Cartas al más allá

Ya pasaron casi seis meses desde el martes en el que abandonaste este mundo, aunque a veces pareciera que fue ayer. Se me vienen imágenes, frases, recuerdos y me invade la angustia. Es como si el tiempo no hubiera pasado y estuviera sufriendo hoy el golpe, el impacto, la tragedia que me atraviesa y me parte al medio.

Hay otros días en los que lo siento como algo más lejano, distante, como un punto que se va desdibujando. Las imágenes se hacen menos nítidas, los recuerdos se tornan borrosos y el dolor parece disiparse por momentos. Aparece una pequeña esperanza, como la luz que se cuela por los agujeros de la persiana y dibuja formas en el techo.

Las dos cosas me causan angustia en partes iguales, el recordar lo que pasó y el miedo de estarte olvidando. Hago un esfuerzo por seguir adelante, intento superar la pérdida pero a la vez me da terror dejarte ir, sentir que te pierdo, saber que tu voz y tu cara me van a ser cada vez más lejanas.

Pienso en todas las conversaciones que ya nunca vamos a tener, en todos los cafés que nunca vamos a tomar y en todas los momentos que ya no van a existir. Porque con vos se fue también una parte de mí y ahora sólo hay fragmentos, agujeros, ausencias.

Nada es lo mismo y a la vez, el mundo espera que así sea. Hay que levantarse, ir a trabajar, seguir como si nada hubiera pasado. A veces sonrío como si no me estuviera muriendo por dentro, aparento ser fuerte frente a los demás, intento ser feliz, aunque sea de a ratos.

El instinto es llorar, gritar, patalear. Querer que alguien pague por la injusticia, que el que te hizo esto sufra tanto como lo estoy haciendo yo, como lo estamos haciendo todos. Pero nada de eso me alivia, porque la única certeza que tengo es que no hay alivio posible. El único camino es aprender a convivir con el dolor, la incertidumbre y las miles de preguntas sin respuesta.

Nunca te pude decir lo que sentía porque cuando te vi, por primera vez en mi vida me quedé sin palabras. Quise hablarte, decirte lo que estaba sintiendo, expresar lo mucho que te quería. Pero no pude, la impotencia era muy grande y todas las palabras me quedaron atragantadas. No pude hablar, no pude decir nada, apenas pude tocarte.

Así que hoy, seis meses después, decido empezar escribirte. Como una forma de que no queden en el tintero todas esas palabras, de que las ideas se ordenen y logren salir de mi cabeza. Decido escribir porque es lo único que me salva, porque me ayuda a reconstruir tu memoria y a intentar llenar los vacíos.

Hoy, te empiezo a escribir para que sepas todas las cosas que nunca te pude decir. Te escribo para lidiar con la ausencia y el dolor. Tití, te escribo para que estés donde estés, sepas que te amo y que te voy a recordar siempre.

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