El Eco de Umberto

Antes se llamaba intelectual a quien tenía sendos estudios en un tema específico, había hecho investigaciones, escrito libros, impartido cátedra, etc. En resumen era alguien que sabía de lo que hablaba. Podía defender su posición y hasta debatirla con quién tuviera una visión contraria. Pero no se limitaba a ello, aplicaba su conocimiento a otras áreas, también buscaba que los ciudadanos de a pie estuvieran enterados de eso. Es decir con su actividad intelectual intentan provocar una reflexión, o un cambio a nivel social.

Ejemplos claros tenemos a Carl Sagan, Artur C. Clarke, Albert Einstein, Michael Foucault conocidos por su labor de difusión científica presentando se en televisión, conferencia o debates. En México podemos citar a Carlos Monsiváis, José Vasconcelos, Juan Villoro. Y actualmente Stephen Hawking, Neil deGrasse Tyson, Noam Chosky o Slavoj Zizek. Si, esos últimos ya casi no les sonaron ¿verdad?. Ni a mí tanto como quisiera. Ahí radica el problema.

William F. Buckley debatiendo con Gore Vidal

Umberto Eco fue un filósofo, eminente semiólogo, medievalista, escritor, analista de la cultura de las masas, profesor, en fin, un pensador de su tiempo. Todo eso, cuando hay gente que muy a fuerzas puede diferenciar “haya”, “allá” y “halla”. Y si me lo pregunta una de mis personas favoritas.

Descubrí a Umberto Eco, tras ver la adaptación fílmica de El Nombre de la Rosa del director Jean-Jacques Annaud, que me provocó una gran impresión. Nunca había visto un personaje como Guillermo de Baskerville, ni una obra donde la actividad intelectual de su protagonista fuera una parte inherente de la trama, que debí de ver dos veces para entenderla claramente. Es de destacar la impresionante ambientación, el cuidado a los detalles -cada fraile es totalmente distinguible de los otros-, esas actuaciones enormes de Sean Connery -como Guillermo- y Ron Perlman como Salvatore -¡Penitenciagité!- además de su poético final.

Años después, me enfrenté al mamotreto que resulta la versión literaria. Me causó una impresión aún mayor. Según el mismo Eco, el solo tradujo un antiguo manuscrito, en un claro gesto de metaficción. Era notorio el esfuerzo que se había llevado para informarse sobre el periodo del que hablaba, que había cuidado hasta el más mínimo detalle del libro, desde los homenajes y referencias, hasta el lenguaje de los personajes y su trama. Casi puedes sentir el frio de la abadía al leerlo.

Pero sobre todo el amor con que habla de los libros, creo que pocas obras literarias tienen ese aprecio por otras. El libro logra transmitir ese aprecio que los frailes tienen, como dedican su vida a transcribir y traducir otros textos, la dedicación que ponen en los acabados de los mismos como miniaturas y grabados, incluso el llegar a sacrificar su dignidad o más por ese hambre de conocimiento.

El libro está abierto a múltiples interpretaciones y tienen distintos niveles de lectura. Puedes leerlo como un tratado de historia medieval, como un tratado filosófico o simplemente como un relato de detectives.

Lo consideró uno de mis libros de cabecera. En él, le da un importancia como ninguna a la sabiduría, nuestro protagonistas no necesitan saber artes marciales, ser elegidos por alguna entidad celestial, simplemente necesitan su capacidad deductiva y sus conocimientos lógicos. A pesar de lo anterior es creíble sin resultar pretensioso, los protagonistas no evitan una guerra, no destruyen una entidad malévola ni siquiera consiguen a la chica al final. Y es tan real que el final del libro te deja con un extraño sabor de boca.

Después me enfrente a sus libros de análisis, entre ellos leí Apocalípticos e Integrados - donde hace un análisis del comic como fenómeno cultural-, Obra Abierta- donde habla de las formas de interpretar una obra artística-, y me quede a medias de Lector in Fabula -donde hablaba en parte de la importancia del receptor en un símbolo-. Que me parecieron muy interesantes pues presentaban un punto de vista distinto al clásico: “Lo que el autor quiso decir…” que nos enseñan en la escuela.

A través de sus libros, pudimos de cambiar de: “este libro, película, etcétera quiere decir…” a “lo que yo entiendo es…”, que más que dividir enriquece a una obra. A través de Umberto Eco el receptor fue quien tomó el sartén por el mango. Nos otorgó el poder.

Umberto Eco, era un autor de actualidad. La Wikipedia lo cita comentando como la enciclopedia en línea le resultaba muy útil, también es conocida su opinión un tanto pesimista sobre el futuro de la televisión y el periodismo. A él se acudía al querer hablar de un tema, y su influencia es prominente en muchos campos académicos. Incluso tiene un manual sobre cómo realizar una tesis universitaria.

Lástima que nuca llegó a superar el arrollador exito que tuvó su primera novela.

Siempre me gusta imaginarlo como un tipo de fácil platica, con el que se podía tratar casi cualquier tema, y que estaba abierto a oír puntos de vista distintos. Pero sobre todo lo anterior, alguien con sed de conocimiento y con ganas de transmitirlo a aquel que quisiera saber. Tal vez por eso hablaba de comics en sus libros. Tal vez por eso fue profesor.

Los últimos años se le ha dado un importancia vital a carreras que no son las Humanidades, incluso se ha cuestionado su importancia en Universidades alrededor del mundo y en algunas se ha buscado reducir su plantilla para darle prioridad a carreras más “útiles”, como ingenierias o carreras aplicadas y no tan especulativas. Lo que es un horror.

El ser humano debe tener una formación integral. La mejor forma de evitar que se repitan errores historicos es conocer la Historia, la Lengua es la forma de comunicar de manera clara lo que pensamos, y muchas veces ser análitico y no práctico es la mejor decisión.

Tal vez la consecuencia más clara de ello sea lo que mencioné al principio: la extinción de los grandes Intelectuales. En los tiempos modernos creemos que cualquier idiota con acceso a un micrófono es uno. De ahí la popularidad de Youtuber anodinos, que se sienten lideres de opinion guiando a monos espaciales, que su unico problema es la ignorancia.

La muerte de Umberto deja un claro hueco, en las letras, la semiótica, la filosofía y la historia. Aun así se me antoja poco para su obra. Como se me antoja poco lo que he escrito sobre él, y no llegaré a poner aquí lo mal que me sentí al saber de su muerte, ni a transmitir lo triste que me parece que ya no estará entre nosotros.

Hace frío en mi escritorio, me duelen los pulgares. Dejó este texto no se para quien, este texto que ya no sé de qué habla.

Ixca