En el desierto.


El sol me golpea la cabeza. Siento mis pies enterrados en la arena. Un fuerte viento destruye la montaña haciendo mis ojos llorar, pero ya me acostumbré. He estado tantos veranos enterrado en este lugar que un fuerte viento inundando mis pupilas solo me hace recordar que las cosas pueden empeorar.

A lo lejos veo a un hombre caminando lentamente. El viento hace volar esa capa casi cristalina que rebota en los pies de su camello. Me siento asustado de estar acompañado. Su cara tapada escapándose la mirada entre telas negras. Me observa durante horas, días y semanas. Cientos de primaveras han pasado y el hombre continúa ahí como si no tuviera otra cosa qué hacer. Me ha extendido su mano pero no sé qué significa eso. ¿Por qué habré de tomarla? Le digo que no puedo hacerlo, que por favor se aleje porque me da miedo. Me siento como un animal salvaje que jamás ha tenido contacto con nadie en este lugar desconocido. El hombre se acerca empujado por un fuerte viento. “No tengo la suficiente fuerza como para jalar de ti”, le grito. Tirado en el suelo, toma mi mano y veo en sus ojos la sinceridad; me dicen que aquí se quedará y no sé el porqué.

Sus ojos negros continúan observándome y de alguna manera no me desespero. Me siento confortado porque está conmigo. Por un momento logro olvidar el lugar donde estoy; la arena naranja que me cubre el pecho. Olvido el fuerte brillo que la grasa manifiesta en mi cara. La tierra comienza a sonar; recuerdo que ya ha pasado antes. Observo a lo lejos la tormenta de arena acercándose con gran intensidad. El camello ha enloquecido, el hombre ha comenzado a temblar. Siento que todo caerá y estaré solo de nuevo en este desierto. Por un momento la tormenta nos ha alcanzado pero no siento su mano porque la he soltado. Con mis manos cubro mi ojos para impedir la arena dentro de mí. Recuerdo que solo es un momento el que estaré rodeado de problemas. Mientras el viento me golpea la cara, comienzo a recordar la paz que me da la presencia de aquel hombre, la presencia de aquellos ojos llenos de sinceridad y angustia por mí; la presencia de su mano tomando la mía. Esta tormenta es diferente. De alguna manera no me causa temor porque me siento acompañado. A pesar de que no puedo moverme de este lugar, me siento feliz. Comienzo a reír y abro mis brazos. Comienzo a disfrutar cómo me golpea la arena en el pecho; cómo comienzo a perder volumen con el paso de los segundos; cómo aquella arena naranja me cubre hasta el cuello.

La tormenta ha pasado pero aquel hombre no luce igual. Su ropa está desgarrada y su cara rajada. Su camello desapareció junto con sus trapos negros, ha perdido la mano que me sostenía pero a él no le importa. Él me ofrece la otra. Sus ojos trozados por la arena me dicen que todo va a estar bien, pero yo continúo asustado. Suelto su mano; le grito. Golpeo la arena; me arranco el pelo, pero nada logra consolarme.

Ciento y un noches, el hombre continúa allá sentado observándome de lejos. ¿Cuántas veces ha intentado acercarse? No puedo más. “Algún día la arena se irá y podré respirar”, le grito. Espero volverte a encontrar. Algún día perderé una mano por ti como tú lo has hecho por mí. Me has dado algo por qué aguantar el estar aquí enterrado y mi forma de agradecimiento es dejándote ir.