Sueños de vuelos

Yo no sé lo que les gusta hacer, pero a mí me gusta leer y escribir. Sobretodo cuándo el tiempo se hace raro, el tiempo de los días y el tiempo de las nubes. Cuando se siente algo moverse dentro del cuerpo, debajo de la piel, entre los muslos… pero no sabés bien qué es.

Algo que a veces te quiere llevar a algún lugar y de pronto te da miedo, porque no tenés lugar alguno para ir. Cuándo estás en ese instante de la vida donde los días pasan despacio, aunque el sol del invierno baje más temprano, cuando el frío llega y no te deja otra que quedarse ahí, aislado entre tés, cafés y videos. Pero si ya llevás un tiempo aislado, un día viene la vida a las cuatro de la madrugada, te agarra y te dice:

“Qué va a ser?”

A veces mi vida misma me pregunta que voy a hacer, y le digo: Bien, el lunes empezamos por aquí o por aquello… pero ya no es suficiente. Me dijo la vida que ya derrochamos muchos lunes, que no puede esperar otro lunes más. Me dice que hay mucho para ver y respirar, mucho más de lo que veo hoy. Hay mucho más en que creer, y que lo que creo hoy se nos está haciendo mal. Me pone un motor en el pecho y me ordena que me marche.

“Pero marchar para adónde”, le pregunto yo.

“No importa, lo verás”

Y sí, lo quiero ver. Quiero desesperadamente verlo. Lo busco en sueños, en planes, en canciones, libros, amigos, desconocidos… Siempre me ha parecido claro que mi búsqueda es como buscar al horizonte… se pone un pasito más allá cada vez que me acerco. Igualmente he aprendido que la gente que niega a los llamados de la vida se vuelve loca.

Es como tener por corazón un pajarito enjaulado que canta y silba los más alto que puede, que intentar volar lo más alto que puede, que hace signos con sus alas para que lo dejes salir… y ignorarlo. Hasta que un día se muere y tan solo vos te das cuenta de que ahí tenías un pajarito. Y de qué se mueren los pajaritos, si con sus alas se podrían ir a cualquier lado? La muerte no les cae bien a los que tienen alas, es una antítesis a la libertad y habilidad de volar.

Aún confieso que me pone miedo marcharme así, tan solo por marcharme. De la misma manera que me pone miedo vivir en la locura por no hacerle caso a la vida, miedo de vivir la parálisis de la certidumbre, la solitud de las convicciones.

Así que antes que sea demasiado tarde, antes que me vuelva loca, nos marcharemos —o mejor, volaremos —mi vida e yo. Mientras tanto, aprendemos a volar hasta que no haya el próximo lunes. Mientras no despegamos, cada día será un pequeño paso en dirección al horizonte.