El rock murió de muerte natural
Me has dicho que el rock ha muerto
pero no te creo.
Disidente
Hace un tiempo en Mazatlán, Sinaloa, México, La Banda el Recodo tocó un cover del grupo Pink Floyd: Another brick on the wall. El gesto fue festejado por sus seguidores, visto como la curiosidad del día y odiado por los roqueros de la vieja escuela. No es la primera vez que un grupo fuera del ámbito del rock hace un cover de una canción clásica. Antes era común que se hicieran versiones en cumbia de algunas canciones y que tuvieran un éxito relativo. Super class, por ejemplo, tiene una versión inefable de Hotel California, que a la fecha me sigue pareciendo muy mala pero imposible de apagar cuando todavía la programan.
En los años ochenta y noventa, si un grupo de rock decidía tomar influencias fuera de su parcela, si osaba salir de sus trinchera y ver más allá, de inmediato era lapidado y señalado como un traidor. Todavía recuerdo las airadas críticas que le hicieron a Los Caifanes cuando decidieron hacer una versión de “La Negra Tomasa”, autoría de Guillermo Rodriguez Fiffe. Ellos, junto a Maldita Vecindad y Botellita de Jeréz fueron llamados “tropilocos”, traidores y acusados de vendidos.

Yo los entiendo. El ámbito roquero mexicano luego del Avandarazo se volvió muy sectario, muy stalinista, debido a la persecución sistemática que sufrían. Los sobrevivientes y herederos de aquellas bandas siguen viendo en la blanquitud de las bandas inglesas o norteamericanas un estandarte de superioridad moral. El grado máximo de modernidad, en menoscabo de las músicas autóctonas. Un roquero de aquellos tiempos escupía al suelo si alguien osaba poner un ritmo tropical en su casa.
El rock nace en Estados Unidos como una música transgresora que contravenía la moral y las buenas costumbres. Su propio nombre, rock and roll, es un juego de palabras para referirse al acto sexual. El rock era pues, una afrenta ante la sociedad blanca, que dirigían ancianos blancos, machines y dictatoriales. Esta senectud lo odiaba más al ser una música que provenía de los guetos negros. Se dice que los jóvenes blancos preferían ir a las iglesias de gente de color porque el góspel era una delicia fuera de su alcance.
Cuando Elvis decide retomar las viejas canciones negras y mover sus caderas al compás de ellas, estaba haciendo toda una afrenta al status quo. Estaba dándole poder a la juventud y hablándole de sexo. Por eso, las versiones mexicanas de esos éxitos del rock en inglés, nacieron muertas porque vieron la luz dentro de una juventud adocenada, bien pensante, aletargada. Cesar Costa, por ejemplo, el icónico cantante de “Los Black Jeans”, acabó siendo el papá bonachón y simplón de esa sitcom pobre llamada “Papá soltero”. Programa que hizo de sus pantalones bien planchados y su suéter en los hombros, su firma.
El rock fue una música de juventud que cundió por el mundo. Primero se mudó hacía el progresivo; una música tan complicada de escuchar, tan virtuosa, que acabó volviéndose soporífera. Fue el punk quien aceitó los goznes, quien limpió el óxido y le regresó al rock su espíritu transgresor. Con el punk, vino el Heavy metal, el surf y las fusiones con otros ritmos, que lo mantuvieron a flote. El rock era una música viva, que se daba lo mismo en Jamaica, que en Argentina o en Rusia. El rock, esa música “imperialista”, como era vista en los países comunistas, o de “depravados”, en las latitudes más conservadoras, tenía la función de aceitar cualquier maquinaria vieja.

El inconico video de la canción de 1984, We’re Not Gonna Take It, de la banda Twisted Sister, reflejaba ese posicionamiento frente a la autoridad. El enfrentar a los padres a gritos de rock. No por nada la Parents Music Resource Center de Estados Unidos, dijo que el video era inconveniente porque alentaba a la violencia. En ciero sentido era cierto, letra y canción destilaban esa posición vital y contestataria que le daba vida al rock.
“ We’ll fight the powers that be just
Don’t pick our destiny cause
You don’t know us, you don’t belong”

“La muerte del rock no fue natural. El rock no murió por viejo. Fue asesinado”, declaró Gene Simmons hace un par de años. “La gente ya no valora la música lo suficiente como para pagarte. Nadie te pagará las 10 mil horas que has pasado creando tu trabajo”. Simmons, cantante de Kiss, quien hizo de su maquillaje facial marca de fábrica, estaba enojado porque ya no se metía los millones de dólares que percibía por explotar su imagen. Pero Simmons ya no espanta a nadie. Es más, se había convertido ya en una institución.
Los roqueros de la vieja guardia, los que nos dieron himnos y canciones que ponían en duda al establishment ahora estaban de su lado o muertos. Son viejitos simpáticos con juniors conflictivos y destanlentados (Ozzy Osbourne ). Son ahora vasallos de la Reina Madre (Paul McCartney), o pro ecologistas chamánicos (Saul Hérnandez), o simples merchanchifles que explotan sus glorias pasadas para cobrar dinerales para verlos.
El rock ha muerto y queda de pie. Para un melómano escuchar a Roger Waters en vivo sigue siendo una experiencia, pero la verdad, es como escuchar el eco de lo que una vez fue un vendaval. Los Rolling Stones en Cuba son la viva imagen de esto. Los que algunas fueron sus satánicas majestades entrando en un territorio que décadas atrás les era vedado. Y una revolución que acabó convirtiéndose en una dictadura. Todo por servir se acaba.
Se siguen vendido discos y boletos, pero las nuevas generaciones, ya no lo consumen como nosotros lo hacíamos hace años. Ya no hay militancia porque ya no hay un sueño. Los millennials se ponen hoy una camiseta de Joy Division y al otro día una de un Dj de moda. Escuchan mas ups, y lo que hizo la Banda El Recodo es cosa común en las redes sociales de música que escuchan. No entienden cómo nosotros podíamos escuchar un disco de principio al final, cuando ellos en sus reproductores tiene canciones de todo tipo: Rock mexicano, pop inglés, hip hop, música electrónica y sus variantes. Para ellos ya no hay actitud, todo es música.
