Cándida


La maestra dice que ya debemos entregar nuestros dictados, que aprovechemos este tiempo para corregirlos. Me fijo en la palabra iglesia. Al lado escribí indio. Siento algo nuevo. Son nervios, pienso. Queda poco tiempo, dice la maestra y esa frase hace que la sensación explote. Es una especie de estremecimiento general, una mezcla de frío y calor. Miro las letras sobre el renglón del cuaderno. No pienso en nada, solo puedo mirar fijo porque siento algo en todo el cuerpo que empieza justo entre las piernas y me exige concentración. Las cruzo para apretar más. Me atraviesa una ola de calor y cosquillas que se transforman en otras olas. No dura mucho y desaparece del todo.

Ahora estoy en el aula de música, al piano la maestra nos enseña la duración de las figuras. Dice que las puede representar aplaudiendo, que las corcheas son “corro, corro” y que las negras son “voy”, las blancas son “paaa-ro”. Pronto me va a tocar a mí leer una frase en la partitura del pizarrón. La inminencia me hace sentir los mismos nervios del dictado. Me concentro. El temblor termina justo cuando la Señorita Griselda me nombra.

Entiendo que eso es malo un día que estoy en el negocio de mi mamá. Suena el teléfono en la trastienda del local. Estoy parada, pero en vez de ir a atender paso el pie derecho por detrás de la pantorrilla izquierda y me retuerzo como un sacacorchos apoyándome con las dos manos en el mostrador de vidrio. Mi mamá me pega en la cara.

Andá a lavarte. Te pica.

Las primeras veces que tengo relaciones sexuales no consigo ninguna sensación parecida a la del estremecimiento por apretar las piernas cuando hay poco tiempo, o maestras. No siento nada. Sin embargo ahora sí me pica. Le digo a mi mamá y ella le pide a mi papá que me consiga un turno con el Doctor Castellac, o con algún otro de sus conocidos. Camino dándome aires de importancia hasta el consultorio que está en la otra punta de Villa Ballester. En esa época todo es solemne porque se trata, en la mayoría de los casos, de algo que ocurre por primera vez.

La secretaria de Castellac me anuncia como la chica de Roisman. El doctor me toca la panza y con cara de incrédulo dice que estoy perfecta, que cómo puede ser, qué cuándo fue que hicimos eso.

Cuando los médicos hablan, usan el verbo “hacer” en su forma transitiva para referirse de manera indeterminada a procedimientos practicados por ellos o a síntomas manifestados por los pacientes.

Me siento en la camilla y le digo que yo soy la hija del Doctor Roisman con acento en la palabra hija porque percibo que hace falta aclarar cuál chica soy yo. El médico levanta las cejas y me pide que me vista. Pregunta qué necesito.

Me receta unas pastillas que no se pueden mezclar con alcohol, ni siquiera con el vinagre de la ensalada, porque sólo una gota causa un malestar tremendo. Dice que esa droga también se usa para rehabilitar alcohólicos. Tengo Cándidas.

Te confundió con la novia de tu hermano, dice mi papá cuando le cuento que Castellac me preguntó cuándo habíamos hecho eso. Yo no pregunto qué es “eso” ni a qué refiere. Cándida es lindo nombre para una nena, dice mi mamá.

***

Nos mudamos a un departamento en Belgrano. Tengo una especie de trabajo que es atender el teléfono para mi papá. Siempre llaman a las tres y yo estoy en casa. Son las secretarias de los cirujanos y me dictan las anestesias de la semana para que se las agende, y las del mes anterior para prepararle la liquidación.

Son muchas anestesias. Mi mamá debería estar contenta. Ella que siempre lo critica por no ser como el Doctor Castellac o el otro ginecólogo, el Doctor Bety, médicos simpáticos, queridos por la gente. Tu padre es un fracasado, un loco de mierda, lo echaron de un hospital por ir sucio y de otro por pelearse con todo el mundo. No tendría que haberse jubilado, es vago, dejó el consultorio, la guardia de los lunes, las anestesias en el Instituto de Ojos. No me gusta que mi mamá diga eso.

***

Es inexplicable, no puede haber pasado en esa fecha. No lo voy a tener, le digo a mi novio. Tengo excusas prácticas, pero no tener dudas es lo que me da pena. Pienso que no puedo engordar, pero no lo digo. ¿Cómo puedo pensar eso? Me siento culpable, pero a la vez estoy fascinada con el dramatismo de la casualidad, del destino, del cuerpo humano.

Le digo a mi papá que me hice un test de embarazo y no estoy segura del resultado. Hacé otro, dice casi gritando. Ya hice el primer pis de la mañana, le digo preocupada.

¡Estas tiras reactivas que hay ahora son impresionantes, detectan el nivel de GCH en dosis nimias! Antes teníamos que esperar el laboratorio. Imaginate el que patentó esto. ¿Cuánto te costó? ¿Son caros? ¿Si querés hacer algo decime, eh?

Le digo. Me da una dirección y una fecha que es tres días más adelante. Me aclara que no va a costar nada, pero que mi novio lleve para el de Seguridad porque el tipo no tiene nada que ver con el favor.

El día del turno lo tengo apuntado en una agenda que en cursiva dice Dìa Internacional de la Mujer, una casualidad sin importancia que yo interpreto como una señal. Llevo puesta una remera negra estampada con la cara de una villana de Walt Disney. Cuando me doy cuenta de cómo me vestí reconozco a la bruja como símbolo y le doy al color negro una razón: de luto.

El consultorio es un piso sobre Avenida del Libertador. La recepcionista nos acompaña a un despacho que funciona en la cocina. No entiendo porqué ahí está mi papá sentado en un escritorio. Detrás de él hay una televisión prendida y él da vuelta la cabeza para ver el informativo del mediodìa. Las noticias son todas sobre una chica que mataron en Catamarca.

Mi papá tiene la chaquetilla celeste con mancha de tinta en el bolsillo, no la blanca con su nombre bordado y ninguna mancha. Mi papá toma café con dos mujeres y un patovica. Me las presenta como la enfermera y la instrumentadora. Termina el noticiero y entro a un consultorio con vista a la avenida. Me hace recitar el abecedario antes de dormirme. Cuando me despierto, no lo veo. Mi novio y yo volvemos al departamento en un taxi. Es cerca. Tengo puesta la misma ropa, salvo que llevo una compresa entre las piernas.

Casi todas las familias tienen secretos, lo que convierte a sus miembros en detectives, y a las historias familiares en relatos policiales cuyos enigmas se resuelven con discreción, muchas veces gracias a pistas casuales e improbables. Tal vez la resolución tienda a olvidarse o a negarse, por eso no estoy segura de si en realidad yo

sabía o no sabía. Probablemente terminé de descifrar la pista del día que fui al médico por la cándida recién cuando mi papá me anestesió sobre la camilla de un consultorio privado.

***

A tu madre nunca le conté nada de aquello que hicimos, dice mi papá un par de décadas más tarde.

Lo hacías por ideología, le digo a él pero en realidad me lo repito a mí misma para fabricarle al asunto una épica innecesaria.

¡Por la plata! Dice sin rastros de amargura. Lo hacía por la plata.
 Él lo repite como para asegurarse de que entiendo.
 Me hubiera gustado preguntarle si él también le había hecho la anestesia a las

novias de mi hermano, si me la había hecho a mí para no pedir otro favor, o si había sido para no dejarme en manos de otro, pero nosotros no hablábamos así, preferíamos reemplazar temas y cosas innombrables con deícticos como eso o aquello.