitación en cada etapa para la selección de acciones (…) Esto hace posible asignar un no deseo de la persona sujeta al poder a un deseo del portador del poder”, explica Luhman.

Según el sociólogo alemán, la técnica de hacer preguntas sirve para organizar el mundo preconsciente de la vida. ¿Quién ejerce la técnica? Quienes tienen el poder semántico (investigadores, expertos) y quienes tienen el poder pragmático (clientes). ¿Hasta dónde llega ese poder?

Interrogantes

La encuesta, como ya mencionamos, es un sistema artificial que organiza entonces el mundo de la vida (donde se halla la opinión pública) a través de la captura pregunta-respuesta y de la información que se regresa, procesada (separada), a ese mundo de la vida.

Una vez cumplido ese ciclo, una vez lanzada la “forma” de esa opinión pública sobre la misma opinión pública, ¿qué repercusiones de corto, mediano y largo alcance tiene? En otras palabras, ¿hasta dónde las posiciones justificadas con los resultados de una encuesta y difundidas en la arena pública modifican influyen de forma determinante en la opinión pública? ¿Hasta dónde los resultados, convertidos en narrativa, sobrepasan los deseos del cliente y logran insertarse en la discusión pública y determinar la acción de los ciudadanos (trasladar el deseo)?

Fuentes

  • Jesús Ibañez. El resgreso del sujeto. Investigación social de segundo orden. Editorial Amerinda. Chile 1991.
  • Niklas Luhmann. Poder. Anthropos. España, 2005.
  • Vicent Price. La opinión pública. Esfera pública y comunicación. Paidós. España, 1994.
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