Niebla

Jacobo Zanella
Nov 6 · 2 min read

Extractos de Mi lucha 4. Bailando en la oscuridad (2010), Karl Ove Knausgard. Anagrama, Barcelona, 2016.

Fuera estaba oscureciendo, el otoño ponía su mano sobre el mundo, y a mí me encantaba. La oscuridad, la lluvia, las repentinas rendijas del pasado que se abrían cuando me llegaba el olor a hierba y tierra húmedas de alguna cuneta, o cuando los faros de un coche iluminaban alguna casa, todo como captado y reforzado por la música del walkman que llevaba siempre conmigo. Escuchaba a This Mortal Coil, que me recordaba a cuando jugábamos en la oscuridad de Tybakken, una sensación de alegría me subía por dentro, pero no esa otra alegría que tenía que ver con lo ligero, lo luminoso y lo despreocupado, esa alegría estaba unida a algo distinto, y cuando se encontraba con la melancolía, la belleza de la música y ese mundo que se estaba muriendo a mi alrededor, recordaba al dolor hermoso, al mal de amores, lo valioso y lo doloroso en una mezcla imposible, y de ahí surgía un deseo casi desatado de vivir más, de salir de todo eso, de alcanzar la vida allí donde se vivía de verdad, en las calles de las grandes ciudades, debajo de los rascacielos, en deslumbrantes fiestas con bellos seres en casas desconocidas. De encontrar el gran amor, todos los vaivenes que eso implicaría, y luego la aceptación, la redención, el éxtasis.

Una tarde nos acercamos al colegio al que yo iba de pequeño, no estaba muy lejos de su casa. Al ver el colegio entre nosotros, como flotando en la niebla y la oscuridad, los recuerdos estallaron dentro de mí. Solté a Cecilie, me acerqué al edificio y apreté la palma de la mano contra las tablas impregnadas. El colegio existía de verdad, no era solo un lugar en mi imaginación. Mis ojos brillaron de emoción, fue como si todo ese rico mundo que era la infancia volviera por un momento.

Y luego la niebla. Amaba la niebla y lo que hacía con el mundo.

Me acordé de Geir y yo corriendo por la niebla con Anne Lisbeth y Solveig, y el recuerdo tenía una fuerza tan enorme que me dolió. Me hizo pedazos. La grava blanda, los árboles relucientes de humedad, las luces que brillaban, brillaban.

A solo unos cientos de metros más allá desapareció la sensación de vuelta a casa y reconocimiento, penetramos en la zona más marginal de mi infancia, que yo había pisado pocas veces, y el paisaje adquirió un carácter onírico, como algo que descubría y reconocía a la vez.

Welcome to a place where words matter. On Medium, smart voices and original ideas take center stage - with no ads in sight. Watch
Follow all the topics you care about, and we’ll deliver the best stories for you to your homepage and inbox. Explore
Get unlimited access to the best stories on Medium — and support writers while you’re at it. Just $5/month. Upgrade