El hombre nuclear

Yo soy el hombre nuclear. Lo voy a explicar en tres actos:

1er acontecimiento. Tengo 8 o 10 años.

Tarde después de almuerzo. Mis papás están de viaje y mi abuelita Lucía nos cuida en casa. Ella está muy pendiente de todo y me ha pedido despacito -hablando como hablan las abuelitas- que por favor no esté saltando en los sillones.

Se me ocurre hacer un avioncito de papel y tirarlo en la sala de mi casa -que en realidad es un departamento- en la Residencial San Felipe. El avioncito vuela muy bonito pero aterriza encima de una chiflera que tenemos en la sala.

Empujo un sillón hacia la chiflera -que no expliqué pero se trata de una planta, casi un árbol, que por si no lo saben NO da chifles- y me paro sobre el respaldar para tratar de alcanzar el avioncito. Me resbalo rápido y para mala suerte mía, mi cabeza cae directo sobre la maceta. Me duele mucho y sale un chorrazo de sangre. No recuerdo haber llorado. Mi abuelita me lleva en 30 segundos a la Clínica San Felipe.

El doctor de la clínica me habla bonito y me dice que me van a operar igualito que cuando operan al HOMBRE NUCLEAR en la intro de la serie que lleva el mismo nombre. La verdad no entro a ninguna sala de operaciones pero me ponen una tela en la cara y siento que me están cosiendo la frente. Salgo con 3 puntos encima de la frente. Es la primera vez que escucho la frase “coser 3 puntos”. Pienso que nunca más lo haré. Qué iluso soy.

-.-

2do acontecimiento. Tengo 10 o 12 años.

Es el cumpleaños de Francesca, amiga del colegio de mi hermana. Encuentro un juguete al que le faltan pilas y pregunto si saben donde hay pilas. Francesca que no sé si se quiere burlar de mi o no, me dice que en el patio en un murito vio que alguien tiró unas pilas.

Esto que suena inverosímil es verdad fiel en mi memoria. Me subo encima de un caño que hay en el patio, luego de ahi llego al muro. Mis zapatillas se han mojado con el caño. Cuando me subo al muro me doy cuenta que está muy resbaloso.

Ya no importa porque cuando me doy cuenta estoy cayendo. Esta vez la cosa es más divertida porque estoy cayendo de cabeza.

Mientras caigo voy pensando en la caída y además voy revisando las decisiones que tomé para llegar ahí. La caída dura en mi mente mucho más de lo que realmente dura. De pronto siento un golpe (que esta vez no me duele nada) y todas las luces se me apagan. Es muy curioso porque siento los gritos de todos los niños apagándose como cuando uno apagaba el televisor de tubos. Uno, dos, tres.. se apaga todo.

Pasan seguro 20 minutos, no sé si más porque estoy inconsciente. Me han echado en la mesa de la sala y están esperando que llegue mi mamá que llega super preocupada. En ese momento han improvisado una venda en mi cabeza que nuevamente chorrea sangre (no tanta felizmente). Pasan 30 segundos y nuevamente estoy donde el doctor. Él me ve y dice “Ajá! ahí regresa el HOMBRE NUCLEAR”. Tres o cuatro puntos arriba de la cabeza. Chau.

-.-

3er acontecimiento. Tengo 12 o 13 años.

Este ocurre durante la mundialmente famosa “Guerra de las Pepitas”. Sobre la guerra de las pepitas me parece ya haber escrito algo, pero en resumen es una guerra mundial que ocurre un verano en la Residencial San Felipe. Todos los niños de todos los edificios nos pusimos de acuerdo a agarrarnos a “hondazos” con unas pepitas verde-amarillas que sacábamos de unos árboles de la Resi.

Para esta guerra mundial me preparé muy bien. recuerdo que tenía un casco de soldado de plástico y lentes de natación. Incluso mi cuerpo estaba protegido con una armadura de cartón de leche Gloria para recibir los pepazos sin mayor contratiempo. Los niños estamos todos listos para combatir.

Las niñas son enfermeras y están en una zona neutral donde han preparado jugo para recibir a los heridos.

La guerra comienza a las 9 de la mañana y transcurre y acaba justo a la 1pm hora del almuerzo, hora en que todos los niños regresamos a nuestros edificios a almorzar. Estoy feliz porque mi armadura ha funcionado de maravilla. Me la quito y salgo después de almuerzo. Me tocan el intercomunicador y me dicen que ya se firmó la paz y que nuestro edificio es uno de los ganadores de la guerra.

Bajo a la calle feliz.

Paréntesis: Creo que en casi todas las guerras ocurre que hay gente que se queda con un potente trauma producto de la violencia vivida. Algunos incluso creen que la guerra no ha acabado. Fin del paréntesis.

Escondido, detrás de uno de los arbolitos que quedan al frente de mi edificio está un niño que parece no se ha enterado que la guerra de pepitas ha acabado. Él me espera con una piedra en la mano y está llorando. Tiene los ojos rojos. Me mira y solo lo escucho decir “TRAIDOORRRrrrbuaaaaa..” la piedra es certera.

Giro la cabeza y me cae en uno de los lados. No es una piedra, es un piedrón. Nuevamente un chorro de sangre y esta vez son mis amigos los que me llevan cargado a la Clínica.

Cuando entro y me ponen en la camilla veo que no está el doctor de siempre. Pero parece que ya soy famoso. Porque las enfermeras (las que no sirven jugos) me conocen y saludan. No estará el doc, pero yo me siento y sigo siendo el hombre nuclear. Puntos a mi.

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