Atreverse con el helecho azul

“El mundo es muy repetitivo. En la economía y en la política no se hace nada más que imitar a los demás. Imitar trae consigo un empobrecimiento de ideas y eso significa que nadie obtiene beneficios”(Kjell Nordström)

Esperando atender a una futura candidata a un puesto de trabajo en mi empresa, la mirada se escapa de la mesa en que descansa su cv para posarse en los balcones de las casas vecinas. Es lo que tiene ser reclutador, que a veces los perfiles requieren divagar un poco para luego entrar a matar. Decía que mi vista decide reposar en las casas vecinas, pero no para reparar en ese marasmo de cerramientos –que eso daría para otras reflexiones-, sino en las macetas con las que cada inquilino ha querido adornar su fachada. Inmediatamente me fijo en un helecho azul, o al menos eso parece desde mi ventana. Reflexiono, miro otra vez y pienso que nunca he oído hablar de que haya helechos de esas tonalidades y menos a plena luz del achicharrante mes de agosto madrileño. Me planteo si puede ser cosa del cristal de mi ventana, que esté tintado, vaya, que el problema sea mi percepción y no el objeto, pero rápidamente me doy cuenta de que a pocos metros hay otras plantas, cintas de porte colgante, rosales, hortensias de los clásicos colores de hoja verdes y amarillos, asediados por el calor veraniego, pero resistiendo incólumes. Junto a ellos, flanqueando la jardinera, sendos cactus, de aquellos que retan a la gravedad, insistiendo en erguirse enflaquecidos. Dos balcones más allá matas alineadas de Durillo (Viburnum tinus). ¿Y a qué viene tanto interés por la jardinería yo que mato toda planta que se me entregue como testaferro?

Tal vez por la profunda temeridad del helecho, por presentarse ante nosotros sin envoltorios, tal cual, sin camuflar esos colores que uno casi diría ficticios para una planta en pleno secarral. Nos arroja el guante con su presencia y somos nosotros los que debemos dejar de envolvernos en la magia de sus colores que diría el cursi, para saber desentrañar lo que de verdad nos ofrece. Para el seleccionador de gente, siempre es más sencillo abrazarse a la opción fácil: una de esas que vienen presentadas en jardineras de invernadero, todas similares, escoger la más pintona de entre las discretas, aquellas que no despuntarán por mucho que las reguemos con nuestros cuidados desde el Departamento de Recursos Humanos una vez que formen parte de nuestra plantilla y las abonemos con un jefe de los que ya no existen. Entonces nos quedamos pensando que al fin y al cabo hemos tomado una decisión arriesgada, porque siempre quedan en el tiesto otras menos vistosas. Los hay que jugándose el todo por el todo se decantan por la arrogancia del cactus, el empleado que con su desfachatez en la entrevista nos descoloca y nos convence de dudosas habilidades informáticas nunca validadas mediante certificación y más adelante, terminan purgando la penitencia de tener contratado a un individuo/a arisco, individualista, de difícil encaje en un equipo de trabajo, pero eso sí, con todo el desparpajo de quien va a poner por segunda vez al hombre en la Luna.

Y es entonces cuando nos arrepentimos de no haber sabido ver más allá de nuestro miedo, de habernos dejado llevar por la ola de conservadurismo que en muchas ocasiones rige la toma de decisiones sin haber dado la oportunidad que merecía aquel helecho azul, el primero que llamó nuestra atención durante el proceso selectivo, pero que exigía de nosotros demasiada valentía a la hora de apostar fuerte, que nos obligaba a salir de todas las convenciones y a indagar sobre si sus capacidades eran tan desopilantes como prometían por su aspecto, porque aunque no lo crean, los helechos azules existen, sin tinturas artificiales de por medio, claro, pero eso sí, tenerlo en nómina, aprovechar todo su potencial, saber reconocerlo, permitirle poner en juego su creatividad es incluso un reto para la organización. ¿O acaso creen que trabajar con un genio es fácil? Recapaciten sobre las palabras del gurú noruego del Funky business, Kjell Nordstrom, la imitación, la iteración de lo ya sabido nos mantiene en nuestra zona de confort, aquella donde no se generan beneficios y donde no se fracasa, pero tampoco se alcanza la innovación, la diferencia que nos hará posicionarnos en el liderazgo.

Por supuesto que las tendencias futuras apuntan a que los procesos selectivos tendrán más de analítica de datos, mezclada con psicología del comportamiento para analizar de manera objetiva las pautas de comportamiento y las reacciones del individuo ante determinados estímulos, que de ojo clínico como apunta Stephanie Draper en How to growth-hack a sustainable future. Pero para llegar a ese punto de objetividad y certeza habría que poner remedio a las cifras previas, que señalan en dirección opuesta. Ya que, si bien un 95% de los seleccionadores de personal utilizan LinkedIn, un 58% Facebook y un 42% Twitter, solamente un 6% manifiesta controlar más que adecuadamente herramientas analíticas, frente al 60% que reconoce abiertamente su falta de preparación en la materia como se recoge en la siguiente infografía. Así que, mientras llegamos al plot-point de sinceridad y crítica que nos haga enfrentarnos a la necesidad de prepararnos convenientemente para manejar los procesos selectivos habrá que dejarse llevar por las capacidades de siempre, aquellas forjadas con los años de experiencia y la intuición del hombre sabio, aquel que, desde tiempo inmemorial ha sabido sentarse a escuchar al extraño que para frente a su puerta, especialmente si de su aspecto e indumentaria podemos deducir que tiene nuevas que contarnos, viajes por tierras que nunca nos atreveríamos a caminar y conversaciones con gentes de lenguas que nunca dominaremos… El helecho azul al que tan raro miramos cuando estamos de traje y corbata detrás de la mesa de nuestra oficina.

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Originally published at jaberbock.wordpress.com on August 17, 2014.

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