El día en que conocimos a Hugo Chávez

La madrugada del martes 4 de febrero de 1992, en Venezuela se cambiaron los cantos de los gallos por detonaciones de rifles, ametralladoras y ruidos de tanquetas. Era el día.

Ese día, nuestro país sintió estremecer verdaderamente los cimientos de su democracia en 34 años. Esa noche, bautizada como “Operación Noche de los Centauros”, parece haberse olvidado o, al menos, sus propios protagonistas la desligan de la realidad, de cómo fue vivida, de que fue un golpe de Estado a un presidente legítimamente electo.

Pero el romance de los militares venezolanos con el poder en el siglo XX no comenzó con Hugo Chávez; durante la primera mitad, el poder había estado mayormente en manos castrenses, desde Cipriano Castro, en 1899, hasta que acabó la dictadura de Marcos Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958.

Tampoco los avatares golpistas fueron exclusivos del hombre de Sabaneta de Barinas, ya que el primer presidente de la recién constituida cuarta República, Rómulo Betancourt, sobrevivió a un atentado que casi le quita la vida el 24 de junio de 1960 -de hecho, le quitó la vida al jefe de la Casa Militar, coronel Ramón Armas Pérez-. Además, en mayo y junio de 1962 se enfrentó a los levantamientos militares en Puerto Cabello, Carúpano y Barcelona.

Chávez conspiraba desde 1983

Caldo de cultivo
Pasaron treinta años y la realidad en el país era un caldo de cultivo para los movimientos insurrectos; para finales de 1991 y principios de 1992, 60 por ciento de los venezolanos vivían en una cruda situación de pobreza, los productos escaseaban, y las manifestaciones populares estaban a flor de piel.

Carlos Andrés Pérez, de Acción Democrática, electo presidente de la República en los comicios de diciembre de 1988, gobernaba bajo un aguacero de amenazas y solicitudes para su renuncia, reducción de su mandato, la reforma a la Constitución, un referendo, la convocatoria a una Asamblea Constituyente, y solapadas amenazas militares.

Encuestas llevadas a cabo en 1991 por la empresa Mercanálisis reflejaba que el 34 por ciento de los venezolanos apoyaría un alzamiento armado. Para ese entonces, las clases pobres estaban divididas, pues 55 por ciento aseguraba aceptar una reacción armada en contra del Gobierno, mientras que el 45 por ciento rechazaba tales acciones. Para tener una idea, hoy Datanálisis señala que Maduro tiene apenas un 22 por ciento de apoyo popular.

El Ejecutivo se encontraba avisado de lo que venía. José Vicente Rangel, Arturo Uslar Pietri y el expresidente Luis Herrera Campins alertaban públicamente sobre la posibilidad de una asonada golpista. Por otro lado miembros de inteligencia militar, y compañeros de partido del presidente Carlos Andrés Pérez hacían lo mismo pero de manera privada.

Llegó el día

El ministro de la Defensa para ese entonces, Fernando Ochoa Antich, advirtió personalmente al presidente en la noche del 3 de febrero, cuando le informó sobre la existencia de rumores que hablaban de movimientos sospechosos de contingentes militares. Al llegar a Miraflores (Palacio Presidencial), un poco pasada la medianoche, se reciben varias llamadas para dar la misma información, entre ellas, la de un dirigente de Acción Democrática, Luis Alfaro Ucero. Para el presidente Pérez ninguna noticia era buena.

No obstante, las advertencias para Pérez no nacieron la noche anterior a día del golpe de Estado. Desde hacía 10 años se sabía de la creación de un grupo de oficiales medios de las Fuerzas Armadas, los cuales eran conocidos como Comacates (Comandantes, Mayores, Capitanes y Tenientes), grupo formado bajo la tutela del entonces teniente Hugo Chávez Frías, y su función principal fue la de conspirar contra el sistema establecido desde el 23 de enero de 1958.

El general (r.) Carlos Julio Peñaloza, entonces, al parecer fue el único en tomar en serio los panfletos que profetizaban la amenaza que representaban los Comacates, pero sus denuncias nunca fueron escuchadas. Los panfletos decían, entre otras cosas, que pasarían por las armas, después de juicios sumarísimos a los jefes militares y políticos, así como a los grandes empresarios venezolanos.

Peñaloza no era el único al tanto de la conspiración en contra de la democracia. Alejandro Izaguirre, ministro de Relaciones Interiores en 1989, recibió de manos de la División de Inteligencia del Ejército, un plan detallado para derrocar al gobierno y asesinar al presidente.

Extrañamente a sabiendas de todo esto, nadie hizo nada para detener la conspiración. El camino para las acciones del 4 de febrero de 1992 estaba completamente asfaltado, los protagonistas se conocían y sabían qué eran capaces de hacer cada uno de ellos.

Péres se escabulló gracias a una secuencia de errores de los golpistas

El día en que la democracia casi desaparece de un golpe

El ambiente estaba cargado. Hugo Chávez y los Comacates estaban decididos, desde hacía un par de semanas se conocía que en febrero habría un golpe de Estado. Entre finales de 1991 y comienzos de 1992, el ciudadano común desayunaba, almorzaba y cenaba rumores de golpe, se respiraba en el aire. Tan pesado como smog matutino en Caracas.

A pesar de todas las críticas en su contra, el presidente de la República, Carlos Andrés Pérez, no aplazó su viaje a la Cumbre Económica Mundial en Davos, Suiza, y su regreso sería para el 3 de febrero. Ese fue el momento que aprovecharon los insurgentes, quienes para emboscar al Presidente, antes de su llegada en la tarde del 3 de febrero, tomaron la Base Aérea Francisco de Miranda, mejor conocida como La Carlota.

Lo que los golpistas no previeron es que Pérez arribó pasadas las 10:00 de la noche, y por el Aeropuerto Internacional de Maiquetía. Ya los golpistas habían cometido su primer error.

La noche que llegó, el 3 de febrero, bajando las escalerillas del Boeing presidencial -El Camastrón-, el ministro de la Defensa, Fernando Ochoa Antich, aprovechó para poner al tanto a Carlos Andrés Pérez de lo que se avecinaba.

En su viaje a Miraflores, cuentan que Pérez se cruzó con una tanqueta rebelde, la cual pasó de largo.

Los rebeldes planeaban tomar Miraflores, sus acciones en la ciudad capital se centraban en eso, y su victoria se consagraría acabando con la vida del mandatario para así difundir su propio comunicado al país (nunca se supo qué habrían dicho).

Nuevamente un error táctico

Carlos Andrés Pérez estaba acorralado en Miraflores, momento en que recibe una llamada de su homólogo colombiano, César Gaviria, para preguntarle si había un golpe. La respuesta del presidente venezolano fue poner el auricular para que Gaviria escuchara los disparos y las tanquetas queriendo entrar a Miraflores.

Los golpistas habían logrado salvar algunas defensas del Palacio Presidencial y Pérez intentó correr a través de unos túneles que comunicaban el edificio gubernamental con algunas construcciones cercanas, pero no se pudo hacer pues la puerta de entrada estaba con llave, y nadie sabía quién la tenía. Fue entonces cuando Iván Carratú Molina, jefe de la Casa Militar, colocó al presidente un sobretodo, lo condujo por una puerta que habían olvidado custodiar los insurrectos, y tomando un viejo Ford LTD, color negro, escaparon casi sin escolta.

Ya los golpistas habían tomado el Palacio Presidencial pero su falta de comunicación para hacérselo saber al comandante Hugo Chávez Frías, quien estaba apertrechado en el Cuartel de la Montaña, fue su segundo y quizá más grave error táctico.

Algunos de los miembros de los “comacates” que protagonizaron el golpe

Venezuela en shock

Bautizada como “Operación Noche de Centauros”, el golpe de Estado del 4 de febrero de 1992 tuvo un comienzo quirúrgico. En Valencia, Maracay, Caracas y Maracaibo los movimientos comenzaron en sintonía después de la media noche, tal como estaba planeado.

Hugo Chávez Frías, Miguel Contreras Ortiz, Francisco Arias Cárdenas y Jesús Urdaneta Hernández eran los líderes militares de la asonada golpista. A ellos se le habían sumado 136 oficiales del Ejército de Venezuela, y se implicaron 1.240 soldados, todos identificados con una banda tricolor en el brazo izquierdo.

Ningún contingente de otra fuerza castrense diferente al Ejército se sumó a la acción golpista. Pero esto distaba de ser tranquilizador, pues el diez por ciento de la fuerza militar del país se había involucrado; eso se traducía en 12 batallones de los 120 con los que cuenta nuestra Fuerza Armada, y un total de 40 tanquetas se desplegaron, más del doble cuando “La Noche de los Tanques”.

Chávez surgió del quebranto del sistema bipartidista para triunfar en las elecciones de 1998

La carrera por la TV

“Un factor clave para ganar una guerra, es salir primero en los medios y declarar la victoria, mucho más si esos son objetivos militares”.

Los medios de comunicación eran objetivo de alto nivel para los alzados el 4 de febrero, y la operación contemplaba la transmisión en cadena nacional de un comunicado grabado previamente. A pesar de haber tomado las instalaciones de Venezolana de Televisión, dejando tras de sí un rastro de más de 20 trabajadores de la estación muertos en este operativo, los golpistas no pudieron transmitir el famoso vídeo. Lo habían grabado en un formato que no era compatible con el utilizado en la planta televisiva estadal.

Este nuevo error, más técnico que táctico, regaló tiempo al Gobierno. El Presidente, luego de escapar milagrosamente de Miraflores, emprendió rumbo a la urbanización de La Colina, donde está la sede de Venevisión, a fin de hacer llegar un mensaje tranquilizador al país, y un ultimátum a los insurrectos.

Todos fuimos testigos a través de las pantallas de nuestros televisores del mensaje presidencial. Vimos un presidente Pérez sin bandera, sin edecanes, cansado, pero enfatizando que la democracia había ganado.

Este fue en definitiva el principio del fin de un golpe que nació derrotado. Nació así porque no contó con el apoyo popular esperado, o mejor dicho, no tuvo apoyo popular, así como tampoco tuvo el refuerzo de otra fuerza militar, y la Guardia Nacional conjuntamente con la Policía Metropolitana pudieron, valientemente, detener a los golpistas.

La formación militar de Chávez quedó en evidencia durante todo su mandato

Recaptura de Miraflores

Después de su mensaje a la nación, Pérez se pudo comunicar con su ministro de la Defensa, quien le dijo que se encontraba negociando con los rebeldes. “No quiero negociaciones, écheles plomo, porque quiero irme ya para Miraflores” fue la respuesta del Presidente de la República.

Minutos más tarde el general de brigada Alfonso Oviedo recuperaba el Palacio Presidencial. Media hora más tarde Carlos Andrés Pérez estaba en su interior. Eran las 5:30 de la madrugada.

Batalla campal

Horas faltaban para la rendición final de los golpistas. Ya los muertos superaban los doscientos veinte, entre civiles y militares, pero las cifras extraoficiales hablan de más de medio millar de caídos. La Base Aérea Francisco de Miranda, La Carlota, era el centro de los disparos, allí se concentraba el último reducto de los alzados.

El final de una historia que aún se escribe

“Compañeros, lamentablemente por ahora los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital, es decir, aquí en Caracas no logramos controlar el poder. Ustedes lo hicieron muy bien allá, pero ya es tiempo de evitar más derramamiento de sangre”. (Palabras del teniente coronel Hugo Chávez Frías a los medios venezolanos, transmitido en todas las televisoras).

Y Chávez tenía razón, sí lo habían hecho bien fuera de Caracas. En Maracay, Jesús Urdaneta Hernández, había tomado el Cuartel Páez. En Maracaibo, con Francisco Arias Cárdenas, los golpistas atraparon al gobernador Oswaldo Álvarez Paz y a su familia, y los mantuvieron encerrados por más de diez horas. También Miguel Contreras Ortiz tomó los neurálgicos comandos 35 y El Libertador. Solamente un objetivo no se cumplió. Solamente Chávez fracasó. En ese momento.

Estamos preocupantemente igual

Inmediatamente después del golpe de Estado, cartas de apoyo a Pérez llegaron de todo el mundo, incluyendo Cuba, Perú, Estados Unidos, Bolivia y Colombia. Los victoriosos llamaban a los derrotados golpistas, fascistas, traidores. El ministro de Asuntos Exteriores, Armando Durán, dijo a corresponsales extranjeros: “No fue golpe, sino una operación de un comando fascista, con la intención de asesinar al presidente y tomar el poder”.

Al comparar la Venezuela antes del 4 de febrero, y la Venezuela actual hay demasiadas similitudes.

Una publicación de Editorial Centralca, de marzo de 1992 dice así: “Seguía el mismo ritmo, la misma contradicción entre la mayoría a quien no le alcanzaba el salario y minorías elitistas que abusaban de los pingües beneficios del poder: dinero gastado a raudales, quintas faraónicas, automóviles de lujo oriental, exhibicionismo de nuevorriquismo”.

Venezuela y sus gobernantes parecen no haber aprendido nada.

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