Donde viven las hadas

J.
J.
Aug 27, 2017 · 23 min read

Hoy salió el sol muy temprano. Ya quiero que todos se levanten. No puedo esperar a que mamá entre a mi cuarto con ese rico pastel de chocolate que tanto me gusta. Hoy cumplo siete años. Papá acaba de entrar, espero que traiga mi regalo… ¡Sí! ¡Sí trae mi regalo! es la caja de música con el hada dentro, aquella que vi en el aparador de la tienda en el centro. Mamá entró también, está muy feliz como yo.

Mami está viendo mi regalo. No entiendo porqué su cara cambió, parece molesta, molesta con papá. ¡No, mami! ¡No te lleves mi cajita! por favor, me gusta mucho. ¿Por qué le gritas a papi? No mami, no llores, puedes llevarte mi regalo, ya no lo quiero, mejor vamos a comer pastel, ¿sí?


Era la mañana del 12 de abril de 1928, el sol se asomaba por la ventana de Araceli mientras Juno —su madre— regresaba a la habitación con un enorme pastel de tres capas de chocolate. El pleito había terminado. Mientras ellas comían pastel, Franco, el padre, no paró de ver a Juno con curiosidad insistente, parecida a la de un niño.

— ¿No comerás pastel? —preguntó Juno sin levantar la mirada del plato.

— Sí, claro que sí —respondió Franco mientras depositaba una rebanada en su plato.

Araceli terminó con su segunda ración de pastel, agradeció a sus padres por el desayuno dedicándoles una enorme sonrisa y un beso en la mejilla a cada uno.

­ — ¿Puedo salir con mis amigas a festejar? —dijo Araceli con una voz dulce.

— Está bien ­ — contestó Juno mientras acariciaba la mejilla de Araceli — . Recuerda que no debes salir de la calle y no deben entrar al bosque, ¿entendido?

— Sí, mami.

La jovencita salió de la cama, se puso su pequeño vestido color rojo carmesí, calzó sus diminutos zapatos de charol negros y salió de la habitación dando brincos.

Juno permaneció unos instantes mirando la ventana fijamente y Franco notó cómo se frotaba las manos con mayor frecuencia que de costumbre. Él vaciló un momento y después dijo:

—Creo que necesitamos aclarar la situación de hace unos momentos.

— Tengo que ir de compras para preparar la comida —dijo Juno, dirigiéndose a la puerta — . ¿Podemos hablar después? Además, debes ir a la fábrica.

— Quisiera… quisiera entender… nunca te había visto así.

— Por favor, ahora no quiero hablar, ¿lo podemos tratar luego?

Franco hizo un gesto dubitativo y después asintió. Se besaron y partieron a comenzar su día.


La risa de los niños llenaba el aire y la calle Orquídea era testigo de una gran variedad de juegos infantiles. Araceli llegó corriendo a la esquina en que siempre se reunía con sus amigas. Después de platicar y felicitar a la cumpleañera dándole besos y abrazos, María —una pequeña niña rubia de cinco años, muy tímida— propuso jugar al «Escondite». Rebeca —de nueve años— inmediatamente refutó, diciendo que ese era un juego para bebés. Las demás la ignoraron y aceptaron jugar.

— Entonces, Mary Ann, como tú fuiste la de la idea, tú vas a contar —dijo Rebeca, haciendo una mueca burlona.

— Pero… es que… —contestó María , cabizbaja.

— Basta, Rebeca —intervino Araceli — , déjala en paz.

— No es mi culpa que la mocosa no sepa contar —dijo con aire presumido.

En los ojos de María comenzaban a asomarse unas lágrimas.

— ¡Ya déjala! ­ — exclamó Araceli, subiendo la voz y dándole un ligero empujón en el hombro.

— ¡A mí nadie me empuja!

— Entonces ya cálmate.

Rebeca tenía el rostro ruborizado y su disgusto se hizo evidente, pero optó por dejar en paz a Mary Ann.

Antes de iniciar, Araceli les pidió a todas que no salieran de los límites de la calle —Rebeca sonrió disimuladamente­ — , después se recargó en el poste de la esquina entre las calles de Orquídea y Clavel; empezó a contar y las demás se echaron a correr.

— Uno, dos, tres, cuatro —de reojo notó que Rebeca se dirigía hacia el bosque­ — , cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez. Listas o no, allá voy.


Juno permanecía frente al mostrador de la carnicería con semblante ausente, observando cómo el hombre detrás de la barra cortaba una pata de puerco en pequeños trozos. El ancho cuchillo caía pesadamente sobre la blanda carne, rebanando la piel y el hueso como si fueran de mantequilla. Con semejante espectáculo, comenzó a frotarse las manos con excesivo nerviosismo.

— ¡Juno!

Juno volteó a su izquierda y vio acercarse a una mujer delgada, de un metro sesenta y cinco, esbelta, con un vestido café un poco desgastado y un delantal blanco.

— ¿Cómo estas, Tamara?

— Muy feliz, Abel me regaló unas flores preciosas en la mañana ­—respondió con una enorme sonrisa.

Tamara era la mejor amiga de Juno desde la infancia y su efusiva felicidad siempre la contagiaba, excepto ese día. Juno estaba en un estado de estrés constante y Tamara lo notó casi enseguida.

— ¿Qué es lo que pasa? ­ — preguntó Tamara.

— ¿De qué hablas?

— Te conozco desde siempre y —juntó las cejas y su sonrisa se desvaneció por un instante­— sé cuando algo te pasa.

— Sólo estoy algo cansada.

— Vamos, soy yo, sabes que puedes contarme lo que sea.

Juno la miró a los ojos y ella le volvió a sonreír, haciendo que se relajara un poco. Finalmente dijo:

— Franco y yo tuvimos una discusión un poco fuerte.

Tamara retrocedió sorprendida.

— No puede ser, ¿cuál fue el motivo?

— No quiero entrar en detalles.

— Cualquiera que sea el o los motivos…

Un vendedor ambulante se postró frente a ellas.

— Jóvenes damas —exclamó con voz extravagante — , se ve que son señoritas de gustos muy finos. ¿Qué les parecería adquirir las más bellas figurillas de porcelana para que formen una colección digna de ser envidiada por sus compañeras en las reuniones de té?

El comerciante rápidamente armó una mesa improvisada con tablas frente a ellas y colocó quince diminutas artesanías con las formas de personajes y criaturas de cuentos.

— Ahora no ­ — dijo Juno con frialdad.

— ¡Oh, son adorables! ­ — expresó Tamara y en la boca del mercader asomó una ligera sonrisa.

— En efecto, mi querida señorita, son las más adorables que encontrarás en todo el pueblo y sus alrededores.

— ¡Mira, Juno! Está la figurilla de El árbol de Juniper.

Juno bajó la mirada y, de todos los objetos que se exhibían, el primero que captó su atención fue un hada con un vestido azul y alas translúcidas. Su pupila se dilató, una gota de sudor apareció en su sien derecha y pensó en desviar la mirada hacia otro sitio, cualquier lugar, pero no pudo. Tamara tocó su hombro y le dijo:

— ¿Cuál te gustó?

Juno salió de su trance, apenas pudo contestar sin trabarse.

— Ninguna, ¿podemos irnos?

— Claro —dijo con voz suave — . Buen hombre, en este momento no queremos comprar nada, muchas gracias.

— Comprendo, será en otra ocasión —dijo el vendedor quitándose el sombrero y haciendo una reverencia.

En cuestión de segundos, el comerciante desarmó su mesa y se alejó a paso veloz para seguir en busca de clientes, dejando a Juno y Tamara solas nuevamente.

­ — Me tengo que ir ­—comentó Juno.

— Esta bien, querida amiga. Solo recuerda que, cualquier problema que enfrenten, juntos serán más fuertes y podrán superar lo que sea.

Tamara se alejó y Juno se quedó inmóvil unos instantes. Pensó en el cumpleaños de su hija, en la caja de música, en la pata de cerdo siendo despedazada, en la figurilla de cerámica. Decidió que entrada la noche le contaría todo a Franco.


El ruido ensordecedor de las máquinas mantenía ocupada la cabeza de Franco mientras realizaba sus deberes en la fábrica de metalurgia, pero en el descanso su mente lo golpeó con dos preguntas: ¿Por qué se molestó Juno? ¿Por qué miraba con ira la caja de música?

Mientras comía su emparedado de jamón y una guarnición de ensalada de pollo se hundió en sus pensamientos. Estaba decidido a hablar con Juno al regresar a casa.

Al terminar su almuerzo sus compañeros llamaron a Franco para volver al trabajo. Por falta de personal estaría ocupado todo el día, para su fortuna.

Entre ratos se decía en voz baja la misma frase, una y otra y otra vez : «Oh, Juno. Mi dulce Juno.»


— ¡Ya te vi! —gritó Araceli.

La pequeña María rió y se fue corriendo a la esquina de donde partieron al inicio del juego. Ya había encontrado a cuatro de las cinco jugadoras, sólo faltaba Rebeca.

— Rebeeeeeeca, ¿dónde estás, Rebeca?

Araceli recordó que su amiga se había desviado hacia el bosque y gritó:

— ¡Te dije que no valía que se fueran al bosque! ¡Ya sal de donde quiera que estés!

No hubo respuesta.

Araceli se acercó a la orilla de la corta pendiente que separaba el jardín trasero de su hogar con el extenso bosque. Dudó por un instante, recordando las palabras de su madre, pero al final se aventuró a bajar.

Se deslizó cuesta abajo y paró en seco cuando el suelo se volvió plano. Caminó vacilantemente, adentrándose en la floresta. A pesar de ser el mediodía, los rayos del sol difícilmente lograron penetrar la densa maleza de pinos y el ambiente se mantenía con una tonalidad sombría, sin caer en la oscuridad total. Caminó muchos metros más de lo que hubiera deseado hasta quedar frente a un enorme pino que tenía un hueco ovalado, lo suficientemente grande para que entrasen tres niños de diez años, y aún sobraría espacio. Observó el hueco fijamente. Le producía una atracción hipnótica que no podía explicar. Del agujero asomó una singular libélula color turquesa, pero con cuerpo al triple de grosor. Araceli permaneció mirando al insecto hasta que Rebeca salió de detrás de un árbol y gritó:

— ¡Buu!

Araceli volteó con sorpresa.

— Te dije que no se podía venir al bosque, perdiste.

— No me importa, igual no me encontraste.

—Ya vámonos, las demás nos están esperando.

Araceli dio un último vistazo al agujero en el árbol. El insecto seguía ahí, observándola. Las niñas subieron corriendo la pendiente hasta llegar al patio trasero de Araceli y la criatura imperturbable emprendió el vuelo detrás de ellas.


El estruendo emitido por la sirena de salida en la fábrica produjo en Franco una sensación de incertidumbre, se sentía impotente al no poder imaginar qué le pasó a Juno temprano ese día. Sentía ganas de averiguarlo, pero al mismo tiempo tenía miedo que resultara un asunto demasiado grande para los dos.

Desde que Franco la conoció, Juno era una mujer un poco nerviosa y algo introvertida, ya había tenido algunos episodios leves de ansiedad, pero el de esa mañana había superado los anteriores.

En el camino a casa, Franco recordó el día que la conoció. Él era un hombre de veinticinco años y ella no pasaba de los veinte. Franco era nuevo en el pueblo y no conocía a nadie. Había contado con el suficiente dinero para sobrevivir una semana, gastando sólo en comida y hospedaje en el hostal del centro, tiempo suficiente para obtener un trabajo en la fábrica. Tenía contemplado ser lo más ahorrativo posible, pero ese día la feria llegó al pueblo. La propaganda fue sensacional, los volantes revoloteaban con la brisa mientras un gracioso arlequín los lanzaba a los espectadores.

— ¡Vengan, vengan todos a la mejor feria del mundo! ¡Una experiencia que no pueden perderse! — gritaba el gordo presentador mientras hacia malabares con el sombrero de copa que hacía juego con su smoking.

Detrás de él desfilaban hermosas vedettes, divertidos payasos, insólitos acróbatas y por último, pero no menos importantes, las criaturas del famoso show de fenómenos.

Franco los veía pasar desde una de las aceras de la calle principal cuando, al término del desfile de vedettes, fijó su mirada en una mujer en el otro lado de la calle. Era una joven de pelo castaño y quebrado, tez clara, figura delineada y sonrisa con una curvatura felina que hacía resaltar su belleza. Los penetrantes ojos café oscuro de Juno se cruzaron con los de Franco y él le sonrió. Ella se sonrojó, ahogó una sonrisa con su manga, rompió el contacto visual y se alejó, perdiéndose entre la multitud.

— Con que le estás echando un ojo a Juno, ¿eh? — dijo una voz con tono pícaro.

Un joven vendedor de periódicos salió de entre el mar de gente y le estrechó su mano.

— Fabián, Fabián Navarro, pero mis amigos me llaman Fabo —dijo sacudiendo enérgicamente la mano de Franco.

— Franco Cázares­ —en su voz se notaba un poco de sorpresa.

—Oh, un extranjero, no se ven muchos por aquí.

— Me dijeron que este es un buen lugar para conseguir un trabajo bien pagado.

— Estás en lo cierto, compañero. Aquí en la fábrica el sueldo no está nada mal, pero debes tener contactos para entrar.

— Creo que entonces no será tan fácil conseguir un puesto —dijo con decepción.

Fabo lo miró pensativo.

— Te diré algo, a mi parecer eres un buen hombre, te ayudaré. Mi primo tiene forma de hacerte entrar hoy mismo. Franco se sorprendió por la amabilidad del hombre.

— Eso sería excelente — respondió Franco, a la vez que sonreía emocionado.

— Pero primero tienes que hacer algo por mí ­ — Fabián enarcó una de sus espesas cejas y sonrío— y es algo que también te convendrá, tienes dinero, ¿verdad?

— Sí, claro, ¿de qué se trata?

— Verás, tengo puesta la mirada en una chica de por aquí, su nombre es Rosa.

— ¿Y eso que tiene que ver conmigo?

— Pues, esta chica siempre va acompañada de sus dos mejores amigas. Mi primo Abel va a salir en una cita con una de ellas, pero queda libre alguien que necesito que «entretengas» para que yo pueda estar a solas con Rosa.

— Entiendo. ¿Quién es está chica de la que hablas?

— Nada más y nada menos que la mujer que veías fijamente hace un rato.

— Juno — susurró.

— Bingo —soltó una risotada y continuó — , ¿mis planes son excelentes o qué?

— En definitiva —sonrió y le tocó el hombro­ — . Te lo agradezco.

Fabo le sonrió y le contó sobre su (ahora) cita triple; pasarían por las jovencitas al anochecer y las llevarían a pasear a la feria.

Esa noche, los tres hombres portaban trajes de casimir de diferente color, Abel usó uno color azul marino con corbata del mismo color, Fabián llevó el suyo de un anaranjado chillón que resultaba incómodo a la vista y, por último, el de Franco era de un color negro sereno con corbata color plata. El trío de individuos yacían en el pórtico de una casa desconocida, esperando a sus respectivas citas. La primera en salir fue Rosa, con su falda estrecha, cerrada en la cintura y que le llegaba hasta los muslos, camisa blanca fajada, chaqueta color vino como la falda y un sombrero amplio del mismo color con una elegante y enorme pluma grisácea de halcón en el costado izquierdo. La segunda fue Tamara, quien salió corriendo haciendo hondear su largo y holgado vestido Rojo, se lanzó a los brazos de Abel y cariñosamente le dio un beso en la mejilla. Una jovencita salió vacilante de último, y cuando la luz de la calle la iluminó, Franco se quedó mudo al verla. Juno usó un vestido blanco que se recorría suavemente por su torso hasta la altura de sus tobillos, tenía la espalda y hombros descubiertos, mostrando sus clavículas delineadas, enseguida cubrió sus hombros desnudos con un saco negro que hacía resaltar sus fina espalda y el viento hacia ondear graciosamente los rizos de su larga cabellera castaño claro, que caía delicadamente por su hombro derecho.

Cuando Franco le ofreció su mano para saludarla — era tradición del lugar que, al ser el primer saludo, el hombre tomaba las manos de la mujer y las besaba— ella las escondió en las mangas de su saco e hizo una ligera reverencia. Franco respondió al gesto de la misma manera.

— Mucho gusto, mi nombre es Juno.

— Franco — dijo mientras sonreía — , es un placer conocerte por fin.

Juno sonrió también y se dirigieron a la feria.

En el camino, Juno y Franco charlaron sin cesar, conocieron los gustos del otro: su comida favorita, su estación del año preferida, el lugar del pueblo que más concurrían, etc. Resultó que ambos no eran nativos de ahí, y eso alegró en cierto modo a Franco.

Durante el transcurso de la noche, él jamás le quitó la mirada de encima, ni siquiera durante el juego de lanzar aros, donde, gracias a un golpe de suerte, ganó un enorme oso blanco de peluche para ella, y no pudo evitar notar que mantuvo escondidas sus manos todo el tiempo.

Por primera vez durante toda la noche, Franco se acercó a Fabo y le preguntó:

— ¿Por qué nunca muestra sus manos?

— ¿Quién? — respondió Fabián, distraídamente.

— Juno. En toda la noche ha hecho todo lo posible para esconderla de mí.

— Oh —reaccionó­ — , eso; ella nunca habla de ese tema con nadie, ni siquiera Tamara sabe, a pesar de que son mejores amigas desde niñas.

— ¿Qué oculta? —dijo Franco impaciente.

Fabián se acercó más de lo que Franco hubiera querido y le susurró:

— Le faltan dedos —su rostro se tornó serio.

Franco enmudeció y de pronto una sensación de vergüenza lo invadió, temía que Juno se hubiera dado cuenta de las miradas constantes hacia sus manos.

— ¡Es hora de ir a bailar! —gritó Abel y los demás aceptaron la invitación asintiendo con la cabeza.

En el centro de la feria, un mar de gente danzaba alegremente al ritmo swing-jazz de la Lydia Big Band. Abel, Tamara, Fabo y Rosa se unieron al baile, dejando solos a Franco y Juno. Él la miró a los ojos y hizo ademán de tomarle las manos, ella dudó y desvió la mirada.

— No te preocupes, lo sé.

Juno volteó sorprendida y comenzó a frotarse las manos.

— No me importa, créeme.

Franco tomó sus manos suavemente y se acercó a pocos centímetros a su rostro. Ella lo miró y se acercó un poco más. Justo cuando estaban a punto de besarse, apareció Fabo gritando:

— ¡¿Cómo pueden quedarse aquí parados con esta música?! — exclamó mientras sacudía el hombro de Franco.

Los demás llegaron detrás de Bowie y llevaron a la pareja a la pista de baile. La Lydia Big Band tocó sus más grandes éxitos y el grupo de amigos bailó hasta no poder más. Al término del concierto, Franco separó a Juno de sus amigos.

— Me gustaría salir de nuevo contigo —dijo con voz suave.

— A mí también — respondió ella. Su mirada transmitía dulzura — , pero sólo tengo una condición.

— La que sea.

— Nunca preguntes sobre mis manos. Nunca.

Sin dudarlo, él respondió:

— Lo prometo.

Y lo cumplió, desde ese remoto día hasta la actualidad jamás había sacado a relucir aquel tema, y no tuvo necesidad. Hasta ahora.

Franco regresó en sí de sus recuerdos cuando vio su hogar. Sintió que el camino a casa transcurrió muy rápido y los nervios regresaron. Cruzó la mitad del jardín frontal cuando la puerta se abrió de golpe y una niña salió corriendo y gritando hacia él.

— ¡Papi! ¡Papi!

— Hola, preciosa —dijo cariñosamente, dándole un gran abrazo.

Fijó su mirada en la entrada, Juno estaba ahí.

— Bienvenido a casa, cariño — Juno sonrió levemente — . Es hora de cenar.


Araceli dio los últimos mordiscos a un trozo de pan de centeno negro, agradeció por la cena, recogió su plato y se dirigió a su cuarto, ya era su hora de dormir.

Sus padres la cobijaron y le besaron su frente. Se despidieron cerrando la puerta, dejándola en total oscuridad. Su habitación tenía una ventana con vista al bosque, esto le permitía disfrutar de la densa negrura de la noche, sin ser interrumpida por las tenues luces de la calle.

Al poco tiempo, escuchó el tenue aleteo de unas alas diminutas. La criatura del árbol entro volando por la ventana y aterrizó lentamente en el borde inferior de la cama.

— Hola, amiguita, ¿Ya es hora de irnos?


En la habitación, Juno caminaba en círculos mientras Franco permanecía sentado en la cama cabizbajo, esperando pacientemente a que comenzara a hablar. Después de unos momentos, Franco se puso de pie y rompió el silencio.

— Si es demasiado complicado y no quieres hablarlo, no te preocupes, yo entiendo. Podemos hacer esto cuando te sientas lista.

Juno se postró frente a él. Mirándolo fijamente por fin habló.

— Es difícil de expresar —hizo una pausa — . Lo que voy a contarte es verdad y, por el amor que me juraste, no me juzgues como una demente.

Franco asintió con la cabeza.

— Te contaré todo…


Solamente era una niña cuando sucedió. En mi séptimo cumpleaños, mi madre, cuando me llevó una rebanada de pay de queso a mi cuarto, dijo que me llevaría al atardecer a la última función del Circo Errante en su gira por mi ciudad natal. Estaba tan feliz ese día que hasta me puse el vestido color rosa claro que tenía en mi closet, mi favorito, el que sólo usaba en ocasiones muy especiales. Mientras me vestía escuché un golpeteo en mi ventana, al principio creí que serían mis amigos lanzando piedras para que saliera, pero, cuando me acerqué, vi una especie de libélula chocando contra el vidrio. Abrí la ventana y entró revoloteando por toda mi habitación. Cerré los ojos y grité, desde siempre he odiado los insectos, pero de pronto el desorden cesó. Cuando volví a abrir mis ojos, esa cosa estuvo frente a mi y puedo jurar que en ese momento me habló. Mi madre escuchó todo desde la sala y subió las escaleras corriendo, al abrir la puerta el insecto salió a toda velocidad por la ventana.

En la calle, de camino al circo, me di cuenta que ese ser me seguía. Pasó volando frente a mí, pero ya no estaba solo. Vi hacia arriba, ahí se encontraban algunos en los tejados y otros más postrados en los postes de luz. Permanecieron inmóviles mientras cruzaba la avenida principal.

No sé si fue por mi ingenuidad o mi edad, que no le presté la suficiente atención en ese momento.

Durante la función me olvidé de todo. Fue un espectáculo asombroso, uno que nunca voy a olvidar. Había animales haciendo trucos increíbles, el oso hacía un número con un tigre blanco como la nieve, en el cual simulaban una pelea a muerte y terminaban abrazados y haciéndose caricias; los payasos eran tan graciosos que nos hacían llorar de la risa con sus chistes y los pastelazos; y los acróbatas, ellos fueron mis favoritos, porque surcaban los aires con saltos que parecían imposibles de lograr, haciendo que alguna mujer del público chillara ocasionalmente.

Lo siento, estoy divagando… es sólo que… es lo único que me gusta recordar de ese día…

Terminado el espectáculo, el gentío se aglomeró en los puestos de juegos alrededor de la carpa. En uno de ellos, colgada de un gancho de acero, había una hermosa y grande muñeca de porcelana, de cabello rubio, ojos azules y un vestido rosa parecido al mío, excepto por los encajes blancos en el contorno de la parte inferior. Me gustó tanto que me separé de mi madre, y debido a la muchedumbre ella me perdió de vista. Caminé unos pasos hasta el puesto de juegos, pero antes de llegar una anciana desaliñada, con cabellos de plata y un ojo nublado, me tomó del brazo y comenzó a gritarme.

— ¡Tú! ¡Niña! ¡No salgas! Regresa a tu casa y cierra las puertas, cierra las ventanas, cierra todo, todo, cierra todo. ¡La plaga! ¡La plaga está aquí de nuevo!

Le grité que me soltara, pero no hizo caso y continuó agitándome.

— No lo entiendes, niña, estás muerta si sales. Ellas quieren que salgas, salir, hacerte salir. No lo hagas, ¡La plaga! ¡La plaga del infierno!

Pregunté con lágrimas en mis ojos a qué se refería.

— Ellas buscan la sangre, las lágrimas, ellas comen todo, no, no dejan nada, les gusta el sabor, el sabor, tu sabor. ¡Tú! querida niña, tu sabor es dulce. Las vi, sííííííííí, las vi, te han seguido todo el día, todo, todo el día, sí, te han seguido, y no te dejarán ir; hazme caso, niña, enciérrate, ¡Enciérrate!

Empecé a llorar más fuerte y por fin mi madre llegó a mi lado, gritándole a la anciana loca para ahuyentarla. Una vez lejos se puso de cuclillas y me dijo:

— No hagas caso de las tonterías que parloteó esa mujer, se volvió loca desde que sus hijos desaparecieron.

Mi madre era fría a veces, sí, pero esa sinceridad era su mejor cualidad. Enjugué las lágrimas de mis mejillas y respiré hondo. Dejando atrás ese incidente, el resto de la tarde fue tranquila, comimos palomitas de maíz, paseamos por el centro de la ciudad y regresamos a casa para cenar.

Caída la noche, recostada en mi cama y con mis párpados a punto de cerrarse para poder dormir, escuché murmullos provenientes de la oscuridad de mi habitación. Al principio los ignoré, pensé que cesarían después de un rato, pero no fue así. Al fin me decidí a salir de mi lecho e investigar. A pesar de que mi vista ya se había acostumbrado a la negrura, a duras penas alcancé a divisar tres pequeñas siluetas flotando aproximadamente a dos metros de mí. Me acerqué para verlas mejor. Eran unas criaturas extrañas, de lejos y vistas de forma horizontal, parecían una libélula, pero cuando se colocaban de manera vertical simulaban la silueta de un humano sin brazos, tenían una línea que las divide a la mitad desde la aparente cabeza hasta la punta de la cola, esto hace que parezca que tiene las piernas juntas, palmeadas. Al aproximarme un poco más, noté dos diminutos ojos completamente negros a la altura que se encuentran comúnmente en un rostro, pero también poseían pares de hendiduras similares a parpados cerrados a lo largo del cuerpo. Eran hermosas, a su manera. Al estar frente a esas cosas, los balbuceos cesaron. Una de ellas, la de la izquierda, me llamó por mi nombre, otra me susurró algo que no entendí y la del centro me dijo que me acercara un poco más. Fue demasiado raro, los entes no producían otro sonido más que el del aleteo de sus alas, las voces, más bien sonaban dentro de mi cabeza.

Tan claro como te entiendo a ti, escuché cómo me dijeron al unísono: «Acompáñanos a nuestro hogar». Maldita sea mi inocencia, por un momento me emocioné y les dije que sí. Se dirigieron a la ventana y yo las seguí. «Por aquí, sólo tienes que salir», resonó como eco en mi mente.

De pronto, como un flechazo, recordé las palabras de la anciana loca: “Estás muerta si sales”, paré en seco y negué con la cabeza. En cuestión de segundos la situación cambió. Las criaturas que al principio llegué a considerar lindas se transformaron en seres repugnantes. Todas las hendiduras se abrieron mostrando ojos negros y vacíos, la línea tenue que dividía su cuerpo se abrió de pronto, dejando ver una grotesca boca vertical llena de minúsculos colmillos, de la cual se asomaron tres lenguas cónicas agitándose violentamente.

En un sádico frenesí, se abalanzaron hacia mi cara, me hice a un lado rápidamente para esquivarlas, grité y grité con todas mis fuerzas. En su segundo intento dos de ellas se prensaron de mi mano izquierda, escuché un crujido momentáneo, después sentí un líquido tibio deslizarse por mi mano. Me arrancaron dos dedos, el anular y el meñique, que de pronto desaparecieron… los despedazaron sin ningún esfuerzo. Chillé de horror mientras veía cómo mi carne era consumida por esas cosas infernales.

La puerta de mi habitación se abrió de golpe, mi padre apareció con su pistola. Al principio vio la escena con incertidumbre, hasta que una de las criaturas atacó mi mano derecha; tan solo alcanzó a cortar la punta del dedo medio cuando mi padre disparó, partiéndola a la mitad por el impacto de la bala y dejando un rastro de fluido azul viscoso en la pared. Abrió fuego contra las otras dos, acertó a una que estaba en el borde de la cama, pero la última salió despavorida por la ventana.

En ese momento perdí el conocimiento, lo último que recuerdo es estar en el hospital rodeada de mi padre y mi madre, con un dolor agudo, tan intenso que no se iba ni siquiera con la medicina.


— ¿Qué… qué eran esas cosas? — fue lo único que Franco pudo decir, la historia le había helado la sangre.

— No tengo idea — Juno dejó escapar un suspiro — , la anciana les decía “Plaga”, pero… — hizo una pausa — yo las llamé Hadas. Eran tan parecidas… quizá se alimentan de niños, tal vez sea esa su forma de atraerlos. De lo que estoy segura — se frotó los muñones de los dedos — , es que me alegra no haber tenido el mismo destino que los hijos de aquella pobre mujer.

Juno, quien había estado deambulando por la habitación durante toda la historia, se sentó junto a Franco. Tomó su mano y en un gesto dulce le besó los labios suavemente.

—Siento que al fin me quité una gran carga de encima.

Franco sonrió y la besó una vez más.

Ambos se recostaron en la cama y entraron debajo de las cobijas. La noche había proyectado una sensación de alivio y los brazos de Franco tranquilizaron aún más a Juno, hasta que por fin se quedaron dormidos.

A media noche, Juno salió de la habitación, cruzó el pasillo de la planta alta hasta estar de frente al cuarto de Araceli, quería darle un beso en la mejilla y quedarse un rato con su hija. Verla dormir siempre le daba cierta paz.

Tomó la perilla, la hizo girar lo más silenciosamente posible y la puerta se abrió lentamente.


El bosque resultó ser demasiado aterrador esa noche. El viento despedía un extraño olor que la pequeña Araceli, por su corta edad, no conocía, un aroma a putrefacción; a muerte.

Las figuras siniestras de los árboles eran producto de la escasa luz de luna que había penetrado la espesa maleza de pinos, las ramas simulaban brazos alargados que parecían cerrarse a sus espaldas a cada paso que daba. Pero la emoción de conocer el hogar de las hadas eclipsaba sus miedos y dudas.

El camino era más prolongado de lo que parecía anteriormente. Aún traía puesta la pijama, la campana del pantalón manchada de barro hacía sentir más pesados los pies de Araceli. Su compañera alada voló erguida dejando ver su silueta con forma humana, vigilándola de cerca con sus minúsculos ojos.

La niña respondía en voz alta, pero en realidad la conversación se llevaba a cabo en su cabeza. Incluso gesticulaba con los brazos y las manos mientras iba caminando.

— ¿Ya casi llegamos? Estoy cansada.

(Estamos cerca, pequeña)

La voz en su mente sonaba como un susurro, un sonido pausado, alargando ocasionalmente alguna que otra vocal.

— Eso me dijiste ya hace tiempo —Araceli hizo un gesto de cansancio; cuando algo despertaba su interés se volvía impaciente.

(No falta mucho, lo prometo)

Se hizo el silencio durante unos momentos. Finalmente Araceli volvió a hablar.

— ¿De dónde son ustedes?

(De todos lados)

— Y, ¿cuántas hay como tú?

(Muchas)

— Pero, ¿cuántas son «muchas»?

(Tantas como las luces del cielo)

Araceli miró sorprendida a su peculiar acompañante.

— ¡Son muchísimas!­ —exclamó con excesiva efusividad mientras agitaba los brazos.

Siguieron caminando y las preguntas de Araceli llovían incesantemente.

— ¿Comen lo mismo que nosotros?

(No)

— ¿Entonces qué comen?

(Néctar)

— ¿Qué clase de néc…?

No pudo terminar la pregunta. La impresión la dejó muda.

El pino que había visto al medio día no era nada comparado con el que se erigía frente a ella. El árbol era tres veces más grueso e imponente, de unos veinte metros de altura, con un hueco circular demasiado grande, tanto que Araceli podría entrar de pie al interior del coloso.

(Este es nuestro hogar. Adelante, entra)

La niña dudó por un instante.

— Está demasiado oscuro —dijo con un hilo de voz.

(Tus ojos ya están acostumbrados a la oscuridad, no tendrás problemas)

— No lo sé… tengo un poco de miedo… —respondió, encogiéndose de hombros.

(No temas, será una visita rápida)

— No me gusta la oscuridad…

El insecto se echó a volar por sobre las maleza verde del pino, haciendo un hueco por donde se filtraron tenues hilos de luz de luna, iluminando una sección de la oscura abertura.

La chiquilla accedió y entró al agujero. Una ligera sonrisa se asomó en su rostro. «Voy a conocer a más criaturas mágicas», pensó.

Una vez dentro, Araceli se puso de rodillas, se sentía exhausta por la caminata. En la parte hundida en la penumbra no distinguía nada a plena vista, pero el sonido del batir de miles de alas diminutas hizo que su felicidad creciera. «Ahí están, en la oscuridad», pensó.

— Salgan, amiguitas —exclamó inocentemente.

Aquellas fueron sus últimas palabras.

Un crujido viscoso rompió la monotonía de los aleteos, pronto otros más lo siguieron hasta formar una sinfonía grotesca. Cientos de miles de colmillos brillaron en la oscuridad de la noche y se aproximaron lentamente. Araceli retrocedió torpemente. Al principio no comprendió nada. Un escalofrío recorrió su espalda y el miedo la invadió.

Las criaturas salieron de las sombras. Araceli intentó gritar, pero el insecto que fue su guía se introdujo en su boca. Cayó de espaldas en un grito ahogado. Una marea color escarlata escurría de la comisura de sus labios empapando su cabellera.

La niña fue arrastrada a la negrura y el hueco en el árbol se cerró.


Juno observó desconcertada la habitación vacía de su hija, el miedo invadió su mente al instante. Volteó en todas direcciones con la esperanza de encontrar a Araceli escondida y que todo fuese una simple confusión.

En medio de su preocupación, notó que la cama estaba hecha, pero en la parte del centro sobresalía un pequeño bulto. Se acercó lentamente y palpó la protuberancia, era suave y húmeda. Tomó un esquina del cobertor y tiró de él cautelosamente hasta dejar al descubierto el misterio que yacía debajo.

Horrorizada observó tres trozos de carne cercenada situados delicadamente al centro del lecho: eran dos dedos y la punta de un tercero bañados en sangre, parte del hueso se asomaba al inferior de uno de ellos.

Juno los tomó en sus manos y comenzó a llorar.

Entre sollozos, escuchó un ruido y desvió su mirada hacia la ventana. Una libélula detuvo su vuelo en el marco.

(Tampoco olvidé ese día, desgraciada)

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