Crónicas del domingo

Hoy fue un día muy atareado y, por tanto, productivo. Desayuné temprano. Me bañé y me puse a hacer «tareas». Prácticamente vi Face, leí sobre inversiones, aunque no pude revisar mis inversiones porque nunca me mandaron el mensaje de confirmación. Fui a comprar el pollo asado. Almorcé. Volví al ordenador. La señorita M. me mensajeó y me dijo que había roto con su «novio» después que le contó TODA nuestra aventura del viernes. En el mensaje, me dijo que se quería hacer monja después de sufrir tanto por amor. Leí la biografía de Lord Byron. Escribí un poco al reporte de Tintern Abbey. Contacté a mi profe para que me ayudase a detallar los rasgos estilísticos de ese poema. Volví a revisar Face. La hermosa colombiana me mandó un mensaje erótico. Le contesté y me salí. Salí a jugar con mis hermanos «Golf». Diego, mi hermano menor, me venció hasta el segundo juego. Me entré y mis padres me pidieron que dejará brillante la cocina. Fui a encontrarlos después que venían cargados con leche, huevos y canela. Obviamente, mi padre me entrega la bolsa más pesada y caminamos hacia la casita de Sheridan. Mi madre me pide que acomodé los huevos pero le digo que estoy cenando. Mi padre reniega por qué le ayuda a hijos perezosos buenos para nada como yo. Asiento y sigo comiendo. Apenas término de cenar cuando mi madre me ordena a que vaya a apear la lavadora que se nos arruinó la semana antepasada. Me pongo los guantes de cuero y voy con mi padre cínico a apear la dichosa lavadora. Pesa mucho, pero el macizo y yo logramos bajarla y encerrarla en la casita móvil. Al regresar, revisó el cel y la amante no ha de vuelto mi mensaje. «Bueno, así son estas gringas, maje. Después que les consolás su monte no te devuelven ni un pedo», pienso. No he ni llegado a mi cueva cuando mi madre vuelve a gritarme. Esta vez para lavar los trastos sucios de mis hermanos y mi padre mimados. Son las siete y cincuenta y cinco de la tarde y todavía no he hecho mi tarea. Escojo dos versos sobre los poemas de los obreros de la Inglaterra del siglo diecinueve y escribo que me interesa cómo las preocupaciones de los campesinos se revuelven en lo eternamente agrícola. Me desconecto totalmente de la red y apago el ordenador. Me pasó el hilo dental y me voy a cepillar. Y cuando miró a mi izquierda, anda un ratón moribundo por el basurero y corro fuera del minucioso baño. Al salir me golpeo la cadera izquierda con la chapa de la puerta. Maldigo al ratón y, mientras me cepillo los dientes, no paro de voltear a ver si el maldito ratón me pilla mis desnudos dedos. No lo hace y logro irme a acostar para sonreírle al lunes.

— JARD