Confesión desde la proa

No lo niego: me sorprende que, pese al calibre de rufián que he dejado ver muchas veces, a las canalladas inadmisibles que, como dentelladas, he asestado sin distingo a diestra y siniestra, enloquecido, irreflexivo, a haber navegado entre la frivolidad y la venganza y repartido infamias a quien se me pusiera enfrente, lo mismo a amigos que a enemigos, hasta hacer que los primeros se sumaran a los segundos y los segundos me sacaran a rastras del campo de batalla, hartos del extenuante ejercicio de sortear mi iracundia — espuma blanca en la boca y una marca de fuego aún humeante en el corazón: nadie volverá a lastimarme — ; de verdad no entiendo cómo es que, pese a haber sido un monigote absurdo e insensible, la rabiosa daga que gira en todas las direcciones y a nadie deja ileso, aun así, aun hoy, la vida me conduce viento en popa por el iridiscente mar de los buenos augurios. Lo confieso: sé que no lo merezco. Y por eso, sobre todo, lo agradezco.