No tutte le ciambelle riescono col buco
“Las cosas no siempre salen como se planean”
Me rendí con el francés. Simplemente no pude.
Empecé a estudiar francés porque quería leer las obras de Julio Verne en su lenguaje original, todo un pet peeve de traductora que no me he podido quitar. Y luego de casi 2 años de estar innconstantemente tratando de aprenderlo bien, me rendí. Simplemente, el amor por un autor no fue suficiente y la pasión por el mismo no me alcanzó. Creí que iba a sentirme derrotada, no soy de las que abandona las cosas porque sí (aunque cuando pierdo el interés, no hay nada que me cambie de opinión), pero en este caso fue distinto.
El francés nunca me gustó y esa patraña de que es el idioma más romántico se la pueden ir a vender a otra persona. No hay un idioma más gangoso, fastidioso y prepotente que el francés. Para hablarlo hay que tener una grandilocuencia de la que no soy capaz, así como una pedantería y sofisticación falsa que no puedo con ella.
Nunca me sentí cómoda hablándolo y debo admitir que también se debió a prejuicios míos, prejuicios que no me he logrado sacudir de encima. Cuando hablo francés me siento como Bogotana levantada que va al club el Nogal y se las quiere dar de cosmopolita ¡Qué pereza! Esa no soy yo, debía encontrar otro idioma para perfeccionar, entre los 2 que había abandonado también pero por otras razones.
Entonces, una vez tomé la decisión de dejar el francés, volví al Italiano y fue la mejor decisión. En pricnipio lo había abandonado porque le dejé meter en la cabeza que el francés me iba a ser más útil en la vida: más gente lo habla en el mundo, para las traducciones es más necesario y con las posibilidades de mudarme a otro país resultaba ventajoso. Pero no viajé a otro país francoparlante, no estoy haciendo traducciones del francés y ya no me gusta.
En cambio, el Italiano tiene lo que me gusta: suena más popular, más terrenal. Estoy familiarizada con él luego de estudiar el nivel A1 en la universidad, tengo amigos que lo hablan y con quienes puedo practicar… Y me siento yo, sin esforzarme, cuando lo hablo. Cuando un idioma te hace sentir cómodo, bienvenido, no hay otro sentimiento que se le pueda comparar. Desde aprender expresiones de la vida diaria como “che figata!” (¡sensacional!) hasta aprender palabras o expresiones únicas como abbiocco o meriggiare es una experiencia, es emocionante.
Amo los idiomas, pero sé cuando rendirme con uno que no me gusta. El tiempo que pasé aprendiendo francés me hizo aprender cosas de mi y del mundo. Francia no es para mi, pero no quiere decir que no aprecie nada de lo que ha aportado al mundo o a mi vida, igual agradezco poder entender una conversación simple en un idioma que me hace sentir fuera de lugar y eso es bueno, de vez en cuando.
