Te vi en el pasillo.


- ¿Acaso no me viste? Te saludé cuando salías del laboratorio de biología.
- No te recuerdo, neta. — dijo ella con tono cortante. Ella me gustaba demasiado como para no perseguirla todos los días en la escuela. La verdad yo no sabía que era lo que más me volvía loco de ella: sus ojos, su cuerpo, su voz, su forma de vestir, que le gustara Pokémon o que se supiera de memoria El Gato Negro de Poe.
- Bueno, está… bien. Se te cayó esto en el pasillo. — Le devolví su moño negro, que yo mismo le quité a propósito sin que se diera cuenta.
- Gracias, bye.
Eleonora era de esas chicas que aún en su misteriosa oscuridad albergaban una luz que te cautivaba en el primer instante de verla a los ojos. Quizás por eso le gustaba Poe. Ella había quedado huerfana a los 6 años, sus padres murieron en un accidente en carretera, justo el día de su cumpleaños. Vivía en una casa enorme, vieja y gris. Fue adoptada por un matrimonio inglés que vive en el estado. Y es que ella, con su pelo negro, ojos grises y piel blanca parecía realmente la hija de aquella extraña pareja.
Un nuevo día significaba una nueva oportunidad de acercarme a ella, con mucha pena, claro. Nunca me había distinguido por ser el chico más atrevido o el mejor declamador, de hecho siempre fui todo lo contrario. Tenía pocos amigos y me sentaba en un rincón a leer expedientes OVNI, solo, en el último piso de la biblioteca. Era claro que no tenía una vida social para presumir.
Eleonora gustaba de estar con sus amigas en el centro de la cafetería cuando no estaba leyendo o jugando videojuegos, y, en extrañas ocasiones, caminaba sola por el parque de la escuela, pateando las hojas secas.
- Quizás si me acerco para que ella me haga caso desde lejos, tenga una mejor respuesta.- me dije a mi mismo.
Saqué un frasco de mi mochila y disimulé buscar insectos entre las plantas. Ella empezó a caminar hacia mi. Todas esas perfectas conversaciones que podría tener con ella empezaron a desvanecerse, dejándome con mi aburrida mente sin idea alguna.
- ¿Qué no estás un poco grandesito para seguir jugando con insectos? o ¿acaso piensas ser biólogo algún día? — preguntó con tono burlón. Nunca, a mis 19 años, me habían dicho algo así. — Mira, da igual. Tengo que decirte algo. — Empezaba a ponerme nervioso, mi espalda fría y mis piernas temblorosas. Me senté en el pasto.
- ¿Que… qué me qu… quieres decir?
- Quiero dejar en claro algunas cosas. Se quien eres tu, Frankie. Yo se que me sigues por todos lados, se que algo en mi te parece maravilloso y quizás hasta te gusto. Se que me quitaste mi moño negro el otro día para hablarme. Yo lo se todo. — Me lanzó una mirada furtiva, como si acabara de ver a su presa. — La verdad es que yo se mucho, incluso más de ti que tu mismo. Yo tengo poderes mentales muy desarrollados. Se que parezco una genio, pero tengo el poder de la clarividencia, puedo ver el futuro cuando a mi me place, por eso se todas las respuestas a los exámenes. También puedo ver cualquier acontecimiento en el pasado a mi antojo. Me puedo meter en algunos rincones de la mente de las personas. Puedo crear fuego de la nada, puedo crear pequeños universos del tamaño de un frijol. Pero hay algo que no puedo hacer. Por más que intente, yo no puedo ser feliz. — Sentía que me iba a desmayar. Algo extraño iba a suceder. — Y tu, Frankie, me puedes ayudar. Tu me gustas demasiado, la verdad es que me intrigas tanto como yo a ti. Podríamos estar juntos eternamente si así lo deseas. Pero para ello, tienes que amar a mi verdadero yo.
El miedo me poseía rápidamente. Una oscuridad impresionantemente fría se apoderó del parque; bolas de fuego saliendo de la cabeza de pequeños hombrecitos deformes que corrían desnudos alrededor nuestro iluminaban una figura indescriptible y horriblemente deforme, claramente un demonio, uno muy grande.
Una voz tenebrosa provenía de aquella figura, una voz que penetraba cada poro de mi piel y me inundaba de pánico.
- ¿Me amas? — preguntó.
- Sí, te amo. — dije con voz dudosa, llena de miedo y desesperación.
- ¿De verdad? Si me amas de verdad, ofréceme tu sangre. Ofréceme tu corazón.
Una voz resonó en mi cabeza, la voz de Eleonora, no la de ese demonio.
- Cree en mi, por favor. Ayúdame a acabar con mi sufrimiento. Dame tu corazón. — Dijo ella.
- ¡Pero no quiero morir! — Grité. El demonio empezaba a ponerse impaciente.
- Todos van a morir, humano estúpido. Si existe la vida, también existirá la muerte.
- Cree en mi. En ti. En nosotros. El único capaz de hacerlo eres tu, yo se que tu eres valiente. Los otros chicos serán muchas cosas interesantes, pero también son unos mariquitas. No quieren dar nada a cambio.
- Pero, si muero ¿cómo vamos a estar juntos?
- Cree en mi.
Y empecé a creer. Una navaja con unos extraños símbolos apareció de pronto frente de mi. La verdad, era muy simple lo que tenía que hacer. Solo tenía que sacarme el corazón. Pero ello significaba un gran sufrimiento. Significaba morir.
Tomé la navaja por su mango lleno de piedras extrañas. Era pesada, pero no tanto para no maniobrarla. La empuñé con la punta en mi pecho. Respiré. No sabía realmente si quería morir, mucho menos morir por amor para un demonio. Respiré. La navaja empezó a cortar mi pecho. Respiré una última vez. Abrí mi pecho y saqué mi corazón latente.
- ¡Toma! Te ofrezco mi corazón para que seas feliz. Por favor, se feliz.
La oscuridad del parque desapareció. Una gran luz emanaba de ese corazón que sostenía en mi mano. Era brillante, como un sol. El demonio empezaba a desvanecerse. Lo último que recuerdo era que me extendió una hermosa sonrisa, y me dio las gracias por mi sacrificio. Después todo se volvió oscuridad para mi.
- Hola, chico raro. — La voz de Eleonora me hablaba de cerca. Abrí los ojos. Estaba sentada bajo un árbol. Yo estaba acostado con la cabeza en sus piernas. Vi sus ojos y ella sonrió, beso mi frente y suspiró.
- Gracias. Yo… sabía que eras valiente pero… eso que hiciste… valiente se queda corto. — Soltó una risita. Nunca la había escuchado reír.
Entonces entendí. Para que un gran amor exista, tiene que haber un gran sacrificio. Luego también entendí que yo nunca me saqué el corazón realmente, ella me durmió y se metió en mis sueños. Pero, siendo sinceros… pensar que morí y resucité por ella se siente hermoso.

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