Un hombre de lentes grandes

El hombre llegaba en la tarde, siempre con unas copas encima. Tenía la sensación de que pasaba a comer y ahí pedía vino o algún digestivo y se seguía de filo con la charla, hasta que, la noche lo sorprendía y se disculpaba con los comensales y se iba. Creo que era esa la razón por la que llegaba siempre rojo de la cara y con el aliento a alcohol, aunque no borracho. Era un poco más alto que yo, con grandes lentes de pasta, no como los que están de moda ahora, sino viejos, en boga cuando él era joven. Porque el tipo ya tenía el cabello lleno de canas y su cara cubierta por una barba espesa, que me recordaba a la del Señor Vitalis de la caricatura de Remy.

Es de eso que nunca te piden información. Sin clientes pez, como yo les digo. Sujetos que se deslizan por las mesas y los libros como peces en el mar, dejándose llevar por los títulos, levantándolos con efusividad, revisando las cuartas y abriendo solo los necesarios. Nunca uno de más, nunca todos. Sabes que son lectores cuando le guardan respeto al orden. Él era de esos.

Nos hablamos porque un día tomó una película y me dijo que si podía ver en Rotten tomatos qué calificación tenía. Me separé de lo que estaba haciendo y volteé a verlo. En silencio teclee el nombre de la película y le di la calificación de frescura del sitio. Acto seguido le dije que había otras formas de saber si esa película era o no de su agrado. Le platiqué de las calificaciones en IMBD y las de FilmAffinity.

— Bueno, — me dijo con una gran sonrisa — ¿y a usted qué le parece?

No recuerdo qué película era, pero sí que fue el detonador para que cada tarde vinera a visitarme.

— Vengo por Manguel, — me dijo una vez. — Lo escuché hablar en una entrevista y el tipo me hechizó. — Uso esa palabra: “hechizó”. Se compró todo lo que tenía. Al poco tiempo que regresó ya era un experto en él. En poco menos de una semana había devorado cuatro o cinco libros del argentino. En especial estaba muy sorprendido con la interpretación de la Divina Comedia.

— Debería de leer a Piglia.

— Piglia, ¿quién es ese? — Me dijo alzando la voz como si lo ofendiera.

— Es un escritor argentino. — En aquel tiempo Piglia era todavía un secreto bien guardado para algunos pocos, todavía Anagrama no lo lanzaba con bombo y platino.

Con recelo se llevó un par de libros, Plata quemada y La evasión.

Regresó el viernes con ganas de más.

— ¿Por qué no me habías hablado de él? Eres terrible, Iván.

Nuestras pláticas siempre eran entorno a las mesas de novedades, a media tarde, cuando la afluencia de la librería baja. Piglia no unió mucho. El hombre estaba loco con él.

— Pero, cómo puede decir conceptos tan difíciles en palabras tan claras.

— Así es el viejo.

Entonces consolidamos nuestra amistad . Rompimos el lejano charlar, el trato librero-cliente y llegamos al de amigos. El tipo me abrazaba de vez en vez, dependiendo las copas de vino tinto que hubiera ingerido en sus comidas o me manoteaba cuando explotaba en alegría.

— Es que no es justo. Desde que te conozco he comprado más y más libros, ya casi no compro películas.

— Las que valen la pena ya se filmaron. — Le decía en tono socarrón, ante el viejo que parecía no tener familia.

— Yo fui alumno de Arreola. — Me dijo una vez a bocajarro. — Estaba joven y fui a un taller con él. Era un tonto, quería ser escritor. — Recodaba perfectamente el año, el mes y el lugar. Yo no, no lo registré. — Tengo alguna foto por ahí con el maestro. Era muy grande, era una lumbrera. Habla mucho, no como Rulfo.

Un tiempo dejó de ir. Fue una temporada larga, como 3 o 4 meses. Las tardes eran un poco aburridas sin su charla. Uno se acostumbra a los clientes. Son como amigos que lo visitan en casa.

Un día escuché una risotada a mis espaldas y era él.

— Encontré la foto. Estaba en mi otra casa. — Decía blandiendo un pedazo de papel en su mano, caminando apresurado, desde la puerta de la entrada de la librería, haciendo que todos los clientes voltearan a verlo. Venía más chapeado de lo normal. Vestía sus típicos pantalones de pana, sus sacos y sus suéteres, como un gastado estereotipo de filósofo de izquierda. — Dije, la voy a encontrar y se la voy a llevar. Seguro no me cree que conocía Arreola.

Me dio la foto y vi al escritor, con su traje de tres piezas, impecable, con un sombrero de copa apretando sus rizos y junto a él un delgado y huidizo joven con unos enormes lentes de pasta. Solo ese detalle hermanaba al hombre regordete con el que platicaba por las tardes.

— Arreola. Él me dijo que abandonara la literatura, que había gente que era mejor que fuera lectora que escritor. Creo que hizo bien.

— ¿Y qué escribía?

— Poesía. O eso creía yo.

Nos reímos. Tenía ganas de preguntarle por su ausencia, sí tenía hijos, a qué se dedicaba algo más allá del mundo de la librería, peor no lo hice. No le vi razón. Tal vez un día me invitaría a esas cenas llenas de vino o me presentaría a sus hijos y dejaríamos de hablar de literatura y podría contar que era amigo de algún empresario o funcionario de vida desahogada, pero no tenía caso hacer eso. Había más libros de los cuales hablar cómo para perder el tiempo en nuestras vidas.

Un día publiqué en Letras libres. Fue una nota pequeña, que me pagaron inmediatamente. Tuvieron el detalle de enviarme por correo un par de ejemplares de la revista. Cuando vino mi amigo, quien era comprador de la revista, se la regalé.

— Y eso, ¿por qué tienes revistas gratis?

— Porque colaboré en este número — Le confesé con un poco de pudor.

— ¿Dónde está tu texto? — dijo sorprendido, guardando la sonrisa que siempre traía en la cara. Tomé la revista de sus manos, la hojeé y llegué a mi breve tripa de letras. Le mostré mi nombre con el dedo índice. Él se levantó los lentes y fijó su vista en mi nombre impreso y luego volteó a ver mi gafete. Lo hizo otra vez y luego me pasó el brazo por el hombro. — Felicidades. — dijo visiblemente emocionado. — De verdad ¡muchas felicidades!

Luego tomó la bolsa de los libros que acaba de comprar y guardó ahí la revista. Regresó hacía a mí, y tomándome del hombro volvió a repetir felicidades.

Luego se fue.

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