Reflexiones sobre la Transformación en México

Brían Hanrahan, Paulina Aroch Fugellie [1]

Febrero del 2019.

Traducido del texto original por Fernando Sdrigotti

¿Puede la estrella matutina amanecer de amor,
donde la bandera de la guerra desplegada,
flota como una mancha sobre,
la tela de un mundo en ruinas?
Percy Bysshe Shelley
A los republicanos de América del Norte, 1812 [2]

El lugar en el mundo de un estado está dado, por la extensión de su independencia; este grado de autonomía requiere también que todas sus relaciones internas estén acomodadas para afirmar el ser mismo del estado. Esta es su ley suprema.
Leopold von Ranke, El debate político, 1836

1. Introducción

Celebración en el Zócalo de la Ciudad de México tras los resultados de la elección, 1 de julio, 2018, Salvador alc, Creative Commons.

Ya han habido varios intentos de sopesar el significado de la elección de Andrés Manuel López Obrador como presidente de los Estado Unidos de México en julio de 2018, así como de la impactante victoria paralela de su partido, Morena[3]. Un marco utilizado todavía es de la llamada Marea Rosa, una cronología-tipología aproximada de los regímenes izquierdas latinoamericanos en décadas recientes (ver Uber et al. 2009).[4] Visto en ese contexto, la victoria de Morena parecería una excepción tardía en una izquierda latinoamericana en crisis, mientras que los regímenes conservadores toman poder y EEUU restablece su hegemonía hemisférica. Pero es cierto que de no haber mediado el fraude electoral del PRI en 1988, la ola progresista de gobiernos latinoamericanos habría comenzado allí, con Cuauhtémoc Cardenas. Pero la izquierda mexicana fue forzada a esperar treinta años, soportando muchos retrocesos y afrontas en el camino, antes de tomar el poder.

Otro acercamiento conceptual, más enfocado en la especificad de México, ha sido utilizar la idea de una “Cuarta Transformación”, el nombre dado por López Obrador a su renovación del estado y la nación.[5] Invocada repetidamente por el presidente (conocido popularmente como AMLO) y sus seguidores, el concepto identifica a la victoria de Morena como el gesto inaugural en la refundación moral de un estado enteramente corrupto. La “Cuarta Transformación” sería entonces una sucesión de la independencia mexicana de principios del siglo XIX, de las reformas liberales de las décadas 1850 y 1860, y de los años revolucionarios de principios del siglo XX. Sin embargo, si el marco de la “Marea Rosa” puede ser criticado como una blanda metáfora homogeneizante, “Transformación” acarrea un problema diferente. Como concepto es posible que invite a la reflexión histórica, pero también es el slogan de un movimiento y un regimen, lo que limita su utilidad como herramienta analítica.

Pero esta transformación — para permanecer brevemente con este término — está ahora pasando de la teoría a la práctica, o mejor dicho, de la hipótesis al experimento. Los meses desde la victoria demoledora de Morena han visto el establecimiento de una nueva administración, con un programa político concreto, dando también indicaciones de sus actitudes hacia el estado y de su cultura de gobierno, distinguiendo claramente al nuevo regimen de sus predecesores. De alguna manera el estado ha sido habitado nuevamente. Esta transformación concreta abarca y trasciende distinciones entre “política” y “presentación”, y “base” y “superestructura”. Todos los gobiernos y movimientos políticos funcionan dentro de esferas públicas y políticas enteramente espectacularizadas. Menos que nunca, en 2018–19, parece posible separar — sea de manera heurística, simplista, o a modo de chiste — una base socio-económica más auténtica de una capa cultural, de significado y cognitiva. La política de los gasoductos es también la política de la imagen de los gasoductos y la política de las emociones de los gasoductos, y así sucesivamente. ¿Cómo podría ser de otra manera? Esto dicho menos a modo de crítica sobre la ilusión mediatizada que como una aceptación parcial, reticente, y fatalista de esta. Este tipo de espectáculo — a través de todos los medios, abarcando todo el mapa de la cultura — es ahora simplemente el territorio de la política. Y que así sea.

Período trans-regnum, Sitio web del gobierno, dominio público.

Algunas palabras son necesarias en relación a la transición hasta el poder en el sistema presidencial mexicano. Como muchos lo han sugerido, es extremadamente largo, con cinco meses desde la elección a la asunción. En práctica esto significa que la asunción al poder del presidente electo es la negociación de un período interregno prolongado y potencialmente incómodo. Este año por lo menos, esa estructura temporal sirvió para iluminar un aspecto doble del poder de la presidencia. La duplicación, en relación con los sistemas presidenciales, es algo a veces identificado como la combinación, en una sola figura, de funciones ceremoniales y ejecutivas. Pero el pasaje poselectoral de AMLO hacia el poder en cambió enfatizó la diferencia entre un poder performático, público, y comunicacional, de un tipo que López Obrador ya venía ejerciendo antes de su inauguración, y los poderes propiamente constitucionales con los que fuera embestido en diciembre 1 de 2018. Como presidente electo AMLO ya estaba gobernando, a través de una enérgica seguidilla de encuentros públicos, viajes, iniciativas, planes nacionales y propuestas legislativas, citas y decisiones políticas. El proceso se intensificó pero no comenzó con el inicio del nuevo período de sesiones de la Cámara de Diputados a principios de septiembre, ahora con un gran partido, Morena. La inauguración misma tuvo algo de Nietzscheano: cuando el presidente asumió los poderes ejecutivos, en ese largo día de teatro democrático público, se convirtió más o menos en lo que ya era.

‘Contendiente de la izquierda dura’, Financial Times, marzo 2018, Financial Times news site, Fair use.

Examinar los primeros meses de la presidencia de AMLO (incluyendo esa notable adquisición de poder antes de la inauguración) puede permitirnos entender específicamente qué es este nuevo gobierno mexicano de izquierda, qué hace, y qué quiere. Comparados con otros en la Marea Rosa, los contornos políticos de Morena han sido por momentos difíciles de discernir, y no solo por sus extraño matrimonio de conveniencia con dos formaciones políticas más pequeñas, una proveniente de la derecha religiosa (Partido Encuentro Social), la otra de la izquierda (Partido del Trabajo). Durante la campaña electoral de 2018, los enemigos y opositores de AMLO en la derecha no dudaron en calificarlo de “carismático y mesiánico,” “izquierdista radical,” “agitador de izquierda,” “o populista duro de izquierda,” conjurando convenientemente los espectros de Chávez, Morales, Lula, e incluso Trump. Al norte de la frontera, columnas editoriales en el New York Times y el Washington Post circulaban advertencias de un peligroso populista suelto; el tono se apaciguó cuando la victoria de López Obrador se volvió evidente. Pero ni AMLO ni sus movimiento encajan bien en los moldes donde intentaron ponerlo. Incluso potenciales aliados quedaron confundidos: fuera de México, muchos en la izquierda también encontraron la mezcla difícil de entender. ¿Era quizás — horror — un nacionalista? A diferencia de muchos líderes latinoamericanos, y a diferencia de muchos activistas estadounidenses mirando al sur en busca de inspiración, no usaba la palabra “socialista” para definirse a sí mismo o a su movimiento, y nunca lo haría. Entonces, ¿qué significa que esté en la izquierda? La pregunta está íntimamente conectada con una más específica: ¿qué quiere el nuevo regimen para el estado mexicano y su gente?

En muchos aspectos, el nuevo gobierno ha sido muy cauteloso. Sin muchos preámbulos volvió a comprometer a Mexico a una alianza norteamericana de largo plazo. Dada la importancia de las relaciones con los EEUU, en lo que respecta a la seguridad y las políticas de defensa en todos los niveles, ni que mencionar de la guerra contra las drogas, esto restringió las nuevas opciones del gobierno en relación a combatir lo que es seguramente el mayor problema del país: los altos y crecientes problemas de violencia perneando la vida en muchas partes del país. La nueva administración de Morena también se comprometió a medidas fiscales y macroeconómicas restrictivas, lo que fue una sorpresa agradable para el capital doméstico e internacional[6]. Estas dos decisiones — evitables o no, elogiables o no — impusieron apretados límites sobre cualquier renovación putativa del estado mexicano. El gobierno prometió nuevos programas sociales ambiciosos, y se lanzó a brindarlos con considerable ingenio y determinación. En términos más estrechos en relación a la transformación del estado, dos focos emergieron en los primeros dos meses de la autoridad de Morena: primero, su plan para una Guardia Nacional, una agencia cívico-militar, y segundo, a partir de fines de diciembre, una ofensiva gubernamental concentrada contra el robo organizado de combustible, por y dentro de la industria nacional de crudo.

2. Reconfiguraciones de la violencia organizada

De algún modo, la victoria demoledora de Morena fue una transición democrática “normal”: un gobierno altamente impopular fue rechazado por los votantes, cambiado por una oposición con ideas nuevas y promesas de cambio. Un cambio transcendental pero ordenado no era poca cosa en un país donde el poder había sido celosamente custodiado por un solo partido durante la mayor parte del siglo XX. Más aún, para muchos la democratización pos-2000 había sido una triste farsa, marcada por el fraude electoral y la rápida degeneración de los nuevos partidos en facciones clientelistas, siendo la más decepcionante la del PRD (Partido de la Revolución Democrática), del que López renunciaría en 2012 para fundar Morena. Pero había más que una transición pacífica en relación a la victoria de Morena. Sin querer idealizar procesos democráticos de negociación social como si fueran una apoteótica “voz de la nación”, si hubo algún evento político reciente que se sintió como un grito colectivo de descontento, un rechazo de ciertas condiciones insoportables experimentadas por gran parte de la población, ese evento fueron las elecciones mexicanas del 2018.

México continúa estando marcado por una desigualdad económica brutal, sostenida por un sistema extremadamente jerárquico de clases, en muchos aspectos más bien un sistema racial de castas. La clase media se ha expandido rápidamente en las últimas décadas[7], acompañada por nuevos patrones de consumo, pero la tendencia general ha sido cualquier cosa menos un giro hacia la justicia social.[8] En años recientes, esta estructura social ha estado revestida con una corrupción ubicua, una versión intensificada y nueva de un viejo fenómeno. El mensaje político central de AMLO, que encontraría resonancia en gran parte de la población, fue que la corrupción había metastizado en un saqueo al por mayor de los recursos de la república, cualitativa y cuantitativamente diferente a la mordida de la calle, que tantas veces sirve como un emblema trivializante del problema. La corrupción, diría López Obrador, estaba destruyendo la confianza cívica y corroyendo a las instituciones de la nación desde dentro. Había facilitado el camino para el empeoramiento de la desigualdad y la intensificación de la violencia. Un fenómeno conectado, en cierta medida peor, era el de la “impunidad”: la certeza casi absoluta de que aquellos con poder político, social, económico, o terrorista nunca pagarían sus cuentas. Bajo estas circunstancias, denunciar un crimen es con suerte entrar en un hostil laberinto burocrático, y en el peor de los casos convertirse en el blanco de aún más violencia estatal.

Ejército patrullando la ciudad de Puebla, 2017, Animal Político, Creative Commons.

El estado mexicano y la sociedad mexicana actual no pueden ser comprendidos sin contemplar la violencia estructural del país. Pero esto no significa aceptar todas las ideas heredadas sobre este problema. Al menos desde el lanzamiento en 2006 de una versión de la narcoguerra promovida por los EEUU, la sociedad mexicana se ha vuelto sinónimo con un tipo particularmente performático de violencia, que los medios globales — y gran parte de los medios locales — han atribuido fácilmente de manera sistemática a los carteles de droga. Más aún, por muchas razones, y con beneficio de muchos partícipes domésticos y extranjeros, esta creciente violencia ha sido empaquetada y etiquetada como una “guerra”, muchas veces de maneras altamente engañosas.[9]

Interrogar el marco analítico común de la violencia no significa minimizar su realidad, mayoritariamente sufrida por los habitantes más débiles, pobres y marginales. A través de toda la esfera pública mexicana estas víctimas están representadas tanto de formas abstractas como exageradamente concretas. Aparecen como estadísticas, compuestas por autoridades regionales y nacionales, que llevan la cuenta de la cantidad de asesinatos por año: 33341 investigaciones de homicidio abiertas en 2018, un 33 por ciento más que el año anterior. Tablas clasificatorias ranquean a los treinta y dos estados del país en términos de muertes y desapariciones: en 2018 Baja California lideró en asesinatos; Puebla en fosas comunes. De acuerdo con activistas y periodistas locales — aquellos más cercanos a la catástrofe — las cifras generalmente están bastante infravaloradas. Cada tanto, una nueva cifra o incidente fuerza su camino hasta la opinión pública, volviendo a conmocionar momentáneamente a una audiencia inevitablemente entumecida.[10] Junto con cifras de muertos abstractas, imágenes truculentas de los muertos son moneda corriente en la prensa popular.[11] Atrapantes y brutales grabaciones de emboscadas registradas en CCTV terminan en Youtube, registrando millones de vistas. De esta forma los muertos se vuelven hipervisibles. En otras oportunidades se vuelven invisibles, uniéndose a las decenas de miles de “desaparecidos”, buscados por su familia con escasa o ninguna ayuda del estado. Finalmente, en un lugar más allá de lo visible o lo invisible, están los rumores de representaciones aún peores, la suspirada ékphrasis de los videos de tortura y asesinatos, apoteosis de un género terrible.

Índices de asesinatos por estado federal, diciembre 2018, Mexico Crime Report, Publicado con el permiso del propietario de la imagen. Link: https://elcri.men/en/

Invocar esta violencia sin intentar explicarla es como mínimo un acto de complicidad. Una condición, imposible de ignorar, es el continuo colapso del monopolio de la violencia del estado mexicano. Este es sin duda el mayor desafío del nuevo gobierno, así como parte crucial del contexto de su victoria. No hace falta comprarse las historias hollywoodenses de sicarios ambiciosos y barones de cartel para reconocer la peligrosa fragmentación del panorama de la violencia organizada en México. Incluso una investigación breve revela algo de sus características caóticas y saturadas. Para comenzar están las fuerzas militares del estado — ejército, marina, fuerza aérea, marines, y hasta recientemente una guardia presidencial de 8000 soldados — junto con la policía federal, todos altamente armados, con algunas unidades creadas explícitamente como fuerzas paramilitares. Las cientos de fuerzas policiales estatales y regionales son frecuentemente notables por su complicidad y corrupción, cada una con relaciones específicas con formaciones militares locales. En adición están las infames organizaciones criminales autónomas del país, implacables y bien armadas.[12] Todo esto sin mencionar lo que se estiman son 500000 guardias de seguridad privada en el país, con apenas unos 300000 registrados oficialmente. Y en algunas áreas formaciones independientes, los llamados grupos de autodefensa comunitaria, han sido creados para proteger a las comunidades locales, pero acaban muchas veces acusados de vigilantismo o colusión con las fuerza a las que supuestamente se oponen.

Sería erróneo pintar a este estado de las cosas como una caída en la anarquía indiferente. Más bien, la proliferación fértil de grupos violentos organizados ha creado un panorama político confuso — confuso al menos para el ciudadano promedio — en el que las realidades del poder y la violencia se vuelven opacas, y de manera frecuente desconcertantes de forma deliberada. La oscuridad de esta realidad política y social está repleta de historias, mitos, y rumores de todo tipo, incluidos crónicas ficticias y semi-ficticias pero siempre sensacionalistas sobre los carteles y los criminales. Contra todo esto hay que poner a los esfuerzos continuos en pos de claridad, por parte de activistas y periodistas — cientos han sido torturados y asesinados como resultado de su trabajo.[13] Basado en estos datos, partiendo desde las regiones más afectadas, nuestro modo de análisis explica la violencia creciente como un rastro de la lógica de un capitalismo tardío brutal. En este modelo, grupos policiales paramilitares fuertemente armados y soldados criminales actúan en connivencia o en proximidad con corporaciones extractivas y nuevas formas de capital móvil (Paley 2014). De cualquier forma que se la interprete esta es una evolución profundamente peligrosa para cualquier sociedad. En lo que respecta al estado, el caleidoscopio de posibles colusiones vuelve a la confianza en las instituciones militares y del estado en algo poco inteligente y poco posible, incluso si no todas las unidades policiales y militares están corrompidas de la misma manera.

3. Fue el estado

La frase “Fue el estado” nació durante una ola de organización social en respuesta a una atrocidad particularmente compleja e impactante. El incidente conocido como “Ayotzinapa” involucró la desaparición y presunta muerte de cuarenta y tres estudiantes en una escuela para maestros rurales, el o alrededor del 26 de septiembre de 2014, cuando fueron atacados por grupos fuertemente armados en Iguala, estado de Guerrero.[14] Un número de estudiantes y transeúntes murió en la escena de la emboscada inicial, abatidos por disparos provenientes de muchas direcciones. Una de las primeras víctimas fue mutilada horriblemente. Los restantes cuarenta y tres estudiantes fueron secuestrados para nunca volver a ser vistos; presumiblemente fueron masacrados en algún lugar de los alrededores. Es posible que sus cuerpos hayan sido descartados en el algún lugar todavía desconocido, y aniquilados físicamente de alguna manera: descuartizados, incinerados, o disueltos en ácido.[15]

De cierta manera, el surgimiento exacto de la frase no es importante. Tal vez sea mejor considerarla como el resultado anónimo de un momento intenso de movilización social, que liberó — como contraproducto de inteligencia humana concentrada y compromiso emocional — imágenes vivas, frases memorables y estilos organizativos innovadores. Las palabras fueron notadas por primera vez de manera más amplia alrededor del 22 de octubre de 2014, cuatro semanas después de Ayotzinapa. En un día de acción nacional, con eventos de apoyo a nivel internacional, una marcha de protesta y memoria sería organizada en la Ciudad de México. La ruta seguida fue la tradicional, por el bulevar central, Reforma, un nombre que invoca el auge y la herencia del liberalismo mexicano del siglo XIX. La marcha finalizó por la noche en el Zócalo,[16] donde las familias de los muertos se dirigieron a la multitud, pidiendo por el regreso de los desaparecidos y la identificación de los asesinos, tanto de los individuos como de las organizaciones.

Esa noche, las palabras “Fue el estado” fueron escritas en enormes letras mayúsculas blancas, en el suelo en una esquina de la plaza. Una foto tomada desde un piso superior capturó la escena en panorámica: el antiguo palacio presidencial en el fondo, la plataforma iluminada con las familias de las víctimas, la muchedumbre que aún no alcanzaba a llenar el amplio espacio de la plaza, las palabras mismas, un graffiti gigante resaltado por un círculo de manifestantes que las rodeaban — un marco humano alrededor de un aforismo creado colectivamente. La fotografía, que yuxtapone tan bien una idea política con una escena política, se diseminó extendidamente en las redes sociales, ganando algo de un aura icónica en el proceso.[17]

Antimonumento a los desaparecidos de Ayotzinapa, Ciudad de México, 2015, Eduardo Ibáñez, Creative Commons

La fuerza de la frase residía en parte en la variedad de formas en que ha conmovido a sus destinatarios.[18] Como declaración tenía un efecto deíctico poderoso: una simple declaración que apuntaba directamente a un contexto de gran confusión y oscuridad (deliberada). Era también una acusación: los asesinatos, decía, no debían guardarse seguramente en un cajón con las etiquetas “crimen”, “drogas”, o “carteles”, como había sido la reacción inmediata del fiscal general y varios intelectuales conservadores. La implicación específica era que el crimen había sido una colaboración que involucraba no solo a políticos locales corruptos y traficantes, sino que también involucraba a la policía municipal, a unidades locales del ejército, y a los servicios de inteligencia. El Estado — como violencia organizada — había participado directamente en los asesinatos, o los había facilitado de manera discreta, o los había permitido de manera tácita. La acusación iba más allá: apuntaba al estado de manera general, como un sistema de ley y gobierno que, mientras posaba como la máxima instancia de justicia, en realidad era cómplice de la violencia, directa y estructural, frecuentemente dirigida contra los segmentos más pobres de la sociedad, y contra fuerzas sociales de resistencia, como fue el caso con los muertos de Ayotzinapa.

Fue el estado fue también una llamada intelectual: al cabo de apenas algunos días varios ensayos reflexivos cortos aparecerían, citando la frase, mostrando la imagen (ver por ejemplo Marino y Martínez 2014, Fernández 2014). Este nodo discursivo, que crecería en las semanas y meses siguientes, reflexionaba sobre el significado del “estado” en el contexto de una atrocidad. Como una llamada al pensamiento, Fue el estado, difiere por ejemplo de “Solo el estado merece tu odio”, el gran motto anarquista inglés. El primero apunta hacia eventos turbios y constelaciones políticas poco claras, presionando por una investigación más profunda y pensamiento; el segundo, aislado de cualquier especificidad, con su rima feliz (“Only the state deserves your hate”, en su versión original), es más general y menos urgente, más slogan que aforismo. Esto se reflejaría en las discusiones teóricas sobre el estado pos-Ayotzinapa. Un cuestionamiento ad hoc bien informado de la coyuntura política, llevado a cabo a través de los diarios, revistas online y posts de Facebook, preguntaría: ¿qué horrendos defectos estructurales del gobierno y la política permitieron, incluso impulsaron, esta masacre? Las definiciones sobre el estado aquí variarían entre el sentido estrecho de las estructuras gubernamentales, en un sentido más amplio y hegeliano del término, aludiendo a partes de los que debería quizás llamarse sociedad civil.

Pero en vez de explorar la teoría sería más productivo observar las prácticas del movimiento social en un sentido más amplio, como persistió y evolucionó en los años después de la atrocidad de Iguala. En términos políticos, el movimiento por justicia fue una alianza. Juntó a las comunidades de las víctimas — familias, vecinos, y activistas locales — con una variedad de otros agentes sociales: instituciones cuasi-oficiales de derechos humanos, científicos forenses, artistas, periodistas e intelectuales. A medida que continuó evolucionando produjo situaciones, imágenes y discursos de fuerza ética considerable, y también de ingenuidad política y cultural. Estas incluirían la estética cruda de los nombres y rostros de las víctimas, llevadas en carteles en eventos públicos relacionados con la masacre, así como el “anti-monumento” construido en Reforma, en abril de 2015, y conservado desde entonces. También incluiría, de manera menos material pero no por ello menos real, la esperanza y energía mantenida frente a la ofuscación y mentiras oficiales.[19]

Esta fuerza testimonial y moral sería inseparable de su otra función principal, como investigación con el objeto de reconstruir los eventos de la Noche de Iguala, con el fin de revelar la verdad de la relación de esta atrocidad con la realidad política y social de México. La falsedad y negligencia de las agencias del estado producirían — a partir de una necesidad desesperada — una ola apasionada de producción documental en la cultura mexicana. Esto supuso una movilización cívica colectiva a través de distintos medios, géneros y técnicas, incluyendo al periodismo regional, reportajes narrativos más extensos, los procedimientos formales de la sociedad civil e investigadores extranjeros, modalidades contemporáneas del documental televisivo y fílmico, archivos online e instrumentos de visualización (ver Cacho 2016, CIDH 2018, Crecko 2015, FA 2017, FA, EAAF y CDHAPJ 2019, García 2018, A. Hernández 2016, A. Hernández y Fisher 2015, Mandujano 2018, y Robles 2018).

De este modo, la campaña de Ayotzinapa produjo un moviendo impresionante de investigación empírica. Pero a pesar de echar luz sobre algunos de los eventos, determinación moral y habilidad técnica no serían suficientes para aclarar toda la situación. Como producción colectiva, sin embargo, tuvo otra función. Como una versión más compleja de la fuerza deíctica de Fue el estado, esta ola documental sirvió también para apuntar a una situación, para iluminarla, sin necesidad de explicarla en su totalidad. Las representaciones colectivas del 26 de septiembre de 2014 crearon algo como un rayo en de luz en la oscuridad de las relaciones reales de poder y violencia en existencia en el país. Revelaron con claridad, tal vez no tanto para una audiencia local como para una nacional, las turbias y brutales configuraciones de un rincón de la sociedad. Aquí, parecían decir, miren aquí, hacia esta particular complicidad entre el estado, el crimen, el dinero y la política, el apretado nudo de culpabilidad que conecta a Iguala con la policía municipal de Cocula, con el Batallón Número 27 de Infantería del Ejército, el cartel criminal de Guerreros Unidos, restos corruptos del otrora progresista PRD, y más. Entonces imaginen que esta colusión se extiende a lo alto y ancho de la nación, en todas sus variedades e intensidades. Fue el estado. Es el estado.

Este proceso de revelación deíctica — materializado en la frase Fue el estado y de forma más importante en el movimiento social que la produjo — podría llamarse imagen-ar dialéctico.[20] “Dialéctico” porque corresponde a una producción colectiva de conocimiento social preciso y emoción de resistencia utilizable. “Imagen-ar” como verbo por la connotación a técnicas y procesos modernos de reproducción de imágenes, y para resaltar que no se trata de un saber en particular, sino una imagen creada de forma social, en el contexto de la lucha histórica, de lo más general a lo más local. Este imagen-ar social es un esfuerzo práctico, con la intensión de tener un efecto. Y en el contexto de México en los años anteriores a las elecciones de 2018, uno de esos efectos sería el de formular una demanda de que el estado reconociera su complicidad y sus crímenes particulares. Si el estado no pudiese o no quisiese conseguir esto entonces el estado tendría que ser cambiado.

El caso de Ayotzinapa: Una cartografía de la violencia, Forensic Architecture, imagen reproducida con el permiso del propietario.

La masacre de Iguala de 2014 tiene conexión directa con otro infame crimen de estado. Los estudiantes había estado viajando a la Ciudad de México para participar en la conmemoración anual de la masacre de la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, en 1968. Allí, en una operación en la que finalmente se derrotó a un movimiento social de emancipación que había causado problemas al regimen por años, las fuerzas del estado acribillaron a un número desconocido de manifestantes, por lo menos cincuenta, si no cientos. (Muchos detalles básicos del evento, incluyendo la cuenta oficial de muertos, siguen siendo inciertos aún hoy en día). En los años desde Tlatelolco una cultura de conmemoración ha surgido, pero como con el incidente de Iguala en 2014, y cientos de incidentes iguales, la conmemoración es inseparable de un esfuerzo continuo para describir la verdad.[21] El año 2018 tuvo una importancia doble, debido al quincuagésimo aniversario de Tlatelolco y una campaña electoral de significado histórico. A lo largo de los años, el ascenso continuo de Morena — con su hincapié en la corrupción moral de las instituciones de la república, su enfoque en la impunidad y la violencia — corrió paralelo con un intenso reconocimiento cultural de 1968, sobre todo de su desenlace violento.

Eventos conmemorativos, 2 de octubre, 2018.

La conmemoración fue impactante por su penetración a través de diferentes medios, en numerosas formas culturales industrializadas. Amazon México aprovechó la ocasión estrenando lo que era su apenas segunda producción original, el muy publicitado Un extraño enemigo, una coproducción con Televisa, disponible en los sitios de Amazon a nivel mundial. La producción fue lejos de arriesgada, enfocándose en las intrigas del gobierno más que en el movimiento social, concentrándose en un trillado antihéroe, un policía atormentado enfrentado a las maquinaciones del estado profundo. Una película anterior más crítica, Tlatelolco: Verano del 68, que había sido sometida a censura indirecta por parte del gobierno años antes, fue estrenada nuevamente en Netflix, YouTube y televisión de aire. Radio Educación, el servicio público de radio para la cultura y la educación, creó una extensa programación sobre el tema, incluyendo un podcast documental en cinco partes, Por los senderos del 68.

Estas formas mediáticas electrónicas coexistieron con formas tradicionales de movilización política performáticas — marchas y mitines políticos — y formas más nóveles de asociación estética, más ligadas a las estéticas relacionales y a la actuación participativa, si no terapéutica. Las universidades tuvieron un papel importante en la mediación de estos eventos, con gran parte de la conmemoración participativa enfocada en el Museo de Tlatelolco, fundado por la UNAM en 2007. Allí, el día antes del aniversario, la compañía local Danza UNAM organizó una serie de representaciones pensadas específicamente para el lugar, para estudiantes y residentes locales, que incluyeron momentos como un anticuado die-in. Este happening fue uno de más de un centenar de eventos educativos y conmemorativos — una serie que la UNAM titularía como “M68”. Actividades similares fueron organizadas en los campuses de la UAM, el sistema de universidad pública de la Ciudad de México, con artistas del cuerpo estudiantil “habitando” figuras identificadas con los eventos de 1968. La Feria Internacional del Libro en el Zócalo, celebrada anualmente, tuvo una serie de eventos temáticos llamada “Foro Movimiento de 1968”, con hasta seis discusiones diarias acerca del significado de 1968.

La mayoría de los periódicos y revistas produjo algún tipo de número especial. Imágenes del movimiento estaban más omnipresentes que nunca; a veces, su representación pareció una batalla activa contra la re-auratización. Por cuarta vez en treinta años la influyente revista Proceso produjo un número especial: las fotografías de Manuel Gutierrez Paredes, reproducidas en un diseño de página retro. La “galería abierta” de las Rejas de Chapultepec lució algo similar, con la exhibición de las dramáticas fotos blanco y negro de Héctor García, en enormes ampliaciones tamaño póster, en las rejas externas del parque. Individualmente hubo muy poco que objetar en cualquiera de estos reconocimientos culturales. La exagerada omnipresencia, por otro lado, sí formuló preguntas inevitable sobre si se había sobrepasado un límite, volviendo una conmemoración en una monumentalización difusa. (Nada más invisible que un monumento, escribió Roberto Musil). Una escena clave en Roma mostró una masacre histórica menos conocida: El Halconazo de 1971, cuando una unidad del ejército entrenada por los EEUU asesinó a más de 100 manifestantes en la Ciudad de México (Cuarón 2018). Subida al final de una ola de híper-memorialización, esta elección — más allá de su justificación narrativa específica — se sintió como innovación cultural, casi como diferenciación de productos.

Como fenómeno histórico, el 2 de octubre de 1968 ha sido incorporado dentro de varias narrativas nacionales opuestas. En una, los muertos de Tlatelolco son leídos como precursores — y de forma más compleja como mártires — de un proceso histórico de democratización, como desligitimadores incipientes del autoritarismo. El linaje continúa su trazado a través de la movilización civil después del terremoto de 1985 en Ciudad de México, la reforma electoral de los 90, la llegada del sistema significativamente multipartidista, y el desplazamiento del paternalismo autoritario por una forma de democracia agonística genuina. Pero esta no es la única versión. Otros vieron la matanza de 1968 como el eterno retorno del estado perpetrador, repetido en una secuencia que abarca la Guerra Sucia de los 70, asesinatos políticos, y en última medida las campañas militarizadas de guerra contra la droga, lanzadas por los gobiernos mexicanos y estadounidenses en 2006.

Durante más de cinco décadas, la posición del estado mexicano en relación a 1968 cambió, gradual pero radicalmente. Inmediatamente después de los eventos, se taparon los asesinatos, en parte por el ruido del espectáculo — sobre todo los Juegos Olímpicos — y en parte por la difamación constante de las víctimas como si se hubiese tratado de “terroristas” o “conspiradores comunistas”. Eventualmente esto dio paso a una lenta e incompleta incorporación del evento dentro de las instituciones del estado, en rituales y en la producción epistémica (sobre todo en textos escolares). Este proceso se aceleró con la derrota del PRI a nivel federal en 2000, con el gobierno autónomo y elegido directamente de la Ciudad de México jugando un papel importante desde fines de los 90. En un momento significativo, Luis Echeverría — ministro del interior en 1968, luego presidente — fue procesado por genocidio, marcando un momento importante en la toma de cuentas del estado con su violencia histórica, más allá del posterior sobreseimiento del acusado. Durando de 2006 a 2009, el juicio coincidió con la militarización acelerada de los asuntos internos del país.

El quincuagésimo aniversario de 1968 trajo consigo numerosos y ostentosos gestos políticos, algunos de ellos de importancia. En septiembre, en un momento culminante de reconocimiento, la recientemente electa Cámara de Diputados votó en favor de agregar al “Movimiento Estudiantil de 1968” a su Muro de Honor, en lo que sería una extraña extensión de la lista oficial a fines del siglo veinte. Este monumento parlamentario une eclécticamente a antiguos enemigos — un catálogo de significantes nacionales aprobados que principalmente consigue actuar como una anodina supresión de diferenciación histórica. Pero el hecho de que se rindiera tributo al movimiento, no a su asesinato en masa terminal, fue un pequeño punto a favor del gesto. En septiembre, el jefe de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) — la agencia estatal que apoya a las víctimas de abusos de los derechos humanos — atrajo titulares con su pronunciamiento de que Tlatelolco fue un “crimen de estado”. Aunque el pronunciamiento no tuvo peso legal, esta declaración explícita, incluso desde los márgenes del archipiélago de las instituciones que conforman el estado, no fue un gesto vacío. En diciembre, en su primer día como alcalde de Ciudad de México bajo Morena, Claudia Sheinbaum anunció la abolición de los cuerpos de policía táctica de la ciudad, los “granaderos”. La movida fue enfáticamente simbólica: precisamente esta abolición había sido una de las demandas más importantes del movimiento de 1968.

En el día del aniversario, López Obrador, hablando en la ceremonia principal en homenaje a Tlatelolco, le aseguró al público que no habría una repetición de la violencia del estado. Su ampliamente reportada elección exacta de palabras fue: “Nunca, jamás daré la orden … para reprimir al pueblo de México”. La frase pareció curiosamente sobredeterminada. Aunque difícilmente pensada de este modo, podría ser leída como un calculado reconocimiento de que la violencia del estado contiene dinámicas y estructuras que van más allá del deseo de cualquier presidente. Un cínico también podría observar que en estas situaciones las órdenes directas desde arriba son comparativamente raras.

Pero el nuevo regimen sí mostró algo de seriedad al enfrentar este crimen de estado. Luego de años de mentiras y evasiones descaradas — una modalidad encabezada por el ministerio federal del interior y la oficina del fiscal general — AMLO, pronto después de asumir la presidencia, confirmó la creación de una comisión de la verdad para determinar los acontecimientos de la Noche de Iguala.[22] A fines de septiembre el presidente electo se reunió públicamente con las familias de los cuarenta y tres desaparecidos. El futuro gobierno creó también un departamento de carácter ministerial, la Secretaría de Seguridad y Protección Civil, la que organizó “Foros Escucha”: encuentros formales entre representativos del gobierno y familias de muertos y desaparecidos. López Obrador asistió a la primera de éstas, llevada a cabo en Juárez, una ciudad indeleblemente asociada con la violencia e impunidad de las últimas dos décadas. Un total de dieciséis audiencias se llevaron a cabo en todo el país.[23] Pero la iniciativa acabó de manera prematura a principios de octubre, bajo excusa de que las conclusiones tenían que ser sintetizadas en iniciativas políticas puntuales. Algunos vieron la movida como algo sospechoso, particularmente cuando, durante las semanas siguientes, el gobierno pareció cambiar de posición en relación a la seguridad del estado, incluyendo el anuncio de la creación de una nueva Guardia Nacional bajo control militar, y luego de comentarios de López Obrador donde parecía minimizar el rol del ejército en atrocidades pasadas.

4. Dos teatros

El día de la inauguración presidencial fue realmente un día, con eventos programados desde temprano por la mañana — cuando López Obrador salió de su casa acompañado por una escolta de voluntarios civiles en moto — hasta tarde por la noche. Si la consideramos como un teatro político, la inauguración combinó varios temas y tonos. Durante toda la ocasión hubo la sensación de un encuentro renovado y auténtico entre el pueblo y el estado, simbolizado y materializado por la apertura de espacios previamente cerrados, ceremonias e instituciones. La programación de los eventos fue adecuada, para nada abarrotada. Ningún problema técnico tuvo lugar durante el día. Los eventos dieron la impresión de ser una ambiciosa obra de coreografía política, un evento bien integrado, inteligentemente abierto a la participación popular, bien ejecutado con un presupuesto modesto, de acuerdo a los estándares internacionales. Visto de este modo podría compararse técnicamente — aunque claro, las diferencias son muchas — con algo como la ceremonia de apertura de las Olimpíadas de Pekín o Londres.

Cadetes de la fuerza aérea acompañan al nuevo presidente al Zócalo, 1 de diciembre, 2018, Brían Hanrahan.

Visto a nivel nacional, la inauguración presidencial de López Obrador fue innovadora y muy significativa, al quebrar radicalmente con versiones anteriores del mismo evento. Estas habían sido, claro, eventos constitucionales performáticos, y en ese sentido públicos. Pero habían transcurrido puertas adentro, en el parlamento, con el foco concentrado en la ceremonia de jura — en 2006, la inauguración de Felipe Calderón duró apenas cuatro minutos, lo que resaltó la impresión de que se trataba de los menesteres de una casta política cerrada. Y para inauguraciones presidenciales más recientes un estado de cólera colectiva había vuelto peligrosos los eventos al aire libre. El 1 de diciembre difirió de estos antecedentes no solo en participación pública sino en un uso novedoso de la escenografía urbana. Los eventos se concentraron principalmente en el centro histórico de la Ciudad de México pero también incluyeron un gesto atípico importante: Los Pinos en el Parque de Chapultepec, el palacio presidencial desde 1934, fue abierto al público. Literalmente de un día al otro el palacio fue reconvertido de residencia presidencial a espacio genuinamente público. Se estima que en el día de la inauguración fue visitado por 30,000 personas. Durante las semanas siguientes el edificio albergaría varias proyecciones de Roma de Alejandro Cuarón, incluyendo una sesión al aire libre, en lo que antes había sido el helipuerto presidencial.

Además de la ceremonia de jura el día se centró en dos discursos presidenciales, uno ante el parlamento por la mañana y el otro en el Zócalo, donde asistieron alrededor de 160.000 personas. Ambos estuvieron conectados por una procesión relativamente informal desde el parlamento hasta el Zócalo. Hubo vehículos militares pero estos llevaban cadetes; las calles estaban llenas de gente pero los famosos tianguis de la zona permanecieron abiertos, y el público que había asistido a la inauguración se mezcló con la masa de gente haciendo sus compras del sábado. Los discursos de AMLO fueron en realidad dos mitades de uno. La mitad parlamentaria presentó una reseña histórica, enfatizando el fracaso de décadas del sistema económico mexicano para brindar cualquier tipo de prosperidad popular. Entre otras cosas hubo una tesis histórico-económica que probar: el neoliberalismo era un “desastre” y había fracasado en México, causando un crecimiento débil desde 1982. Un argumento relacionado enmarcaría esto en términos de cultura política: en México neoliberalismo significaba privatización, un vector peligroso de la corrupción, la corrosión de la moral civil, y el socavamiento de las instituciones.

Toma de protesta de López Obrador como presidente, primero de diciembre, 2018, Presidencia de la República, Creative Commons.

El discurso del Zócalo fue más detallado y dirigido hacia el futuro, con su larga lista de puntos yendo desde declaraciones de principios a detalles más puntuales sobre las políticas. Muchos fueron presentados como promesas explícitas. Este es uno de los dispositivos retóricos favoritos de AMLO: si durante la campaña había tenido cincuenta puntos para discutir ahora tenía cien. Para comenzar prometió “atención especial para los pueblos indígenas de México”, una propuesta que resaltó gracias a la presencia visible de elementos indígenas durante la tarde, incluyendo la ceremonia ritual de limpieza del nuevo presidente y su esposa. Para el final de su discurso López Obrador invocó un gran proyecto nacional de educación e ilustración, el cultivo del “bienestar del alma” para acompañar a la prosperidad material. El discurso terminó cerca del atardecer, en un uso inteligente del lugar, ya que una de las características sobresalientes del Zócalo, como mise en scène y sitio de memoria, es la radical diferencia entre su atmósfera de día y de noche. El aire estuvo inusualmente despejado y desde cientos de metros por encima Santiago Arau, el fotógrafo de drone más famoso del país, capturó imágenes de la escena. En sus imágenes y GIFs, se puede ver el Zócalo desde un ángulo superior, con el fondo de una amplia parte de la enorme ciudad iluminada por el sol, con sus emblemáticos volcanes visibles en un día sin smog. Son fotos hermosas, con una semiótica legible de unidad nacional y renovación, que serían compartidas miles de veces en las redes sociales (Arau 2018a y 2018b).

AMLO como político no es ajeno al yerro en sus intervenciones públicas, desde el fracaso de su rechazo constitucional en 2006, a sus debates televisivos tortuosamente débiles en 2018. Pero el día de inauguración fue considerado un éxito de manera generalizada. Incluso antiguos escépticos, por ejemplo en la prensa de negocios, reconocieron que su inauguración había sido un evento realmente impresionante, a escala nacional y posiblemente internacional. La inauguración, independientemente de su contenido político, también puso a la vista lo dudosas de ciertas declaraciones rituales de que AMLO sería un líder “carismático” cuando no “mesiánico”. Puede que los escenarios de sus apariciones a veces rocen lo magnánimo — con estadios y plazas públicas — pero lo que tiene de carisma personal se siente limitado y medido, más como un maestro que como un sacerdote. Se dice que puede ser encantador en privado, pero carismático no es una palabra que se use para definirlo. Comparándolo con políticos contemporáneos, su retórica se parece más a la de Angela Merkel, con su domino del detalle y presentación serena de puntos. En su acto inaugural AMLO ofreció su propia comparación compleja con otras posiciones políticas, armado con un vocabulario totalmente mexicano: “Por último, así como soy juarista y cardenista, también soy maderista” (López Obrador 2018b).[24] ¿Una combinación de liberalismo republicano con rostro indígena, control estatal de la producción nacional, y un constitucionalismo fatalista y vacilante? Para la izquierda anti-estatal hubo un pequeño y condescendiente premio consuelo: el nombre de Emiliano Zapata, como fue anunciado en el Zócalo, aparecería en la papelería del gobierno durante todo 2019, el centenario de su asesinato.[25]

Los eventos del 1 de diciembre no pueden entenderse apropiadamente si no se mira atrás, por tan solo un día, hacia otra ceremonia nacional de la república mexicana. Esto no sucedió en la capital de Moctezuma II, Porfirio Díaz y López Obrador sino en una sala mediana en el Centro de Convenciones Costa Salguero, un complejo en el distrito de Recoleta, Buenos Aires. Aquí, en un evento secundario del G20 organizado a las apuradas, los líderes de EEUU, Canadá y México firmaron el acuerdo sucesor del NAFTA, firmado originalmente en 1994. Los detalles de la ocasión fueron reveladores y cómicos a la vez. El presidente estadounidense fue sin lugar a dudas el maestro de ceremonias, agradeciendo a los invitados, particularmente a los demás dirigentes, por asistir con tan poco aviso. Trudeau se mantuvo taciturno, apenas amable, durante todo el evento, algo que no sorprendió debido a la paliza diplomática que sufrió Canadá durante las negociaciones. Peña Nieto apareció como una figura patética y reducida. Si bien su presentación ante los medios siempre había sido acartonada, su voz un molesto monocorde autoritario, por otro lado siempre había emanado un aura de elegancia, con su banda limpia y pelo bien peinado. Aquí tenía un aspecto desaliñado, casi enfermo.

El presidente Trump participa en la ceremonia de firma del T-MEC, US State Department, Creative Commons.

El discurso de Trump no hizo el menor esfuerzo por esconder la supremacía de EEUU en el continente. Sentía claramente, y con cierta exactitud, que las negociaciones del NAFTA, más allá de sus idas y venidas, habían reafirmado la hegemonía natural de su nación. Previos mandatarios estadounidenses habrían sido más cuidadosos con los sentimientos de aliados — subordinados — de países vecinos pero este claramente no es el estilo de Trump. El podio de tres puestos — oro, plata, y bronce, con Trump victorioso en el medio — intensificó la impresión. El diálogo sin guion fue extremadamente alegórico. En un punto el presidente de EEUU se inclinó hacia adelante, miró a Peña Nieto, agradeció, miró alrededor de la sala, observando que era ¡El último día de Enrique como presidente, todos! <mira a Trudeau> ¡Justin, es su último día! <Trudeau se echa a aplaudir, Trump vuelve a mirar hacia Peña Nieto?> … ¡Y firmando un acuerdo tan importante como este! ¿En tu último día, eh, Enrique? Peña Nieto mantuvo su rictus perfecto, pero fue un momento terriblemente incómodo, para los espectadores, como seguro para el pronto ex-presidente de México.

Trump había sobreactuado su desagrado con el NAFTA durante casi dos años, amenazando con imponer nuevas tasas (35% en exportaciones de México), imponiendo efectivamente nuevas tasas para el aluminio y el acero, y gimoteando en general sobre la injusticia del tratado de 1994. Al final, apenas algunos cambios mínimos fueron introducidos en el tratado — leyes de propiedad intelectual más rigurosas, alteraciones en las definiciones de “origen nacional” para la manufactura de autos, más acceso al mercado para los productores agropecuarios de EEUU — casi todas las cuales benefician a EEUU. A todos los efectos y propósitos Trump firmó algo muy cercano al pacto continental que tanto había denigrado. Por supuesto, luego de años de decir que el NAFTA era intolerable, el presidente insistiría, en casi toda oración, que este acuerdo era “último modelo” o “último modelo y mejor”. De ahí la necesidad de un nuevo nombre: el T-MEC (Tratado de México, Estados Unidos y Canadá, en español), o USMCA (USA Mexico and Canada Agreement) en inglés. En octubre, Chuck Grassley, un veterano senador republicano, reconocería abiertamente lo falso de la “novedad”, declarando ante la prensa que el “95 por ciento de lo que estaremos votando es igual al NAFTA”. Por sus partes, Trudeau y Peña Nieto celebraron el acuerdo, respectivamente, como “modernizado” y “renovado”.

En teoría el T-MEC es simplemente un acuerdo comercial, aunque la desaparición de “libre comercio” del nombre debería al menos invitar al pensamiento. En práctica el tratado es la pieza central de una discreta alianza norteamericana más amplia, identificable incluso si no es explícita. La falta de bases oficiales de EEUU en los territorios de sus dos aliados vecinos es un signo de la cercanía de las relaciones de los tres estados, no de lo contrario. De cualquier modo, como con todo tratado comercial, en el T-MEC lo estrictamente “económico” se mezcla con cuestiones políticas y geopolíticas.[26] Y es cierto, durante 2017 y 2018 el establishment militar y de defensa estadounidense había estado extremadamente ansioso de que Trump se apurara y cerrara el acuerdo principal, independientemente de toda su pantomima peligrosa con muros y caravanas.[27]

El fantasma del festín del T-MEC sería López Obrador. Obviamente no podía estar en dos lugares a la misma vez. Pero está claro que Peña Nieto no podría haber finalizado y firmado el acuerdo sin el visto bueno de AMLO.[28] Esta fue una movida transparente y abiertamente política del nuevo presidente. Después de las elecciones se había asegurado de apaciguar las aguas con Trump con un intercambio cálido de cartas. Trump, siempre fácil de halagar, se sintió halagado. Muy pronto México y los EEUU concertarían un nuevo acuerdo bilateral, que sería abierto a Canadá en las semanas posteriores (ergo la irritación de Trudeau en Buenos Aires).[29] Durante la negociación México intentaría fomentar otros acuerdos, por ejemplo uno mejorado del firmado con la Unión Europea en marzo de 2018. Medidas menores de diversificación fueron publicitadas a diestra y siniestra, como si representaran una creciente independencia comercial. Pero a pesar de todos los esfuerzos por diversificar las relaciones económicas del país, poco se lograría cambiar en su situación básica. En 2014 80.3 por ciento de las exportaciones mexicanas fueron a parar a EEUU. En 2017 la cifra fue de 79.9 por ciento. Para ser breves, aunque el tratado permita cierta flexibilidad diplomática — por ejemplo la tolerancia de la Doctrina Estrada[30] — México permanece rígidamente atado a los EEUU, en un sentido económico, político, y militar. Puede haber sido con esperanzas de algún día mejorar la autonomía de México, y tal vez alcanzar la autarquía. Pero a mediados de 2018 AMLO ya había aceptado esta relación continental como el costo de asumir la presidencia.

5. Innovaciones en el ascetismo político

Con la intención de juntar e inspirar una coalición política amplia, el esbozo de Morena para la transformación republicana incluyó muchos conceptos superpuestos, con temas centrales reverberando en connotación mutua. Junto a llamados a la “Cuarta Transformación” vinieron referencias a la “República Amorosa”. El concepto fue creado antes de la elección de 2012, cuando Morena era apenas un movimiento y no un partido. En el período antes de las elecciones de 2018, los libros best-seller de AMLO ilustrarían el concepto con eclécticos epígrafes religiosos, resaltando la rectitud individual y el amor bondadoso como única base para una reforma política sostenible.[31] Para muchos comentaristas políticos severos pero cohibidos, como también posiblemente para un gran sector del electorado, todo esto resultaba un poco vergonzoso. Esperaban quizás que una vez en el gobierno AMLO abandonaría el papel de tonto sagrado. Pero en términos pragmáticos, la elección de palabras era todo menos estúpida: “amor” es un concepto popular, algo que los líderes religiosos comprenden tan bien como los compositores de canciones y los fabricantes de tarjetas de felicitación. Por lo que alguna versión de este concepto no era una mala adición a un vocabulario electoral, particularmente en un país profundamente religioso.

Más aún, tomar el concepto en serio implica admitir la posibilidad de que el amor, a partir de su asociación con la moral y el bien común, no es propiedad única de la religión sino la base de la política misma, a la manera propuesta por una gama heterogénea de tradiciones de la teoría política que incluyen a Platón, Spinoza, Marx y Ernst Block, entre otros. En un contexto mexicano se podría nombrar al pensamiento político de Alfonso Reyes, y por supuesto los movimientos de los 60, ahora inscriptos en letras mayúsculas en el muro del parlamento mexicano.[32] Reflexionando sobre el concepto de la “república amorosa”, el teórico Enrique Dussel señala que la experiencia mexicana histórica de lo político ha sido inmensamente la de una farsa cínica y egoísta, con la política reducida a “acciones burocráticas fetichizadas por puro amor a sí mismo o a su clan que promueve la actual corrupción de lo público, de lo común” (Dussel 2012). En este contexto, insistir en el amor como categoría política no solo recupera una metáfora, sino que sirve para asentar ideas específicas, incluyendo la amnistía, la austeridad, y la corrupción del estado.[33]

De este modo el concepto de “austeridad republicana”, un término político más inmediato, acompañó a “amor” en el vocabulario de López Obrador. Como concepto político mexicano, austeridad no tiene las connotaciones que tiene en otros lugares. En la eurozona la palabra se ha vuelto un eufemismo para recortes “sado-monetarios” al gasto del estado, impuestos por la Unión Europea. En el Reino Unido, el concepto se refiere tanto al achicamiento fiscal como a la nostalgia por el estoicismo de la guerra, usados como condimentos ideológicos de la política económica. En su discurso inaugural frente al parlamento, el nuevo presidente aludió directamente a su vocabulario político europeo, para distinguirlo bien de su uso mexicano. En el contexto mexicano “austeridad” mira hacia la política del siglo XIX, sobretodo hacia Benito Juárez, cuya “austeridad republicana” sirviera de contrapunto al estilo ostentoso de la aristocracia conservadora. La re-adopción de Morena de este concepto no solo condena el exceso, la venalidad, la corrupción, el uso descuidado y egoísta de los recursos públicos, sino que también impugna a esos comportamientos como fundamentalmente anti-patrióticos.

El primer ministro español, Pedro Sánchez, sube al VW Jetta de AMLO, enero 2019, Presidencia de la República, Creative Commons.

En términos prácticos la campaña por austeridad tuvo dos sentidos. Primero, una campaña ostentosa de frugalidad pública, comenzando con los individuos más poderosos y mejor remunerados. (“Limpiamos de arriba hacia abajo, como barriendo las escaleras,” fue un dicho favorito de la campaña). Rápidamente, el gobierno abolió las fastuosas pensiones de por vida de ex-presidentes de todos modos ya ricos — estas pensiones habían sido instituidas en 1987, en un país donde no hay sistema universal de pensiones. El nuevo parlamento también pasó una ley para que el salario del presidente fuese el límite superior para los salarios de funcionarios públicos, incluyendo a los empleados de ONGs y compañías del estado. AMLO decidió un recorte voluntario del 40 por ciento de su salario, pero muchos en el escalafón más alto de las empresas del estado perdieron aún más. (La Corte Suprema intervino suspendiendo la ley temporalmente para proteger sus propios sueldos). La campaña de frugalidad gubernamental mutó en una campaña mucho mayor contra la corrupción pública, lo que según el gobierno serviría para recaudar el dinero necesario para financiar los planes sociales planeados por la administración. Esto tenía sentido, ya que mientras es cierto que Morena tenía planes de auditar y redistribuir el gasto público, enfocando las inversiones y transfiriendo hacia los más pobres, no tenía planes para redistribuir a través del fisco, ni menos aún a través de alguna forma de deflación basada en un índice de deficit. La riqueza acumulada permanecería casi sin tocar. El estado tendría que apretar su cinturón y hacer sus deberes; los ricos, en su mayoría, no.

En relación a la austeridad AMLO lideró desde el frente, como ya lo había hecho como jefe de gobierno de la Ciudad de México entre 2000 y 2005. Su frugalidad personal es un elemento crucial en su persona política; como garantía de su honradez, su rol en su éxito político no debería subestimarse. Unos de los primeros blancos del nuevo regimen fue el avión presidencial, un Boeing 787 comprado dos años antes por 218 millones de dólares: opositores a la venta dijeron que con ella se perderían “hasta 137 millones de dólares”. Después de ser exhibido brevemente al público para resaltar la decadencia del ancien régime, el avión fue llevado al sur de California para su venta inmediata. Sesenta otros aviones y setenta helicópteros de la flota del gobierno pronto lo acompañarían.

La imagen de un presente subiendo a un avión comercial provoca sin lugar a dudas un cosquilleo igualitario: él comparte los espacios públicos con los ciudadanos, prácticamente sin estar segregado, relativamente solo. La situación tiene también un potencial cómico — algo que se puso en evidencia en abril de 2018, cuando circuló un video viral mostrando al ex presidente Vicente Fox retorciéndose cuando una pasajera lo arengaba acerca de su pensión. Al tomar vuelos comerciales luego de la elección e inauguración, AMLO regularmente se pondría en contacto con filas enteras de hombres y mujeres deseosos de saludarlo o sacarse un selfie con él. Pero otro de los sacrificios de trasporte de López Obrador fue incluso un gesto más poderoso. Renunciando a la limusina y convoy de automóviles, AMLO optaría por conservar su Volkswagen Jetta modelo 2013, ni blindado ni con vidrios polarizados, en el que sería conducido varios kilómetros al trabaja cada mañana, desde su residencia privada. Para entender la magnitud del gesto es necesario entender la centralidad del tráfico en la vida urbana de México, y conocer las horas que pierden millones en viajes contaminados y atascos.[34] Si bien un auto y un conductor no es un privilegio que puedan ostentar aquellos que viajan en peseros y trolebuses apretados, que un presidente entre voluntariamente en los nudos agresivos del tráfico en avenidas de catorce carriles es un acto personal de solidaridad muy convincente. López Obrador comienza su día laboral a las 6 de la mañana. En cierto modo este es otro ejemplo de su ascetismo político. Pero considerando las circunstancias, también es la única forma de ganarle al tráfico.[35]

El tercer gesto de sacrificio del presidente — el más serio — fue la reducción radical de su seguridad privada. Como alcalde de la Ciudad de México López Obrador había sido custodiado por un equipo de civiles armadas — todas mujeres — llamadas gacelas. Pero como candidato a presidente su seguridad fue casi inexistente y justificada por su notoria declaración: “La gente me va a proteger; quien lucha por la justicia no tiene nada que temer”. Las avalanchas de multitudes entusiastas finalmente instigaron la creación de un grupo de veinte ayudantías desarmados, quienes siguen siendo los principales responsables de la seguridad del presidente. Todos estos gestos también implicaron un rechazo al tipo de trabajo de inteligencia que ordinariamente se espera prediga y frustre planes contra la persona del presidente. Su rechazo a un trato especial en relación a su seguridad es considerado por muchos, incluso en su partido, como una imprudencia desmesurada.

El presidente López Obrador en Tlaxcala, 31 de enero, 2019, Isaac Vásquez, Creative Commons.

Con el fin de la era revolucionaria, el asesinato político descendió marcadamente en México. A pesar de esto es cierto que hubo excepciones, como el asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio en 1994. Pero la guerra contra las drogas también cambió esto. Durante las elecciones de 2018 no menos de cuarenta y ocho candidatos — casi en su totalidad locales y regionales — fueron asesinados, junto con ochenta y cuatro empleados de partidos políticos. Cada uno de estos asesinatos tiene su salvaje lógica local, pero no hay razón para suponer que esta violencia política no podría, en algún momento, extenderse a la capital y hacia arriba, hasta alcanzar las jerarquías más altas del gobierno. Desprenderse de la seguridad, considerando esta situación, no es un gesto vacío. No hay ninguna hipérbole en ver a AMLO y sus asociados poniéndose de rehenes públicos en pos de la pacificación de México, en una inversión o transfiguración de la estrategia de “high target value” del estado.[36] Sería obsceno especular sobre las probabilidades de que el presidente sobreviva su período presidencial de seis años. Pero es difícil no hacerlo.

Este gesto radical es el ejemplo más concentrado de lo que podría llamarse la innovación de López Obrador en lo que respecta al ascetismo político. Para intentar otra comparación internacional, el estilo político de AMLO — y ahora su estilo de gobierno — se asemejan en cierto modo al de Mahatma Gandhi. La comparación es apta en términos politicos y técnicos, no en término hagiográficos; tampoco debería esta comparación ser tomada como una exageración de la importancia histórica del líder mexicano. Pero sí hay similitudes claras: ambos políticos llevan a cabo su política performática de la imagen a escala nacional, exaltando su compromiso físico y personal y conectándolo con la fibra moral y económica de la nación.[37] Ambos lo han hecho, en ocasión, con perspicacia y elegancia teatral. También en ambos casos, la auto-performance señala un compromiso, una “verdad” que usa (en el espíritu del Método del Actors Studio) el cuerpo mortal del actor como garantía del mundo transformado que este proyecta. Con más intensidad que con otros líderes, este estilo político corre peligro de caer en el ridículo, de ser derrotado, y de fracasar. Esta vulnerabilidad performática — vulnerabilidad que AMLO seguramente sintió al final de sus protestas contra la elección de 2006 — parece apuntar a algo realmente genuino y pacifista, o al menos profundamente civil, tanto de López Obrador como del movimiento Morena.[38]

6. Civilianización

En última instancia, ni Vergangenheitsbewältigung (hacerse cargo de los crímenes del estado) ni una política de ascetismo serían suficientes para enfrentar el problema de la violencia, la corrupción de las instituciones públicas, ni la la proliferación de grupos armados en el país. La “República Amorosa” — dicho sin ninguna ironía — también tendría que comandar y controlar los recursos del estado como estado. Dicho de otro modo, el nuevo gobierno, para poder trasformar al estado y reparar la nación, debería crear planes de acción y estrategias de reforma institucional, pero sin caer en las ya fracasadas políticas de la escala de violencia, el desastroso “ojo por ojo”. Durante la campaña electoral, la respuesta de Morena a la pregunta sobre la seguridad fue insistir en la necesidad de reformular el problema, mirando con más profundidad dentro de las raíces de la crisis. Los slogans de López Obrador (abrazos no balazos) y su idea de una amnistía fueron frecuentemente ridiculizados como banales, utópicos, o precipitados, pero al menos intentaron traer a la superficie cuestiones socio-económicas, o incluso socio-psicológicas, detrás de los problemas de la sociedad mexicana.[39]

Ejército mexicano uniformado con equipamiento táctico, D. Myles Cullen, Creative Commons.

Inmediatamente después de la elección, el futuro gobierno dio señales claras de que su política se centraría en la desmilitarización, cambiando así el foco estratégico dominante durante por lo menos doce años — en otras palabras, la política se centraría en quitar tropas de las calles. Pero cuando el Plan Nacional de Paz y Seguridad, de seis años, fue presentado el 14 de noviembre de 2018, el nuevo regimen pareció cambiar radicalmente de dirección, por alguna razón — que algunos especularon serían las fuerzas militares de EEUU. El plan contenía ideas para combatir la corrupción, el mejoramiento moral, incluso sobre la legalización de las drogas, pero su pieza central, su corazón como documento ejecutivo, sería la propuesta de crear una Guardia Nacional.

La nueva organización sería un híbrido militar-policial, inicialmente de 80000 tropas, un número al que se llegaría incluyendo a la Policía Federal e incorporando a decenas de miles de soldados y marines. (El antiguo Estado Mayor Presidencial, ahora sin función alguna, también sería absorbido). La Guardia Nacional tendría un líder civil, y cierto nivel de administración civil, pero su control operacional permanecería bajo oficiales militares. Guardias Nacionales — en efecto soldados y policía paramilitar en nuevos uniformes — patrullarían las calles en algunas zonas y realizarían arrestos, aunque fue enfatizado que operarían bajo la ley civil, no la militar. Finalmente, durante los siguientes tres a seis años, según el plan, la institución reclutaría a 50000 miembros nuevos, de a poco alejando a la institución de sus orígenes militares, dándole una identidad propia.

Para muchos el nuevo plan representó un traspié desastroso. ONGs por los derechos humanos, incluyendo a Amnesty International y Human Rights Watch, expresaron alarma por lo que consideraron era una militarización sin cambios. En la izquierda hubo una lúgubre satisfacción del tipo “te lo dije”: Morena había revelado sus verdaderos colores, ofreciendo la misma la guerra contra las drogas en empaque nuevo. De hecho, iba su argumento, esto era peor: mientras que administraciones anteriores le habían dado a las fuerzas armadas un role operacional y estratégico, López Obrador les estaba dando una función cuasi-constitucional junto a una institución fundamentalmente manchada, culpable de atrocidades, cómplice de criminales, aliada de caudillos norteamericanos en la guerra contra las drogas. Otros, incluyendo a aquellos en el centro y la derecha del espectro, enfocaron su crítica en la reforma institucional, o más bien en su fracaso. Consideraban a la Policía Federal, aunque deforme por su paramilitarismo, como una institución civil, y un posible núcleo de cambio. Ahora estaría imprudentemente subordinada a un mando y cultura militares. Y aún otra crítica señalaría, exasperadamente, que el plan de AMLO simplemente repetía lo que todo presidente reciente había hecho: malgastar en una nueva fuerza federal, desperdiciando tiempo, dinero, y energía, cada vez chapuceando la posibilidad de una verdadera reforma institucional.

Hubo una curiosa abstracción en la propuesta de la Guardia Nacional y en el debate que generó. Por momentos se sintió menos como una propuesta para reconstituir unidades y fuerzas que como un intento colectivo por crear una hipótesis organizativa. Lo vago de la propuesta permitió análisis contradictorios: donde los críticos veían una perniciosa “militarización de la nación” el gobierno veía — y lo presentaba como — lo opuesto. En palabras de Alfonso Durazo, Secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, el plan acabaría en “policializar al Ejército”. Para el gobierno, la institución de la Guardia Nacional es un intento genuino y posible en pos de la desmilitarización. El plan en sí explícitamente propone esto. Para los opositores a AMLO esto tiene ribetes orwelleanos: la guerra es la paz, la militarización es la desmilitarización.

Planeando la Guardia Nacional, Plan Nacional de Paz y Seguridad 2018, del Plan Nacional de Paz y Seguridad, Creative Commons.

Lo utópico es la gran fuerza y la gran debilidad de AMLO y Morena. Para desafiar al arraigado cinismo y la brutalidad de la cultura política mexicana contemporánea invocó — y creyó en — posibilidades radicales nuevas, fuera de los paradigmas que solo han hundido a México más profundo en una crisis. Por ello la llamada a la República Amorosa, a la regeneración moral, a la gran Transformación. Por momentos el plan de la Guardia Nacional parece menos un documento político y más un brillante trabajo de imaginación utópica — su optimismo y formalismo un poco delirante recuerdan a una de las falanges de Fourier. Incluso la combinación de diferentes fuerzas estatales que se propone, puede leerse como un brebaje donde se juntan diferentes tinturas organizacionales: policialidad, militaridad, civilianidad.

El Plan de Seguridad y Paz Nacional se propone hacer muchas cosas a la vez. Es una propuesta política — para bien o para mal — con el fin de reorganizar a las fuerzas del estado en respuesta a un problema muy real y urgente de violencia y seguridad. Pero también intenta abordar problemas más profundos. Estos incluyen temas sociales y económicos a los que AMLO se refiriera durante toda su campaña; también la fragmentación y proliferación de una violencia armada organizada en el país, que incluye la colusión y corrupción de las fuerzas del estado. Finalmente, en un plano simbólico y literal, la Guardia Nacional tiene el objetivo de abordar un problema fundamental y crucial para cualquier renovación de la república: la confusión en la distinción entre fuerza civil y militar.[40]

Como lo imagina el nuevo regimen, la Guardia Nacional sería tanto escuela como ejemplo de virtud republicana, a la vez de que serviría como un elemento clave en la arquitectura de seguridad del país. Para algunos esto es una paradoja prometedora, para otros una desastrosa contradicción. Si se lee entre las líneas de sus organigramas y diagramas de flujo, la Guardia Nacional no está pensada como una institución civil sino civilianizante, puesta en el corazón de los poderes armados de la república. Con cada año que pasa la nueva Guardia Nacional debería volverse menos militar, en un proceso de transformación organizacional y moral. La forma que la virtud republicana debería tomar entre 2018 y 2024, sería la de una gradual civilianización del conflicto, y eventualmente del país. Tan solo podemos desear que así sea.

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[1] Los autores queremos agradecer a André Dorcé por sus invaluables comentarios. Un agradecimiento muy especial a Fernando Sdrigotti por la traducción al español. Nos gustaría también extender nuestros agradecimientos a Tomás Frère y Ani Frère, por su asistencia con la investigación. También fueron útiles las conversaciones que mantuvimos con Alejandro Araujo, Arturo Ramírez y Georg Leidenberger. Todas las opiniones en este artículo son nuestras, así como lo son los errores.

[2]Can the daystar dawn of love/Where the flag of war unfurled/Floats with crimson stain above/The fabric of a ruined world?”. Shelley escribió el poema en febrero de 1812, después de leer sobre la rebelión de Hidalgo y Morelos. Más tarde el título fue cambiado a “La Revolución Mexicana” por su editor, Dante Gabriel Rossetti. (Holmes 2003, 176–177).

[3] Fundado en 2011 como un movimiento político, el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) se convirtió en partido político en 2014, con el slogan “La esperanza de México”. Obviamente, Morena es también una mujer de piel oscura.

[4] Originalmente creado por un reportero del New York Times, el popular término ha sido cuestionado, principalmente por su tendencia a borrar importantes diferencias entre países y movimientos políticos (véase Isbester 2010).

[5] El enfoque adoptado en “La transformación histórica del régimen mexicano en el contexto global: los retos para el próximo sexenio”, una conferencia que tomó lugar en UNAM, del 7 al 9 de noviembre de 2018. Para una lectura crítica del historicismo de López Obrador, por el decano de los historiadores públicos de México, véase Krauze 2019.

[6] López Obrador aseguró reiteradas veces que no subiría la deuda nacional ni el impuesto sobre la renta, ni el impuesto (indirecto) a la gasolina, que es un punto social sensible que fácilmente genera problemas. El primer presupuesto del gobierno, en diciembre de 2018, prometió un superávit de 1.0 por ciento en 2019 — el del año anterior había sido de 0.8 por ciento. Los ministros del Eurogroup lo aprobarían: este porcentaje no está lejos de los niveles de Alemania y Dinamarca.

[7] Acerca del crecimiento de la clase media ver Castañeda 2011 — una explicación convincente y partisana desde el punto de vista de un político e intelectual de derecha.

[8] Las estimaciones varían, pero México generalmente se encuentra entre los diez y quince países con peor índice de igualdad en el mundo, con un coeficiente Gini de alrededor de 0.5. El salario mínimo actual es de 5.40 dólares estadounidenses por día, incluyendo el aumento de 16 por ciento introducido por el nuevo gobierno. En 2018, los dieciséis mexicanos más ricos tenían un valor de 141 billones de dólares — un alza del 21 por ciento en comparación con el año anterior.

[9] Un ejemplo notorio: en 2018, el International Institute for Strategic Studies, un thinktank británico supuestamente respetable, produjo un informe que de manera tendenciosa sugería que México estaba sufriendo “el conflicto más sangriento del mundo, después de Siria”. Luego de acabar en la epistemo-atmósfera global, la afirmación adquirió el status de verdad adquirida. Más tarde sería citada por Trump y es aún muy popular online.

[10] Por ejemplo, el descubrimiento de una fosa común con 168 calaveras humanas en el estado de Veracruz, en septiembre de 2018. Con un shock similar se recibiría dos meses más tarde un informe detallando el descubrimiento de más de 2000 de este tipo de fosas en el país, en los últimos 11 años.

[11] La truculenta estética de los periódicos masivos mexicanos no es un fenómeno simple; la nota roja tiene una larga y complicada historia cultural. De las publicaciones contemporáneas, la vil, ingeniosa, brillante Pásala — mitad periódico deportivo, mitad necro-porno — merece ser incluida entre los mejores tabloides del mundo.

[12] En julio de 2018, incluso después de 12 años de violenta guerra contra las drogas, hubo un horror genuino debido a la aparición de un video en Youtube titulado “La caravana del CJNG, por la sierra de Nayarit”. En este es posible ver un convoy del cartel Nueva Generación de Jalisco, con cientos de hombres fuertemente armados, comportándose con total indiferencia a plena luz del día.

[13] La Comisión Nacional por los Derechos Humanos (CNDH) estima que 138 periodistas han sido asesinados en México desde el año 2000. Algunos argumentan que esta cifra es demasiado baja debido a una definición extremadamente restrictiva sobre qué significa “periodismo”.

[14] A pesar de que la emboscada y los secuestros ocurrieron en la ciudad de Iguala, los estudiantes provenían del Colegio de Maestros Rurales de Ayotzinapa, por lo que el incidente se conoce frecuentemente como Ayotzinapa. Para un análisis histórico cultural del incidente ver Noble 2016.

[15] Por principio, los familiares de los cuarenta y tres estudiantes no aceptan sus muertes, e insisten en que deberían ser considerados “desaparecidos”, ya que esto refleja mejor el dolor al que ellos y sus familiares están sometidos. Esto resuena con el ubicuo slogan del movimiento: “vivos se los llevaron, vivos los queremos”.

[16] La central Plaza Constitución, conocida universalmente como “Zócalo”, tiene una larga historia como la plaza central de la Ciudad de México — un espacio para ceremonias oficiales y un lugar clave para celebraciones y protestas populares.

[17] En relación a la iconicidad fotográfica contemporánea véase Stallbrass 2017.

[18] Como frase política creada en un momento de tensión y peligro, Fue el estado es comparable con Wir sind das Volk (Nosotros somos la gente) de Alemania del este en 1989. Ambas surgieron de un contexto específico pero ambas apuntan también a una reflexión y entendimiento generales.

[19] La declaración de la finalidad del anti-monumento: “+43 es un Antimonumento porque está destinado a ser retirado el día que el Estado esclarezca los más de 150 mil homicidios y presente con vida a las y los más de 30 mil +43 desaparecidos.” Padres de los estudiantes de Ayotzinapa y Comisión +43 2015.

[20] Esta es una variación del famoso concepto de “imagen dialéctica” de Walter Benjamin, principalmente asociado con su Arcades Project. Hoy en día, tal vez más que cualquier otro de los términos de su obra, la idea de “imagen dialéctica” ha sido oscurecida por escolásticos y metafísicos, a la vez que segregada de la idea jovial de Iluminismo de Benjamin. Ahora, el proceso parece tan avanzado que quizás sea mejor usar el término indirectamente, a manera de distorsión creativa. El pasaje más famoso de Benjamin en relación a la “imagen dialéctica” se encuentra en la “Convoluta N” del Arcades Project. Véase Benjamin 2002, 462–463; véase también Pensky 2004, Buck-Morss 1989, Friedländer 2012.

[21] Para un extenso y atento resumen de este proceso véase Allier-Montaño 2016.

[22] Para el decreto oficial véase DOF 2018. La decisión de crear la comisión fue impulsada por una decisión de la corte en junio de 2018. Esta calificó a la investigación del gobierno como totalmente inadecuada, ordenando efectivamente una re-investigación.

[23] Para una lista completa véase CNFE 2018.

[24] AMLO se refiere a Benito Juárez (1806–1872), presidente y héroe nacional del siglo XIX, a Lázaro Cardenas (1895–1970), el último de los presidentes revolucionarios mexicanos, quien nacionalizó la industria del petróleo en 1938, y a Francisco Madero (1873–1913), el primer líder moderado de la revuelta que luego se convertiría en la Revolución Mexicana.

[25] El EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional, también conocido como “Los Zapatistas”) y grupos de movimientos indígenas asociados con este, son los oponentes de izquierda más anitguos e incisivos de López Obrador. Consideran que AMLO es tan malo como la derecha, y aducen que esconde una agenda estadista y desarrollista casi idéntica a los anteriores gobiernos, detrás de un lenguaje democrático, de renovación, e indigenista. La enemistad no se enfrió luego de la elección de AMLO: el primero de enero de 2019, para marcar el vigésimo quinto aniversario del levantamiento de Chiapas en 1994, los Zapatistas emitieron una enfática crítica de los planes del gobierno para el desarrollo industrial de los estados del sur. Defensores del gobierno respondieron acusando al EZLN de dogmatismo e irrelevancia. Para una introducción a este importante debate véase: Subcomandante Insurgente Moisés 2019, Ackerman 2019, Villamil 2019, L. Hernández 2019, y Gil 2018.

[26] Véase por ejemplo el debate en Canadá acerca de la llamada “Cláusula de China”.

[27] En marzo de 2018, por ejemplo, en una carta abierta a Trump, todos los comandantes recientes del Southcom y Northcom (regiones militares de EEUU que abarcan todo el hemisferio occidental) le imploraron al presidente que renovara el NAFTA rápidamente, no fuera que la demora “debilitara nuestra habilidad para afrontar amenazas contra nuestra seguridad”. Otras instituciones de línea dura se mostraron igual de ansiosas en reafirmar el status quo — por ejemplo el neoconservador American Enterprise Institute, presionando por la rápida ratificación en diciembre de 2018.

[28] Previamente, sobre todo en la campaña presidencial de 2016, cuando fue candidato por el PRD, López Obrador se opuso vocalmente al NAFTA, particularmente la devastación que dijo que traía a muchos pequeños productores agropecuarios. Para la campaña de 2018 había apaciguado considerablemente su oposición, con Carlos Urzúa — su futuro Secretario de Hacienda — asegurando al sector comercial que el tratado estaría seguro bajo Morena.

[29] Para México, como siempre, una pregunta clave sería el sector petrolífero, que la administración anterior había abierto a inversiones extranjeras, ofreciendo contratos a varias empresas. USCMA incluyó una cláusula especial a partir de la cual esos contratos mexicanos de petróleo y gas quedarían sujetos a un arbitraje dominado por las corporaciones, lo que significa que cualquier re-negociación requeriría una compensación enorme.

[30] Componente tradicional de la política exterior de México, la Doctrina Estrada consagra principios de auto-determinación y no intervención en asuntos internacionales. En 2019, fue citada como la base para la posición neutral mexicana en relación a la situación en Venezuela.

[31] Utilmente compilados por Telesur en septiembre de 2019 estos incluyen: la Biblia (“Benditos sean los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos”), Confucio (“para ordenar al mundo primero hay que poner a la nación en orden; para poner a la nación en orden primero hay que poner a la familia en orden; para poner a la familia en orden primero tenemos que cultivar nuestra vida personal; primero tenemos que poner nuestros corazones en el lugar correcto”), Buda (“si una persona actúa o habla con una mente pura, la felicidad le sigue como una sombra de la que no podrá separarse”), y Aristóteles (“la ciencia política dedica todos sus esfuerzos a hacer que los ciudadanos sean de un cierto modo, esto es, buenos y capaces de actos nobles.”)

[32] Para un análisis del proyecto político de AMLO como recuperación de la Cartilla Moral de Alfonso Reyes, pertinente en el contexto de la “bancarrota moral”, véase López Caffagi 2018.

[33] Para críticas del concepto véase Sicilia 2011 y Rueda 2018.

[34] Para una excelente evocación de las cualidades delirantes del tráfico en la Ciudad de México véase Gold 2015. Su escala y densidad hace que los usos europeos o estadounidenses del atasco como metáfora filosófica parezcan llamativamente inadecuados (véase por ejemplo Weekend de Godard, o la figuración de un atasco de verano en Autobahn de Peter Sloterjik, 1989, p. 43).

[35] Posteriormente esta medida recibiría críticas por la pérdida de tiempo que implicaría. Por ejemplo cuando AMLO tardó varias horas en llegar a la escena de la explosión del oleoducto de Tlahuelilpan, en enero de 2019.

[36] La estrategia buscó capturar o matar a los cabecillas y comandantes de los carteles, lo que ayudaría a impulsar la celebridad de líderes criminales vivos y muertos, como en el caso de El Chapo.

[37] No es coincidencia que uno de los alegatos políticos más importantes de AMLO es haber visitado personalmente cada municipio en cada uno de los 32 estados de México. Este completismo tiene algo de peregrinaje y de arte de performance político.

[38] A fines de enero de 2019, una demanda de un ciudadano privado intentó instalar una orden legal contra la presidencia a fin de que AMLO adoptara la seguridad adecuada, pero no fue concedida.

[39] La propuesta de amnistía para criminales de bajo rango en la guerra contra la drogas fue recibida con cierta sospecha, particularmente entre las víctimas, por parecerse peligrosamente a una invitación a la impunidad.

[40] Sin ser igual, esto está relacionado con la proliferación de las fuerzas de la violencia organizada. Los EEUU, por ejemplo, sufren agudamente de una — la borradura entre fuerza militar y civil — pero mucho menos de la otra.

    Journal of Latin American Cultural Studies

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