Cuando ‘Solo ante el peligro’ le da cien vueltas a Aristóteles

Alfonso Basallo publica ‘Julián Marías, crítico de cine (El filósofo enamorado de Greta Garbo)’. Editorial Fórcola.

Por Juan Carlos Laviana.

(Texto leído el pasado mes de marzo en la presentación del libro)

Cuando el lector inadvertido, o simplemente despistado, se acerca a este libro sobre ‘el filósofo enamorado de Greta Garbo’, es fácil que caiga en un grave error: creer que nos encontramos ante un relato del hobby, del entretenimiento, de la evasión del filósofo. Suponer por un sólo instante que para Julián Marías el cine es un momento de descanso de su trabajo como pensador sería una gran equivocación.

Las películas, para Julián Marías, son tan importantes como los sesudos manuales filosóficos, los alardes literarios de los grandes novelistas, o las deslumbrantes manifestaciones artísticas de pintores, escultores o arquitectos.

Recorrer las páginas del libro de Alfonso Basallo constituye un apasionado viaje por la historia del cine -Marías escribió a lo largo de su vida más de 1.500 críticas-, desde los pioneros (Méliès, Griffith, Eisenstein), pasando por la era de las películas mudas (su querido Chaplin, Keaton) hasta llegar a anteayer mismo, a las puertas de siglo XXI.

Para entendernos, alcanza incluso hasta Internet, con su crítica de la película. ‘La red’ (Irvin Winkler, 1995). Las peripecias de Sandra Bullock para escapar de la organización que controla su vida a través del ordenador, sirven a Marías para sacar a relucir el desasosiego que provocan las nuevas tecnologías, como si de un nuevo ‘proceso’ kafkiano se tratara. Así, afronta un debate tan presente, tan actual, tan de hoy mismo, como el de los peligros del control y la manipulación de nuestra intimidad.

Este viaje por la historia del cine lo hacemos acompañados por un sabio que, con todo su bagaje y toda su clarividencia, es capaz de abrirnos los ojos a aspectos de las películas insospechados para un simple espectador. Con su inmensa pasión, Marías es capaz de encontrar a Sócrates en un western, el existencialismo en un musical o a Descartes en un film bélico. Baste con un ejemplo muy gráfico: el pensador llegó a escribir que ‘Solo ante el peligro’ (Fred Zinnemann, 1952) ‘le da cien vueltas a Aristóteles’. Esto sí que es aunar Filosofía y cine.

Para el lector, volver a ver una película, a la luz de las reflexiones de Marías, es verla por primera vez. Encontrará tantos aspectos que antes se le habían pasado inadvertidos, que disfrutará doblemente de la experiencia.

Esto es lo que nos proporciona Alfonso Basallo con su libro: un repaso del cine, iluminado por el pensamiento de Julián Marías. O, lo que acaba siendo lo mismo, un repaso a la obra del filósofo, ilustrado con las imágenes de las películas. ¡Qué más da! Ambos, cine y pensamiento, están perfectamente fundidos, son una misma cosa, para qué desgajarlos, igual que no desgajamos literatura y pensamiento al leer El Quijote o una novela de Unamuno.

El libro de Alfonso Basallo rebosa pensamientos de Marías. Pongo un ejemplo: ‘Ver es pensar con los ojos’. ¡Qué mejor forma de definir el cine, el acto de ver una película! ‘Pensar con los ojos’. Cuatro palabras. Para qué más.

En ‘La imagen de la vida humana’ (Revista de Occidente, 1971), su primer ensayo sobre cinematografía, Marías aseguraba que ‘nada divierte tanto como el cine, en el sentido literal de la palabra, nada di-vierte, es decir, nada aparta tanto de una realidad distinta de la nuestra’. Su gran. admirador José Luis Garci lo explicó. muy gráficamente: Es como tener ‘una vida de repuesto’.

Es tal la pasión del filósofo por el cine que lo considera mágico, casi sobrenatural. La imagen en el cine, escribe en el mismo ensayo, es ‘fugacidad, aparece y desaparece, visto y no visto: magia’. Quedémonos con ‘Visto y no visto’: así de expresivo es el título bajo el que publicaría sus críticas de cine en ‘Gaceta Ilustrada’ y en ‘Blanco y negro’.

El gozo que nos provoca el cine lo explica Marías en su obra ‘La felicidad humana’ (Alianza 1987). Para disfrutar de verdad hay que ‘irse a vivir a la película’. Qué gran metáfora. Recomienda al espectador zambullirse, disfrutar al máximo… Cito textualmente: ‘Suspender la vida real (…) El espectador –asegura- deposita en la puerta del cine sus preocupaciones (…) Entra en una historia ficticia, en otras vidas y, durante hora y media, deja en suspenso sus pesadumbres’.

En su crítica de ‘Muerde la bala’ (Richard Brooks, 1985), describe de esta forma tan poética y tan precisa la liturgia del cine: ‘Los ojos se abren sobre la pantalla y absorben imagen, color, movimiento, un placer que no decae ni un instante y a eso se va al cine. Eso es el cine’. En resumidas cuentas, que ‘el cine es un arte de la imaginación’, como explica en el mencionado ensayo ‘La imagen de la vida humana’. Qué más se puede decir.

Marías creía firmemente que la persona humana ‘es la realidad más importante de este mundo’, según escribe en su obra ‘Persona’, (Alianza, 1997). Esta fe en el ser humano da idea de la importancia que tienen para él los personajes, los caracteres. Así, pone como ejemplo de este peso específico de la persona Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941), el archiconocido personaje del que, pese a su notoriedad, apenas sabemos nada. Le fascinaba la indagación en ese misterio que encierran las personas, su esencia, su alma, frente a la creciente masificación y. cosificación que convierten a las personas en números, en estereotipos.

Hasta tal punto llegaba su obsesión con la persona que al personaje de ‘ET’ (Spielberg, 1982) no podía calificarlo de otra forma que de ‘persona no humana’. Queda todo dicho.

Marías solía decir sobre su maestro, José Ortega y Gasset, que ‘se le veía pensar’. Qué piropo. Y qué definición tan cinematográfica. ¿Cuántas veces hemos visto en el cine pensar a los actores, o debería decir a los personajes? ¿Cuántas veces hemos deducido, con sólo un plano de su cara, lo que estaban pensando?

Julián Marías tenía pasión por los actores. Decía que las historias que contaban los actores eran ‘abreviaturas de la vida humana’. Otra gran definición: ‘Abreviaturas de la vida humana’. O lo que es lo mismo: las tramas de las películas.

‘Podemos asistir, contemplando el rostro, a una biografía’. Eso es lo que explicaba Julián Marías, siguiendo las enseñanzas de Ortega a sus discípulos, cuando, sentado en un banco, se recreaba contemplando cómo paseaba la gente: ‘Mírenlos ustedes, cada uno con su biografía en la cara’. ‘Una biografía escrita en la cara’, eso sí que es un buen primer plano, esa sí que es una buena interpretación.

‘Los actores terminan siendo amigos’, decía el gran reivindicador del decisivo papel de los actores frente al peso de los directores, endiosados por la ‘nouvelle vague’, la nueva ola francesa, y el nuevo cine europeo que inspiraron Truffaut, Godard y compañía.

Así, Julián Marías consideraba buenos amigos a Spencer Tracy y a su pareja, Katharine Hepburn (le fascinaba su relación dentro y fuera de la pantalla); a Humphrey Bogart y Lauren Bacall (otra pareja cinematográfica y real); a Gary Cooper; a Audrey Hepburn y a tantos y tantos. Los veía tan a menudo y tan íntimamente que los incluía entre su grupo de amigos más próximos. Por eso se interesaba también por su vida privada, como el voyeur que es todo buen cinéfilo.

Como crítico de cine, que también eso era, como queda de manifiesto en la tesis de Alfonso Basallo, sostenía que ‘sin ingenuidad, es muy difícil entender ni gozar nada’. Exigía a espectadores y jueces cinematográficos que tuvieran capacidad de asombro, cualidad que consideraba ‘clave para el artista a la hora de crear, y para el crítico a la hora de enfrentarse a la obra’.

Pero no pensemos que esa mirada ingenua y limpia le hacía ser indulgente. Respetuoso, sí, pero muy exigente. ¿Qué exigía Marías a las películas? Lo más importante de todo: ‘Visualidad’. Gran palabra. Le gustaba el cine que ‘con verlo basta’. Casi nada.

Y apreciaba especialmente cuatro virtudes: La concisión, la inteligibilidad, la elegancia y el rigor. Parece sencillo por la forma llana que tiene el filósofo de explicar los conceptos. Pero qué pocas películas reúnen esos condicionantes.

Como cualquier hijo de vecino, Marías tenía sus propias preferencias, sus muy particulares gustos, absolutamente. discutibles. Faltaría más. Apostaba por el clasicismo, por lo que ahora se ha dado en llamar cine de género. Era contrario a la experimentación y a la pedantería, tan del gusto de los críticos de entonces y de ahora.

No era un adulador, para nada. Qué nadie se escandalice, pero consideraba. que Buñuel estaba ‘sobrevalorado’. No le gustaban nada muchas de las películas de los ‘intocables’ Fellini, Visconti, Woody Allen o Kubrick.

No seguía la corriente a nadie, ni siquiera al público, y ponía serias y razonadas pegas a grandes taquillazos como Alguien voló sobre el nido del cuco’ (Milos Forman, 1975), que ‘sobrevuela sobre las vidas dolientes que quiere presentar’; ‘Forrest Gump’ (Robert Zemeckis, 1994), que consideraba ‘larga y lenta’; o ‘La naranja mecánica’ (Stanley Kubrick, 1971), ‘aburridísima y repetitiva’. Y detestaba, por encima de todas, las películas de James Bond. Precisamente porque en ellas no hay personas, sino prototipos, cosas,…

En cambio, le gustaban, y mucho, ‘Irma la dulce’ (Billy Wilder, 1963) ‘Doctor Zhivago’ (David Lean, 1965), ‘Verano del. 42' (Robert Mulligan, 1971), ‘América, América’ (Elia Kazan, 1963), o ‘La vuelta al mundo en 80 días’ (Michael Anderson, 1956), ‘una obra maestra’, en sus propias y categóricas palabras. Siento la enumeración, pero resulta muy útil a la hora de hacerse una idea, de visualizar, en suma, los gustos de Julián Marías.

El esfuerzo compilador y divulgador de Alfonso Basallo ha sido titánico. No es trabajo fácil ofrecer, de una forma amable y transparente, esta condensación del cine y la filosofía en Julián Marías. Y, menos aún, siguiendo los principios del maestro (concisión, inteligibilidad, elegancia y rigor), a la hora de elaborar este canon de cine y filosofía que se lee de un tirón.

Es virtud del autor el recuperar para las nuevas generaciones, otra vez más, la imponente figura de Julián Marías, tan necesaria en estos momentos. Nos lo trae a este ajetreado y olvidadizo siglo XXI, recuperando al hombre que supo unir el pensamiento español de antes y después de la Guerra, que siempre defendió la verdad, lo que le costó la persecución de unos y de otros, de vencedores y de vencidos. Ojalá nos acordáramos ahora de su pensamiento para afrontar con éxito lo que llaman la segunda transición, sin necesidad de hacer añicos la primera. Ya se sabe que es costumbre muy española la de avanzar destruyendo el pasado.

Basallo ofrece, además, la oportunidad de volver sobre la Filosofía, hoy expulsada de las aulas, arrebatada sin compasión a las futuras generaciones ¿Qué va a ser de nuestros jóvenes? ¿Qué va a ser de nosotros sin Filosofía?

Es de agradecer una edición tan cuidada, como la que nos presenta Fórcola, con abundantes y pertinentes fotografías, y unos índices, tan generosos como útiles, que a tantos editores se les ‘olvidan’ últimamente para ahorrar trabajo y paginación.

Y es obligado reconocer la labor de pequeñas editoriales como ésta que, cuando tantos perezosos se regodean en el manoseado ‘páramo cultural’, encuentra abundante y rica vegetación. Igual que la encontró y nos la hizo ver el maestro Marías, al defender con valentía a sus contemporáneos, mientras, a su alrededor, trataban de enterrar en el olvido a toda su generación. No debemos consentir que se salgan con la suya. Ni los unos ni los otros.

  • «Julián Marías, crítico de cine. El filósofo enamorado de Greta Garbo». Alfonso Basallo. Madrid, 2016. Ediciones Fórcola. 383 páginas.
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