Cosas que hacen los escritores en las librerías

Hay quienes creen que, si van a la imprenta de la esquina

de su casa y entregan un manuscrito,

ya están en el camino que lleva a la fama y a la riqueza.

Héctor Yánover

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Una mujer de cincuenta años, muy bien conservada debido al evidente ejercicio, se acerca al módulo de información de la librería donde trabajo y me pregunta por un título. Es un libro sobre curación por medio del yoga, un libro carísimo, casi 700 pesos. Le digo que tengo tres piezas.

—¿Todavía tienes los tres? Me dice enojada.

—Sí —le respondo serio viendo que comienza a perder la sonrisa con la que llegó.

—Pero si los traje hace seis meses. —Cuando me dice eso, caigo en cuenta que ella es la autora. Con tiento, le digo que desgraciadamente el libro tiene un precio muy alto y poca publicidad.

—Pero si me entrevistaron en internet. Mis amigas dicen que lo han venido a buscar y no lo encuentran. ¿Dónde lo tienes?

Sabiendo que es una bomba a punto de estallar le pido que me acompañe al estante donde lo tenemos colocado. Ella camina como una bailarina, lleva una mascada sobre el cabello como hacen algunas mujeres hindús y alza mucho el rostro, orgullosa de su belleza. Subimos las escaleras y le enseño que en la parte de arriba de nuestra sección esotérica están colocados sus tres ejemplares. El libro es una bestia que sobrepasa las medidas normales de un libro. Casi es tamaño tabloide, por lo que, le explico, tuvimos que subirlo ahí y no acomodarlo de manera alfabética.

La mujer monta en cólera, se queja de que el libro es muy bueno, que ella lo vende cuando da seminarios y que es increíble que no hayamos podido colocar ni uno solo, que merecería estar en novedades. Soporto su reclamo durante unos minutos y al final le explico que no puede estar en la mesa porque no cabe y porque ya no es novedad. La señora llama al gerente y después de una rabieta, que incluyó quererse llevar los ejemplares en ese mismo momento, “porque son míos”, se tranquiliza y se va con la consigna de decirle a sus amigas que vengan a comprar el libro.

La mayoría de los autores nóveles, pero más esos que pagan un tiraje de su bolsa para ver su nombre en letras de molde, no entienden cómo funciona el mercado del libro. No saben que los libros están poco tiempo en las librerías (entre tres y seis meses) y que se van cuando el contrato se terminó. Que se pagan los que se vendieron y se devuelven los que no. Que estar en las mesa de novedades no garantizan su compra, que ver pilas y pilas de libros en el piso de venta no significa que en verdad tengan éxito.

Los escritores consagrados saben cómo funciona el mundo del libro. Stephen King, el hombre que cada libro suyo es un suceso, que tiene una legión de lectores, sabe que cada vez que saca uno “tiene que ir a mover el culo” para venderlo. NO se queda sentado en sus casa esperando que le lleguen jugosos cheques. El maestro Sergio Pitol, antes de que se enfermera, asistía a las librerías y a veces preguntaba por sus libros. Amigos en Xalapa ya me habían contado que entraba a los locales y que a veces, muy a veces les preguntaba por un tal “Sergio Pitol” y les preguntaba por sí vendía libros. Acá hizo lo mismo al mes de estar yo trabajando. Venía con gente de la Universidad de Veracruz y tierno, me hizo la pregunta. Le dije que sí y él se fue tranquilo.

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Algunos no son tan amables. La esposa de un escritor con cierto reconocimiento llegó y me preguntó.

—¿Tendrá el libro X? —Era una señora de más de sesenta años.

—No. —Ese libro me dice el sistema que no ha llegado en más de quince años, le contesté.

—¿Y el libro Y?

—Tampoco. Ese libro no está desde hace más de diez años.

—Bueno, no tiene mi libro ni el de mi marido. ¿¡Qué tienen contra mi familia en esta librería!?

Lo cual, de entrada me apreció como una broma. Uno no conoce a todos los escritores y la idea de una librería es vender los libros, no esconderlos. Pero ella no se lo tomó tan tranquila. Mandó un correo amenazador quejándose de que “excluyeran sus libros” de la librería. Títulos, por cierto, descatalogados hace años.

Otro autor llegó y me preguntó por su libro. “Queda una pieza”, le dije. El hombre había escrito un volumen sobre como la corrupción había llegado a los altos niveles políticos. Tema coyuntural que actualmente inunda las novedades de cuanta librería te pares.

—¿Se vendió mucho? —Preguntó feliz.

—Más o menos. —La verdad es que su periodo de seis meses había expirado hacía ya más de dos y ese ejemplar se había quedado porque se cayó detrás de un estante y lo encontramos por casualidad.

El hombre dijo que en Sanborns no quedaba ni uno, que Slim había hecho un complot contra él. Y esa idea se le quedó y la difundió en una carta abierta que circuló en redes sociales.

Lo que muchos autores desconocen es que una novedad tiene una sola oportunidad para posicionarse en el gusto del público y que varía, como les contaba, entre tres o seis meses. Ese es el tiempo que tiene para promoverse. Las grandes editoriales manejan un gran aluvión de títulos mes con mes y ninguna librería, por más grande que sea, puede dar cabida a todos. En donde trabajo hay cerca de 35 mil libros, casi 10 mil son libros que se va a ir en un momento dado. El resto son longsellers, es decir, libros que todos leeremos o debemos leer en algún momento dado. En esos títulos que llegan y se van están lo mismo el nuevo ladrillo de Ken Follet, la reciente entrega de esa chica que es la promesa literaria actual, la novela autoeditada de un autor de una colonia acomodada, el poemario de 50 páginas de una poeta de Michoacán, el libro conyuntural de un periodista recién salido de la sierra y el cuentario de algún narrador joven. Todos ellos pelean por un pedazo de atención, por un lector. Es triste y duro, pero esos libros, no son únicos ni especiales. Son uno más de la larga lista de publicaciones que mes con mes y año con año, engrosan la lista de novedades.

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Un cliente en la librería Machado, España

Las editoriales hacen ahora una especie de meet and greet con los autores que más les interesan. Su tirada es interesar a los libreros para que esto, a manera de infección, recomendemos la obra. Yo fui a una de esas actividades a una librería. Muy amables, estaba la autora y editora de una novela con todo para ser un bestseller; un ladrillo de más 300 páginas, de trama histórica, con un poco de realismo mágico, escrito por una señora de sociedad que fotografiaba muy bien. Ella era la imagen viva de una escritora de éxito.

Durante las preguntas yo me quedé callado. Previamente nos habían dado su novela a leer. Me había aburrido enormemente, pero sabía que tenía un público muy bien definido y que si conectaba con él sería un éxito. No quería intervenir para no sonar pesado. Pero cuando le preguntaron para quién escribía y ella dijo que “para todos” respingué.

—Para mí no escribe. —le dije serio. —Yo no soy su público meta. En mi vida compraría su novela.

Ella se puso nerviosa y muy apenada me dijo que no entendía. Los compañeros libreros me vieron con cara de “estás mal, chavo”. Pero le expliqué que no, que ningún libro es para todos. Que cada uno tiene un lector definido y que creer que escribimos para todos es un error fatal.

Uno puede distinguir al o la escritora que lo hace por convicción de narrar, del que lo hace por otras razones. Christian Duverger por ejemplo, el escritor de “Cortés” y “Crónica de la eternidad”, entra, busca sus libros en la mesa y de vez en vez se compra uno. Tal vez para regalar o tal vez para venderlo. Uno sabe que es él, porque revisamos las fotos de las solapas.

En cambio, un tipo que publicó un poemario autoeditado, vía una editorial que se presta para eso, vino durante un mes a verificar que no habíamos quitado su pila del piso de venta. Ni sus amigos, ni su familia compraron uno solo.

Un señor vino hace poco y me preguntó que cómo podía hacer para vender su libro en la librería. Le expliqué lo que se le dice a todos: necesitaba una distribuidora, que ya no se aceptaban libros de autor, que necesita una personalidad fiscal entre otros detalles.

—Pero mi libro yo lo tengo en Amazon bajo demanda. Soy de los más vendidos, cada mes recibo entre cinco mil y seis mil en regalías.

—¿Entonces para que lo quiere tener aquí?

El hombre se quedó viendo hacia el cielo y luego me dijo: Pues sí.

Y se fue.

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Escritor y cinéfago. Articulista en Playboy. Writer and columnist in Playboy.

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