Elogio para mi Tito

Mi Tita tiene una fijación por las manos de mi Tito: en muchas ocasiones ví a mi Tita sonreír, con sus ojos clavados en las manos de su marido, mientras ella con sus dedos trazaba las venas resaltadas desde su muñeca a sus nudillos, y de ahí delineaba los dedos rectos, — casi rectangulares — , de Tito. Siempre me llamó la atención cómo apreciaba sus manos con tal grado de admiración. ¿Qué tanto se puede apreciar de una mano humana?

Callosas o suaves; con uñas limpias o con uñas mordidas; de piel cruda y deshilachada o de piel sana sin arrugas; de tamaño de melón o de mandarina; las manos son herramientas que representan el poder, la fuerza y la creación. Sin manos, nuestra capacidad para trabajar se vería muy reducida. Las manos humanas son únicas; ninguna otra criatura en el mundo tiene manos que puedan agarrar, sostener, mover y manipular objetos como las manos humanas. Y esto mi Tito lo entendía muy bien.

Mi Tito era una persona de talento kinético y a él le gustaba la Ciencia: se entretenía ingeniando formas de crear o mejorar algo a través de la manipulación de químicos, y a eso mismo se dedicó toda su vida, — y era muy bueno haciéndolo. Esto también es porque le dedicaba mucho tiempo a esta pasión suya; mi Tita una vez me contó que, tarde una noche en el laboratorio que él instaló en el rancho de mi bisabuelo Nino, Tito se hizo una mancha que le duró toda la vida en el hombro, por una quemadura resultado de sus experimentos químicos. Yo siempre asumí que mi Tito nunca me contó porque era muy humilde, y para mí, escuchar esa historia fue darme cuenta que mi Tito era un Einstein mexicano, — y sí queda por el bigote blanco que siempre tuvo.

Quizá por ese mismo talento kinético también fue excelente atleta (fuera en el golf, en el fútbol o en el basquetbol, cualquier otro deporte). Tanto le encantaba, que veía todos los juegos de todas las ligas y todos los torneos, y mi Tita bromeaba que no veía los partidos del planeta Marte, solo porque no los pasaban en la tele de la casa.

Justo el mes pasado, tuve la oportunidad de conocer el Seminario Metodista Juan Wesley en la calle Isaac Garza, donde mis titos pasaron gran parte de su infancia y adolescencia conviviendo y aprendiendo entre otros cristianos. Fue muy fácil imaginar a un Tito Nino de joven acompañado por sus amigos, caminando por la barda de ladrillos alineados con un renglón de líneas verticales negras, de hierro, que funciona como reja. En mi mente los veía yendo al gimnasio, botando su balón contra el pavimento y probablemente riendo, porque también era bien amiguero. Tita dice que era el mejor jugador en el equipo de basquet.

Este hombre tenía muchas historias que contar, la experiencia bailaba en sus sonrisas y la sonrisa en sus ojos, sin embargo, permanecía en silencio, sin decir, porque a él le gustaba escuchar a Tita enseñarnos a los nietos sobre sus muchísimas opiniones sobre todos los temas y sobre nuestra reservación en el hotel de Dios en el cielo. Él tampoco expresaba su cariño y generosidad con palabras, sino que lo demostraba a través de todo lo que pudo materializar con sus manos.

Hombre trabajador, Tito construyó una casa para su esposa y sus siete hijos, decorada al gusto preciso de Tita y con un jardín para que sus niños jugaran. Como fueron pasando los años, fue agregando comodidades, de la misma forma en la que se iba incrementando el número de familiares.

Hizo una alberca, donde mis primos y yo aprendimos a nadar, plantaron árboles de flores y fruta, pusieron juegos en el jardín y construyó una barda alrededor, hecha del sillar del rancho del bisabuelo Nino, para proteger la casa cálida de mis Titos. Para mí, todas estas cosas son un reflejo del cariño que Tito tuvo por nosotros. Los frutos que generaron sus manos fueron a la casa y a la familia.

Por eso, cada día de primavera o verano, Tito recogía las hojas del árbol sobre el agua en la alberca para invitarnos a nadar; Por eso, Tito se aseguraba de que se juntaran muchos aguacates y limones para las casas de sus hijos; Por eso, la Navidad siempre la pasamos en su casa, con una cena muy completa y regalos. Hasta hubo un año en el que Tito, con la ayuda de mi tío Alberto, armó un brincolín con sus manos para regalárnoslo a todos los nietos un diciembre, y desafortunadamente, muchos estábamos tan chiquitos que ni lo recordamos, pero lo usábamos todos los domingos, especialmente después de la alberca.

Una vez que nos quedamos a dormir varios, rompimos un columpio, y cuando él se dio cuenta que intentamos fingir que no pasó nada poniéndole tape a la cadena, Tito lo arregló con sus manos mientras desayunábamos pancakes y nunca dijo nada al respecto; A él no le gustaba que nos preocupáramos, — hacía todo lo que podía para que nosotros creciéramos felices. Aún cuando lo visitamos en el hospital, me trataba de distraer preguntándome sobre mi carro que tanto le gustaba.

Hacia los últimos meses que lo tuvimos cerca, las manos que una vez aseguraron que nuestro mundo estaba a salvo se fueron volviendo algo poco más que la piel y los huesos. La piel, una vez suave y tersa, ahora estaba más arrugada y delgada. Aún tomaba nuestras manos, y nosotros nos aferramos a sus dedos cansados a cualquier momento que nos daba, dejando que el calor y la suavidad de nuestras propias manos le hicieran saber que estábamos allí, y que él no estaba solo, — y él tampoco te soltaba. Así llegué a entender por qué mi Tita veía sus manos con tanto amor.

Aunque mi Tito ya no está, siempre voy a pensar en mi Tito (cuando escuche a los pájaros como los de la alberca cantar, cuando vea árboles dar fruto, cuando coma mango o aguacate, cuando demuestre afecto en acciones, en vez de palabras. Mi mamá nos dijo muchas veces: “muchos se sacrificaron para darte un nombre; no lo arrastres”, y espero nunca decepcionar a Tito o hacer mal uso de todas las oportunidades que nos dio por sus sacrificios.

Creo que puedo decir de parte de mi familia que estamos muy agradecidos de que mi abuelo haya aceptado el amor incondicional de Dios y de que haya aprendido que nuestros pecados involuntarios ya fueron perdonados, antes de que su respiración cesara, y antes de que ya no necesitara las manos del cuerpo que Dios le prestó.