Chocomel

Con esta ha sido la tercera vez que un niño me ha robado mi bolsita de “Chocomel”.

Esto ocurre siempre igual, como si se tratara de un ballet.
El acto empieza por la mañana, cuando salgo caminando muy feliz de la bodega de Don Pancho, tomando especial cuidado al abrir la bolsita lentamente para que no se riegue todo al piso.

Luego levanto mi cabeza mirando hacia el cielo, abro la boca y con la mano dejo caer un poquito del polvito de Chocomel en mi boca. Justo en ese momento en el que estoy con la cabeza mirando hacia arriba, pasa este niño Raffo corriendo a mi lado, me quita la bolsa y se va corriendo.

Justo cuando está a unos 20 pasos de mi, voltea y me mira burlándose. Levanta su cara, abre la boca y agarra mi bolsita de chocomel y se come todo de un solo golpe. Raffo me señala, suelta una carcajada y todos los niños y las niñas me señalan y se ríen de mi a carcajadas.

Estoy furioso.

Mi paciencia se ha colmado totalmente. Así que decido planear en este momento mi venganza.

Creo que agarrarnos a golpes no es la mejor solución, aunque confieso que dejarle una nariz sangrando podría ser un buen premio, pero no lo encuentro tan estimulante. También me he dado cuenta que si decido correr detrás de él se me va a escapar de todas maneras. Así que decido jugar la carta de la humillación.

No me cuesta mucho y ya tengo un plan. Será todo como un ballet.

Me levanto muy temprano antes que nadie llegue a “Don Pancho” y compro una bolsita de chocomel que abro lentamente y disfruto como cuando un abuelito disfruta una sopita de pollo. Puedo decir en este momento que mi venganza sabe a polvito de chocolate dulce de todas maneras.

Termino y dejo completamente vacía la bolsita. Luego tomo un poco de tierra del jardín y la muelo con una piedrita. Voy moliendo, voy moliendo, convirtiendo en tierra muy finita y logrando una apariencia tan similar que estoy seguro en la fábrica de chocolates “El Tigre” no lograrían darse cuenta de la diferencia.

Coloco cuidadosamente la bolsita de “Chocomel” en mi bolsillo y regreso a mi casa. Me pongo a ver televisión como calculando el momento en que todos los niños estarán jugando cerca de la bodega de “Don Pancho”.

Ya voy de regreso y me aseguro que Raffo esté entre los niños jugando. Me hago el loco y saludo a todos. En un momento entro a la bodega y compro un Chocomel nuevo. Por el rabillo del ojo puedo ver que Raffo me está viendo comprar el Chocomel.

Como en un buen acto de magia, hago el cambio justo cuando estoy en un ángulo en el que calculo Raffo no puede ver que lo estoy haciendo. Preciso. Ya tengo en mi mano la bolsita vengadora. El ballet ha comenzado.

Me pongo de pie en el mismo lugar donde siempre abro mi Chocomel. Hago muy bien el gesto de estar abriendo la bolsita que realmente ya está abierta. Levanto la cara mirando hacia arriba y con la mano me dispongo a dejar caer un poco en mi boca.

Los cálculos no me fallan y justo en ese momento siento que la bolsita desaparece de un zarpazo. Raffo sale corriendo y ya está a 20 pasos de donde yo estoy, agarra la bolsita riéndose nuevamente, levanta su cabeza y de golpe mete todo el contenido dentro de su boca.

El resultado es mejor que el esperado. En ese momento Raffo se atora tanto que comienza a llorar de desesperación. Todos estamos preocupados (bueno no todos) por lo que le está pasando y solo lo vemos tosiendo y escupiendo pedazos de tierra que salen, poco a poco, de su boca.

Cuando se recupera comienzan todos los niños y las niñas a reírse a carcajadas y siento que al fin ha llegado mi turno de reír y gritar “el que ríe al último ríe mejor”.

Sin embargo decido quedarme callado y me hago el loco totalmente. Miro a todos como si el Chocomel hubiese venido fallado y pongo mi mejor cara de “que habrá pasado?”.

Es que estoy seguro que si me río, este ballet va a continuar.

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