Tu Ne Cede Malis
Cristianismo, capitalismo y estatismo
Por José Augusto Domínguez
No son pocas las voces (sin ir más lejos, el propio papa, Jorge Mario Bergoglio) que reivindican la incompatibilidad del cristianismo con el capitalismo. Pero esta idea es ajena a la reciente tradición católica, como podemos observar en la encíclica Rerum novarum promulgada por el papa León XIII en 1891 (Juan Pablo II, cien años después, abundaría en esa misma línea en la Centesimus annus). En esa encíclica de finales del s. XIX, con un marxismo en pleno apogeo, León XIII defendía el derecho natural a la propiedad privada, el libre ejercicio de la empresarialidad, las bonanzas del ahorro para el trabajador o la no injerencia del Estado en las relaciones sociales. Siguiendo esta tradición, vamos a tratar de ver cómo el capitalismo, lejos de resultar incompatible con el cristianismo, es el único sistema que lo posibilita en plenitud.
El capitalismo es un orden social donde los individuos pueden cooperar libremente, bajo el imperio de la propiedad privada y los contratos voluntarios, en ausencia de un planificador central y coactivo. Los individuos, en ese proceso de cooperación, lo primero que hacen es darse cuenta de qué necesitan los demás y ofrecer sus servicios a cambio de un beneficio. Pero para obtener una recompensa, primero hay que satisfacer las necesidades de los otros. Y aquellos que más y mejor satisfagan las necesidades del resto, más y mejor fruto recibirán a cambio. En ese sentido, el capitalismo es el orden más “solidario”, pues para prosperar hay que ocuparse de las necesidades ajenas (ofreciendo servicios, bienes, financiación para otros planes de negocio…).
Mientras que los individuos en el capitalismo, como hemos señalado, sólo pueden prosperar sirviendo previamente a los demás, démonos cuenta de que en el Estado los agentes tienen el incentivo de sacar rédito del poder político: exigiendo subvenciones (recibir un dinero sin ofrecer nada a cambio), regulaciones (protegerse de la competencia de otros que son mejores), etc. El Estado despierta los peores instintos del ser humano: el egoísmo (lucrarse a costa de los semejantes), la insolidaridad (obtener beneficios sin aportar nada al resto de la sociedad), el resentimiento social (se instaura la idea de que hay pobres porque hay ricos y, por tanto, es justo redistribuir la riqueza dada), etc.
Por contra, el capitalismo es el único sistema compatible con la naturaleza del ser humano. El único que permite al hombre apropiarse íntegramente de los frutos de su esfuerzo. El único que facilita a las personas cooperar pacíficamente entre ellas. El único que en libertad posibilita al individuo desarrollar su innata capacidad creativa, descubriendo nuevas ideas y proponiendo nuevos planes sin sufrir las cortapisas de ningún planificador central.
Es por eso por lo que el capitalismo es el único oden social compatible con el cristianismo. Los evangelios transmiten la idea de que el ser humano ha de volverse libremente hacia Dios, aceptando recibir el don de la salvación a través de la fe y mostrando con sus obras su agradecimiento al Señor por haber sido salvado. Todo ello en un marco de libertad. La ayuda al que no tiene, al sediento y al hambriento, es siempre caritativa, voluntaria (el necesitado, en los evangelios, no tiene derecho a que otros lo alimenten, sino que el hombre de fe, agradecido a Dios por haber dado su vida para salvar al género humano, se siente en el compromiso de auxiliar a los que lo rodean). No hay en los evangelios una sola referencia, ni por lo más remoto, a implantar un órgano coactivo que obligue manu militari a que unos “ayuden” a otros. Esa institucionalización de la coacción está en la antípodas del mensaje de Jesús.
De tal forma (como recientemente recordó Huerta de Soto), el papa emérito, Joseph Ratzinger, considera en su biografía sobre Jesús de Nazaret que el Estado es la encarnación del Demonio. Y cita a Mateo 4, 8–10: “Todavía le subió el diablo a un monumento muy encumbrado y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos. Y le dijo: todas estas cosas te daré si, postrándote delante de mí, me adoras. Le respondió entonces Jesús: Apártate de ahí, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor Dios tuyo, y a él sólo servirás”.
En última instancia, el Estado, convertido en el becerro de oro al que todos adoran, haciendo tabla rasa de Dios, persigue un imposible: traer el paraíso a la tierra (el viejo ideal comunista que la socialdemocracia simplemente ha descafeinado): la renta básica universal, la sanidad y la educación gratuitas, el derecho a una vivienda digna… Y como eso no puede ser, como para obtener una renta otro la tiene que pagar obligado; como para ir gratis al médico o al colegio se requiere que otro sufrague a la fuerza ese servicio; como para ejercer el derecho a una vivienda hay que impeler a un tercero a que la construya, el Estado es una fuente inagotable de conflictos sociales, quitando a unos, los grupos desorganizados, para dárselo a otros, los grupos que se han sabido organizar para medrar en torno al poder político, impidiendo el libre y pacífico proceso de cooperación social. Y dificultando que el cristianismo se muestre en su máxima expresión.