Cosas que hacen las personas mezquinas en las librerías
Una cosa que odio mucho es la pichicatería, la mezquindad, el gandallismo. Les contaré tres historias sobre tres distintas personas. Trabajo en un lugar que ha salido en muchos recuentos de “las más bellas librerías” por todo el mundo. Revistas de Italia, periódicos de Inglaterra, portales de Estados Unidos y claro, publicaciones en México. Está en un barrio acomodado lleno de hijos de inmigrantes europeos que llegaron aquí con la Segunda guerra. La visitan muchos extranjeros, pero también la clase política mexicana. Debido a que la librería está dentro de un café o el café está dentro de una librería, la gente llega, toma un libro y muchas veces lo abandona en la mesa o se lo lleva porque lo “atrapó” la lectura.
No es extrañar que el lugar sea motivo de visita de muchos “vivos” que, aprovechándose de los sillones y los libros a su disposición, lo utilicen para otros fines. Un tipo güero, flaco, de no más de treinta años hacía citas ahí. Las chicas llegaban, les invitaba un americano y comenzaba el “avance”. Previamente les indicaba qué libros eran sus “favoritos”. Libros que días antes había venido a “hojear” o por los cuales te preguntaba santo y seña. Así, cuando la víctima arribaba, él podía dar un discurso y tratar de envolver a la incauta.

Entre él y yo pronto se inició una animadversión. Nunca hubo alguna declaración de guerra, nunca nos dijimos nada, faltó solo vernos a los ojos para saber que yo me encargaría de echarle a perder sus planes y que el sujeto tendría que soportar mis marrullerías. En una ocasión, mientras platicaba con una chica, le acerqué el libro “Qué esperar mientras se está esperando”, un manual enorme sobre cómo preparar la llegada de un bebé.
— Mira, acá está el que buscabas la otra vez. — Lo cuál era cierto. Hace unos meses había venido con su esposa embarazada y se lo pidieron a un compañero, pero no lo teníamos. La chica, obvio, preguntó si tenía un hijo y él se puso tan nervioso que acabaron yéndose.
Punto para mí.
Un día, en el área de infantil lo descubrí en la alfombra, sobre una chica, mientras se besaban. La chica tenía la falda levantada y él pasaba sus manos sobre sus piernas como muchachos de secundaría en el parque. Pasé sin hacer ruido y fui a llamar al gerente. El resultado es que el tipo ya no puede entrar más al lugar.
Punto y juego para mí.
Otro que venía era un señor de traje y ya entrado en la sexta década de su vida. Pedía un café, sacaba su laptop, la utilizaba unos momentos y luego agarraba los libros de una colección que se llama “20 minutos” que son una especie de breviarios sobre un autor determinado. El sujeto los agarraba, pedía una cesta de pan, un café americano y daba cuenta de un libro y el pan. Vivillo solo paga la taza. Dejaba el libro maltratado sobre una repisa o en alguna mesa y se iba, impune. Muchos de los libros que él señor leía acababan tan maltratados que teníamos que mandarlos a ofertas. Era como si sus manos fueran una especie de llanta de tractor que pasaba por ellos dejándolos inservibles.

El duelo estaba cantando. Afiné mis mejores armas. Tomé todos los libros de esa colección y los cerré con plástico, pero además, le agregué varios diurex para impedir que se abrieran sin el uso de un exacto o alguna navaja. El tipo, al otro día, siempre muy temprano, pidió su cesta de pan, el café, respondió sus correos y cuando iba a leer su acostumbrado libro, se dio cuenta que no podía abrirlos con la tranquilidad de un día antes. Tomó uno y lo intentó abrir con las uñas, luego con los dientes. Finalmente con el cuchillo romo de la mantequilla. Cuando se dio cuenta, llevaba más de media hora luchando con mi trampa. Vio su reloj y se fue.
Punto para mí.
Al otro día volvió y justo cuando llegó al libro, bajó al módulo y me dijo: “puede abrirme este libro.”
Punto para él.
Mi siguiente estrategia fue quitarlos de ese lugar. El hombre abandonó su educación de 20 minutos y decidió pasar a enciclopedias, libros de cocina y de fotografía. El resultado fueron varios volúmenes manchados de café o con hojas dobladas.
Su equivocación fue un día robarse las propinas de los meseros. Cosa que quedó grabado en las cámaras. Cuando le dijeron que no podía entrar, montó en cólera pero le enseñaron el video. En la pantalla del celular se veía a un hombre de traje carísimo, con una Mac de última generación, metiendo la mano en la propinera para robar monedas de cinco y billetes de veinte pesos. El hombre se puso rojo y nunca más regresó.
Punto y juego.
El último fue el más complicado. Era un joven empresario, guapo y muy amable. Siempre llegaba y te saludaba con una amplia sonrisa. Subía, pedía de comer y en el inter, tomaba un libro y se ponía a leerlo. El libro, al otro día, aparecía en su sitio sin ningún problema, por lo que no le dijimos nada. Un día llegó un cliente a regresarnos una copia de “Los pilares de la tierra”. El tomo estaba lleno de anotaciones y manchas de comida. Fue entonces que nos dimos cuenta que el joven empresario aparte de leerlos y no pagarlos hacía anotaciones en ellos.
El indicado para hablar con él, en su siguiente visita diaria (porque hay gente que vive ahí, que incluso pasa más de una jornada laboral pegado a la computadora), fui yo. Le expliqué que los libros podían revisarse siempre y cuando no los dañara. Le dije que no era una biblioteca, sino una librería. Que él como cliente no le gustaría pagar por un libro nuevo y por el contrario adquirir un libro ya usado.
Amable y serio me dijo que mientras él pagara la comida iba a leer todos los libros que estuvieran ahí cuantas veces quisiera. Que era abogado y no quería meterme en problemas. Y bajó la vista hacia un título de superación personal que tenía en las manos.
Punto para él.
La guerra había sido declarada. Cada vez que él tomaba un libro, nosotros lo cambiábamos de lugar. Si venía a pedirlo al módulo le decíamos que ya no había. Él comprendía la jugada y tomaba otro y se iba. Luego comenzó a esconder los libros en los anaqueles, debajo de los sillones, entre otros libros. Teníamos que vigilarlo constantemente para saber qué libro escondía y buscarlo.
Los títulos que leía eran baratos, cosas de no más de 200 pesos, que fácilmente podía pagar. Una persona que come a diario en un restaurante podía permitirse hacerlo, pienso. Pero era mezquino.
Él, como muchas otras personas, me dejan pensando cómo la lectura en las clases altas, en este momento de la historia, es algo accesorio y poco deseable. Antes, los ricos buscaban rodearse de intelectuales o artistas, presumir ser mecenas de músicos y dramaturgos. Ahora son orgullosos de ser ignorantes.

“¡Tan caro!”, gritan cuando les dices el precio de un libro, pero llevan en las manos bolsas de Zara con pedazos de tela o zapatos que cuestan una fortuna. “No voy a pagar eso”, me dijo un tipo cuando vio la edición de Acantilado de los “Ensayos” de Michel de Montaigne. De la manga de su sacó sobresalía un reloj de oro con incrustaciones.
El cliente en cuestión podía haber seguido viniendo a hacer uso de la librería como su biblioteca personal, pero una compañera, que ya no está más, se enamoró de él. Ella era, digámoslo con tiento, muy extraña. Tenía un sobrepeso más que evidente, casi mórbido y gustaba de inventar enamoramientos y orígenes familiares imposibles. La chica comenzó a asentarse en la mesa del tipo apenas aparecía. Un acoso sencillo y sutil. Un día, simplemente ya no regresó.
Punto para ella. Ganamos el juego.