Nacionalismo derechista puro y duro -¿Es eso marxista?

La “peste zombie” rojiparda o cómo se están popularizando las ideas fascistas en la izquierda (I)

Traducción del texto publicado originalmente en Fightback,el 9 de mayo de 2018.

DAPHNE LAWLESS

Prefacio

Este análisis es una continuación de tres artículos míos anteriores que han aparecido anteriormente en las publicaciones de Fightback:

- “Contra el Campismo”, noviembre de 2015

- “Contra el izquierdismo conservador”, febrero de 2016

- “Trump, Brexit, Siria… y el izquierdismo conservador”, diciembre de 2016

El segundo y tercer artículo se recogen en nuestro folleto “¿Qué es el izquierdismo conservador?” De aquí en adelante, las referencias a los artículos en ese folleto serán citadas con la WiCL y el número de página.

Introducción: Teorías de la conspiración y “la gente de las vainas”

Cuando escribí “Contra el izquierdismo conservador” hace poco más de dos años, consideraba inquietante que los socialistas se unieran para apoyar la bandera de la era colonial de Nueva Zelanda. Si me molestaba entonces, no quedan palabras para describir cómo sentirme en una época en la que los activistas revolucionarios comprometidos -gente con un honorable historial de lucha a favor de una sociedad sin clases y contra toda opresión- no dudan en argumentar que los recientes ataques químicos contra ciudades controladas por rebeldes en Siria son una “bandera falsa”, algo orquestado por el estado de EE.UU. o sus aliados para justificar una invasión. Incluso uno de mis músicos favoritos ha repetido recientemente una calumnia tan infundada desde el escenario del concierto.

Podemos decidir a cara o cruz qué versión es más repugnante, si ésta o la explicación alternativa, que los ataques fueron reales pero fueron llevados a cabo por los propios rebeldes -es decir, los rebeldes asesinaron a sus propios hijos con el fin de manipular la opinión extranjera. Éste no es el espacio para desmontar estas teorías de conspiración -esto ya ha sido admirablemente hecho por muchas fuentes, por ejemplo Bellingcat o Snopes. El escritor ecosocialista británico George Monbiot también desmanteló hábilmente la anterior negación de ataque química del régimen sirio el año pasado. La cuestión -entre otras- que quiero tratar aquí es la de la similitud entre este comportamiento y el de los teóricos de la conspiración de derechas que gritan regularmente “Bandera falsa” en todas las masacres en los Estados Unidos -desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York hasta los deprimentes tiroteos masivos en las escuelas.

Es de sentido común en los círculos liberales e izquierdistas que ideas como “La verdad del 11 de septiembre”, las teorías de que el certificado de nacimiento de Barack Obama fue falsificado, o que las víctimas de los tiroteos en las escuelas de Sandy Hook o Parkland eran “actores de crisis”, son fantasías salvajes ya sean inventadas por los fanáticos y los mal informados para justificar sus prejuicios, o bien narrativas falsas que se les da de comer deliberadamente a estas personas (con fines de lucro o de ventaja política) por operadores mediáticos sin escrúpulos como FOX News o el Alex Jones de InfoWars. Nos horroriza que los padres de las víctimas de tiroteos en la escuela sean acosados por extraños desquiciados que les llaman colaboradores de la conspiración y les dicen que sus hijos muertos no existen.

Sin embargo, esto es precisamente lo que gran parte de la izquierda occidental ha estado haciendo a las personas cuyos hijos murieron envenenados con cloro en los sótanos de Duma, Siria. El experimentado periodista occidental Robert Fisk incluso viajó a Duma -cortesía del gobierno sirio- para hablar con un médico anónimo que confirmara tales fantasías. Esto, mientras los inspectores de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ) seguían sin poder acceder al lugar, para que el régimen y sus aliados pudieran hacer desaparecer las pruebas.

La motivación es clara. Las teorías de la “falsa bandera” se basan en la idea de que una conspiración secreta para manipular a la opinión pública está contando elaboradas mentiras, y que las fuentes principales son parte de esta conspiración. Alex Jones afirma que los tiroteos en las escuelas son arreglados/falsificados por el estado de EE.UU. (o una facción secreta dentro de él, conocida como el “Estado Profundo”) para eliminar los derechos de los ciudadanos de EE.UU. a portar armas. La izquierda argumenta lo mismo sobre las atrocidades en Siria, sólo que el objetivo de los conspiradores es construir apoyo para una invasión de Siria para el “cambio de régimen”. Historias similares circulan actualmente en los medios sociales de izquierda sobre las protestas contra los recortes de derechos sociales en Nicaragua, y su represión asesina por el gobierno de ese país (buscad “Nicaragua CIA” en Twitter). La extrema derecha y la izquierda terminan con la misma narrativa: hay una conspiración dentro del actual Estado estadounidense para fingir atrocidades y movimientos de protesta con el fin de ampliar su influencia, que debe ser rechazada. De hecho, los fascistas norteamericanos son tan entusiastas como cualquiera en la izquierda norteamericana en negar los ataques químicos en Siria — el artículo de Snopes citado arriba reproduce un tweet de una celebridad de la derecha “alternativa” y estrella del famoso video del “puñetazo en la cara”, Richard Spencer, haciendo precisamente eso.

La cuestión no es si los Estados han fingido alguna vez ataques para justificar las intervenciones (hay pruebas de que la intervención de Estados Unidos en Vietnam comenzó con uno). La cuestión es la voluntad de la izquierda de actuar como seguidores de FOX News o InfoWars, de utilizar la falacia lógica conocida como el “argumento de las consecuencias” para negar hechos en informes inconvenientes. La falacia es así: si X es verdad, llevaría a consecuencias políticas a las que me opongo; por lo tanto, X no puede ser verdad. Y cualquier evidencia de que X es verdad es, como diría Donald Trump, “FAKE NEWS”. Si lo único que queremos hacer es oponernos a la intervención estadounidense en la guerra siria (ignorando por el momento que Estados Unidos ha estado involucrado en la guerra siria desde 2014, lanzando más de 1.000 ataques aéreos contra el “Estado islámico”), entonces simplemente no es necesario negar las atrocidades de la guerra química del régimen de Assad. Todo lo que tenemos que hacer es argumentar que los ataques de los Estados Unidos contra el régimen de Assad no impedirían tales atrocidades y empeorarían las cosas.

Robin Yassin-Kassab, coautor de un texto esencial sobre el conflicto de Siria, “Burning Country”, habló recientemente de sus encontronazos con activistas occidentales sobre cómo “los Rothschilds” o “oleoductos” eran el secreto detrás de todos los conflictos de Oriente Medio, y comentó:

Los árabes y los musulmanes son notoriamente vulnerables al pensamiento conspirativo, en parte porque en una generación anterior mucha política se hacía realmente por conspiración, y en parte por pereza intelectual. Siempre ha sido más sencillo culpar a’los judíos’ o’los chiís’ de todos los males que ocuparse de solucionarlos. Pero en realidad, no. Las teorías de conspiración no sólo promueven la inacción complaciente, sino que también crean nuevas tragedias. En el noroeste de Pakistán, por ejemplo, donde se corrió la voz de que la vacuna contra la poliomielitis era un veneno de las Naciones Unidas para hacer infértiles a los musulmanes, una nueva generación se ha visto frenada por la enfermedad.
Tal vez haya más excusas para conspirar en regiones donde la gente está sujeta a los traumas de la pobreza, la dictadura y la guerra. Si es así, su creciente prevalencia en el Occidente educado y próspero es más difícil de explicar.

Entonces, ¿qué hay detrás del entusiasmo de la izquierda activista occidental por estas narrativas negacionistas? El argumento que deseo exponer en este artículo es el siguiente:

1. La creciente disposición de los activistas de izquierda a creer una teoría de la conspiración ideológicamente conveniente ante la presentación de informes bien fundamentados es parte de una creciente convergencia de la retórica izquierdista y de extrema derecha, en particular en torno a la guerra en curso en Siria. Mientras que -con algunas excepciones que se discutirán- los izquierdistas no se alinean abierta o conscientemente con los fascistas, muchos aceptan cada vez más ideas que están inquietantemente cerca de las narrativas fascistas. La idea de una política que unifica a izquierdistas y fascistas ha sido conocida históricamente con muchos nombres, incluyendo estraserismo, Tercera Posición o Querfront (en alemán “frente cruzado”). En este artículo usaré el término bien establecido rojipardo; el pardo de las “camisas marrones” nazis (tropas de asalto).

2. Esta convergencia “rojiparda” se basa en un reconocimiento político erróneo del globalismo neoliberal como una conspiración de EE.UU. y otros países occidentales para la dominación global, en lugar de una estrategia adoptada por la clase capitalista global en su conjunto. Esto ha llevado a la izquierda a un “antiimperialismo” que es de hecho nacionalismo bajo otro nombre; que lleva a la unidad programática con los fascistas que apoyan a los “estados étnicos” autoritarios.

3. Este es un problema que atraviesa la división “revolucionaria/reformista” de la izquierda. Una fuerte base de este pensamiento se encuentra en la revitalizada tendencia “marxista-leninista” (ML) en Internet, pero la aceptación del nacionalismo, el tradicionalismo y el anti-racionalismo que he llamado previamente “izquierdismo conservador” tiene una larga historia tanto en las tradiciones socialdemócratas como comunistas de izquierda, incluyendo la base de apoyo del líder laborista británico Jeremy Corbyn.

4. Esta convergencia es fomentada por las ramas de propaganda/inteligencia del Estado ruso, por sus propias razones geopolíticas. Pero también se perpetúa por la falta de voluntad de los socialistas (que han vivido décadas de aislamiento) de luchar entre ellos por la línea política; o, peor aún, por un rechazo más o menos consciente de la solidaridad internacional a favor de mantener el mayor “frente amplio” en casa. Finalmente, hay un pequeño contingente de personas asociadas con la izquierda que han descartado el principio antifascista y ahora apoyan activamente un Querfront (con el Estado ruso, la “alt-right” estadounidense e incluso la administración Trump) contra el globalismo neoliberal. Si bien esta alianza explícita constituye una minoría de la izquierda, debe ser combatida activamente.

Algunos izquierdistas de las redes sociales han expresado su desconcierto por el hecho de que sus antiguos camaradas hayan sostenido teorías de la conspiración en apoyo del brutal régimen autoritario de Siria. Algunos han usado bromeando el término “los de las vainas” — una imagen tomada de la vieja película de terror “Invasion of the Body Snatchers” (La invasión de los ladrones de cuerpos), donde la gente es reemplazada por clones cultivados en vainas por invasores extraterrestres. Prefiero utilizar otro tropo de ciencia ficción, el de la “peste zombie”. En mi opinión, la política rojiparda es el equivalente intelectual de una enfermedad infecciosa que se ha apoderado de gran parte de la izquierda y ha llevado a muchos buenos camaradas a tomar posiciones que les han llevado a apoyar las posturas fascistas. Sigo creyendo que hay una “cura” para esta peste, que se puede recuperar a los buenos activistas de tales posiciones, y que artículos como éste pueden jugar un papel en ello.

¿Política de clase o geopolítica? — contra el “alt-imperialismo”

En un artículo publicado en agosto del año pasado, el académico y periodista británico-pakistaní Idrees Ahmed resumió hábilmente lo que él llama la tendencia “alt-izquierdista” en la política occidental. Su artículo vale la pena leerlo en su totalidad si no estás al tanto de la situación pero aquí hay algunos extractos destacados:

…una corriente de izquierdas que ve al liberalismo y no al fascismo como el principal enemigo. Se distingue principalmente por un inconformismo reaccionario, un resentimiento furioso y una cosmovisión conspirativa.
En sus preocupaciones está más cerca de la derecha: Más alarmados por la victoria de Hillary Clinton en las primarias que por la victoria de Donald Trump en la presidencia; más preocupados por las imaginarias conspiraciones del “Estado Profundo” que por la verdadera subversión rusa de la democracia estadounidense; ansiosos por evitar una guerra global que nadie está contemplando pero apoyando una alianza de EE.UU. con Rusia para una nueva “guerra contra el terror”.
Al igual que la derecha, desprecia a los “globalistas”, ve el internacionalismo como una frivolidad liberal, y su solidaridad se limita a los regímenes represivos en el extranjero…..
Para la izquierda alternativa, el llamamiento de Hillary Clinton a crear una zona de exclusión aérea para proteger a los civiles de Siria era una prueba de que ella quería una guerra global. Donald Trump, por otro lado, iba a proteger a Estados Unidos de la Tercera Guerra Mundial debido a su “mentalidad no intervencionista” (Glenn Greenwald).
Jill Stein y Susan Sarandon insistieron en que Trump era “el mal menor”. Incluso sus bombardeos fueron “consistentes con sul particular punto de vista ‘no intervencionista’ “ (Greenwald & Tracey).

Estos argumentos resultaron convincentes para una pequeña pero significativa minoría de la población votante de Estados Unidos, lo que fue suficiente para trazar el camino en el que nos encontramos ahora. El 10% de las personas que votaron por Bernie Sanders en las primarias demócratas que luego votaron por Trump en las elecciones generales, bien podrían haber inclinado la balanza.

Como se ha sugerido anteriormente, no creo que este tipo de política sea cada vez más frecuente debido a un apaciguamiento consciente frente al fascismo (en la mayoría de los casos). En parte, es el resultado de la lógica en el interior de los argumentos de la “izquierda conservadora” que he señalado que se han convertido en hegemónicos en la izquierda occidental — argumentos basados en el nacionalismo, el tradicionalismo y el antirracionalismo. Pero más recientemente, estas ideas han sido propagadas asiduamente por redes de medios de comunicación extremadamente bien dotadas de recursos (tanto estatales como corporativos), lo que ha llevado incluso a antifascistas acérrimos a adoptar posiciones y argumentos que concuerdan con los principios fascistas.

La cuestión más apremiante, tal como yo lo veo, es que una parte considerable (quizás una mayoría) de la opinión liberal y de izquierda en Occidente ha adoptado una visión unilateral del imperialismo, que tiene más que ver con las ideas fascistas que con la tradición socialista. En el análisis clásico de Vladimir Lenin, formulado contra otros socialistas que pensaban que la globalización capitalista conduciría a la paz mundial, el imperialismo es “la fase más reciente (también traducida como la “etapa más alta”) del capitalismo”. Contra Karl Kautsky, que creía que la globalización capitalista podría conducir al fin de la guerra, Lenin argumentó que la expansión internacional de las empresas capitalistas y su fusión con el poder estatal conduciría inevitablemente a rivalidades militares por los mercados y los recursos.

Sin embargo, parece que gran parte de la izquierda ha adoptado (abierta o discretamente) la idea de que el “imperialismo” sólo se aplica a Estados Unidos, o al grupo de países capitalistas avanzados de los que generalmente se considera que Estados Unidos es el líder. Estados como Rusia o China, por este análisis, no pueden ser imperialistas por definición. Y como la globalización neoliberal es vista como la última estratagema del imperialismo centrado en EE.UU. para lograr la dominación global, el neoliberalismo, la globalización/”globalismo”, el imperialismo y el poder “occidental” están todos colapsados en el mismo significado. Este análisis conspirativo del globalismo neoliberal ve el fenómeno como una estratagema de un estado, una facción de estados o actores dentro de un estado para lograr la dominación mundial. Por el contrario, un análisis sistemático del globalismo neoliberal, siguiendo el de Lenin, lee el neoliberalismo y la globalización como una reacción del sistema capitalista global en su conjunto para expandir sus ganancias. Esto último apunta en la dirección de la solidaridad global entre los oprimidos; lo anterior pone a la izquierda en el mismo campo que los fascistas. (Discutiré lo que yo veo como los orígenes intelectuales de esta interpretación del “imperialismo” en la izquierda más adelante en este artículo).

El “brote” más obvio de esta peste zombie rojiparda es el debate sobre el conflicto en curso en Siria. Dado que la política exterior del Estado norteamericano bajo el presidente Barack Obama y la secretaria de Estado Hillary Clinton (el punto culminante del neoliberalismo hasta la fecha) consistía en hacer frente a la expansión rusa y apoyar (aunque a medias) a los movimientos de liberación de la “Primavera Árabe”, muchos izquierdistas consideran a estos movimientos como enemigos (“marionetas estadounidenses” y/o “terroristas”). Sinceramente, para gran parte de la “izquierda antiimperialista”, es preferible que Bashar al-Assad gasee a niños hasta matarlos en un sótano que que Estados Unidos u otros países occidentales interfieran en esto de alguna manera. Pero la interferencia rusa o iraní para apoyar a Assad no es un problema del que valga la pena hablar, y mucho menos demostrarlo. En esto, la Izquierda “alt-imperialista” imita precisamente los argumentos de la derecha fascista — como se ve cuando los fascistas marchan al lado de los antiimperialistas de izquierda en contra de la intervención occidental en Siria, ambos con imágenes de Assad y Putin.

A continuación, quiero profundizar en un par de artículos de izquierdistas, no entre aquellos que apoyan conscientemente el régimen de Assad o la política exterior rusa, sino los que en la superficie son artículos “antifascistas” que repiten como sentido común las mismas ideas que han permitido a los activistas fascistas caminar de la mano con los izquierdistas antiimperialistas en el tema de Siria.

Mi primer ejemplo es el respetado marxista estadounidense John Bellamy Foster. En medio de un artículo generalmente excelente que argumenta que la administración Trump es de hecho neofascista, el autor ofrece el siguiente resumen de la política exterior de EE.UU. durante la última década:

El empuje de la OTAN hacia Ucrania, apoyando un golpe de derecha en el intento de controlar a Rusia como una superpotencia reemergente, llevó a una resistencia rusa bajo el mando de Vladimir Putin, con la anexión de Crimea y la intervención en Ucrania a lo largo de sus fronteras. Rusia respondió además interviniendo agresivamente en Siria, socavando el intento de Estados Unidos, la OTAN y Arabia Saudita de derribar el régimen de Assad apoyando a fuerzas subordinadas pro-salafistas (comprometidas con la creación de un estado suní fundamentalista)… La mayor parte de la clase dominante y el estado de seguridad nacional estaban fuertemente comprometidos con una nueva Guerra Fría con Rusia, con Hillary Clinton prometiendo introducir zonas de exclusión aérea en Siria, lo que habría significado derribar aviones tanto rusos como sirios, llevando al mundo al borde de una guerra termonuclear global. (énfasis añadido)

Los puntos de discusión subrayados anteriormente -que el derrocamiento del gobierno de Viktor Yanukovych por el movimiento “Euromaidan” en Ucrania en 2014 fue un “golpe de derecha”; que los rebeldes sirios son “sunís pro-salafistas… fundamentalistas”, y que un ataque al apoyo ruso al régimen de Assad nos colocaría al borde de una “guerra termonuclear”- podría haberse sacado directamente de un comunicado de prensa de la embajada rusa. Una rápida búsqueda en Google mostrará que, en el mejor de los casos, son medias verdades engañosas y, en el peor, nada más que propaganda rusa. Para dar una ilustración obvia, las fuerzas turcas derribaron un avión ruso sobre Siria en 2015 — y Donald Trump atacó con misiles objetivos del régimen de Assad en abril de 2017 y en abril de 2018. Sin embargo, curiosamente, la guerra termonuclear aún no ha estallado.

De manera similar, el académico anarquista australiano Ben Debney cita aprobatoriamente un texto de Gary Leupp en el sitio web Counterpunch, un sitio web que ha sido una fuente de mucha propaganda asadista durante los últimos cinco años, que entre las buenas razones para no apoyar a Hillary Clinton ante Trump estaban:

…varias intervenciones de Estados Unidos durante la “Primavera Árabe”; el asalto de Estados Unidos y la OTAN a Libia que destruyó ese estado moderno, etc. (énfasis añadido)

Debney continúa argumentando que “el cincuenta y tres por ciento de las mujeres blancas que votaron por [Trump] podrían haber sentido que tener una mujer presidenta de la orden de los Neocon [neoconservador] no era la opción más liberadora sobre la mesa para las mujeres”. De manera similar, Bellamy Foster argumenta que la presión de Obama y Clinton hacia Rusia condujo a una escisión pro-rusa en la clase dominante, cuyos intereses se expresan a través de Donald Trump.

El argumento que ambos escritores están esgrimiendo es que el ascenso del neofascismo trumpista, o protofascismo, fue en parte alimentado por la política exterior “de halcones” de los neoliberales. Con esto se refieren a apoyar la insurgencia que derribó el “estado moderno” dictatorial y asesino de Muammar Gadafi en Siria; apoyar a ciertas fuerzas rebeldes en Siria (algunas de las cuales, aunque no todas, podrían describirse como islamistas o “salafistas”[i]); o presionar contra los intereses rusos en Europa Oriental.

Peor aún, Trump es visto a veces como un mal menor, no porque sea menos militarista que Obama o los Clinton, sino porque está del mismo lado que Rusia. Cada bomba lanzada sobre objetivos del “Estado islámico” como Raqqa está bien para los izquierdistas que sólo se preocupan por si Rusia apoya o no este caos (y lo hace). Una organización marxista-leninista estadounidense particularmente confusa lo expresó así:

… una presidencia de Clinton habría sido más peligrosa para la clase obrera internacional y los pueblos oprimidos del mundo… Una Clinton presidenta podría haber conducido a corto plazo a una gran guerra entre Rusia y los EE.UU… (Ray O’Light Newsletter, noviembre-diciembre de 2016, p. 4).

¿El fascismo como un mal menor a la confrontación con Rusia? En primer lugar, como ha escrito el periodista estadounidense Charles Davis en varias ocasiones (por ejemplo), la política exterior de Trump era abiertamente más militarista que la de Clinton. De hecho, antes de las elecciones prometió ampliar la actual campaña de bombardeos de Estados Unidos y sus aliados contra objetivos del “Estado islámico” en Siria. Nadie que tuviera una posición de principio en contra de las intervenciones militares estadounidenses podría haber apoyado a Trump ante Clinton. Pero sin duda era posible si apoyabas la política rusa, por ejemplo, en Ucrania y Siria, y querías que los Estados Unidos se ajustaran a esa política.

Curiosamente, también está ausente de estas críticas a los “halcones” neoliberales toda preocupación por los intereses y la agencia de los propios pueblos de los territorios en cuestión. La OTAN intervino para apoyar un levantamiento contra Gadafi; pero ¿por qué hubo un levantamiento? ¿Por qué formarían los sirios facciones armadas, incluso aquellas con un programa “salafista” conservador, en oposición a su régimen? ¿Por qué muchos ucranianos apoyarían a los partidos que buscan unirse a la alianza imperialista de la OTAN como un “mal menor” a la dominación de los intereses rusos? ¿Seguro que eso es lo primero que deberían preguntar los socialistas o anarquistas, dedicados a la democracia radical desde abajo? (Volveré a esta visión “orientalista” de Oriente Medio más adelante.)

Hace 20 años, la difunta académica socialista estadounidense Moishe Postone expuso el argumento en contra de este tipo de política:

Lo que la Guerra Fría parece haber erradicado de la memoria… es que la oposición a un poder imperial no es necesariamente progresista, que también hubo “antiimperialismos” fascistas. Esta distinción se difuminó durante la Guerra Fría en parte porque la URSS se alineó con regímenes autoritarios, por ejemplo, en Oriente Medio, que tenían poco en común con los movimientos socialistas y comunistas, que, en todo caso, tenían más en común con el fascismo que con el comunismo y que, de hecho, buscaban liquidar su propia izquierda. En consecuencia, el antiamericanismo sin más se codificó como progresista, aunque hubo y ha habido formas tanto profundamente reaccionarias como progresistas de antiamericanismo.

Ejemplos del “antiimperialismo fascista” anterior a la Guerra Fría podrían ser el llamamiento del Japón Imperial contra el imperialismo británico y francés para justificar su expansión al este de Asia, o Lehi, el grupo paramilitar sionista en la Palestina gobernada por los británicos que fue explícitamente fascista en algunas fases y rojipardo en otras.

Lo que Postone está llamando aquí es lo que anteriormente he llamado “campismo”, pero que también podría llamarse antiimperialismo rojipardo, o incluso, siguiendo el modelo del “alt-izquierdismo” de Idrees Ahmed, “alt-imperialismo”. Esta es la política en la que el imperialismo es visto sólo como proveniente de un país, o de una alianza de países, y es contrarrestado con la “soberanía nacional” de varios regímenes — no importa cuán autocráticos sean- en vez de con la autodeterminación y la autonomía de los pueblos. El periodista libanés Joey Hussein Ayoub le ha dado el nombre de “antiimperialismo esencialista” al mismo fenómeno: “definido únicamente en relación con los propios gobiernos y no sobre la base de una oposición universal a todas las formas de imperialismo”.

Amar Diwarkar argumenta que esto no es tanto un abrazo consciente de la política fascista, sino:

una tolerancia táctica de la lógica anti-establishment nativista de la extrema derecha para acelerar la disolución del orden dominante y lograr una fase de transición que preceda a la transformación social. Sin embargo, al eliminar la dimensión de lo internacional de su ámbito de aplicación, lo que queda es un relativismo sorprendentemente no radical. Su lógica subyacente está infundida de un inconsciente colonial; una convicción de que la agencia occidental es el sujeto eterno y el lugar del movimiento; el principal motor de la Historia.

Así, aunque Debney es un anarquista que critica fuertemente al estado soviético en Rusia, sus argumentos sobre cómo “el neoliberalismo ayudó a encumbrar a Trump” están de hecho en línea con ese izquierdismo estadocéntricode la Guerra Fría que apoyó a la URSS como el “mal menor” contra el imperialismo capitalista. Las luchas de la gente común en Oriente Medio y Europa del Este se ven en este marco enteramente a través de la lente de si el “poder” de EE.UU. se extiende de ese modo. Los gobiernos de Assad en Siria, Gadafi en Libia o Yanukóvich en Ucrania no son vistos en relación con el pueblo sobre el que reclaman autoridad, sino sólo si apoyan o se oponen a los supuestos diseños de la política exterior de Estados Unidos. El argumento no es sobre el “militarismo”, sino sobre el apoyo instintivo a cualquier Estado que se oponga a la política exterior de EE.UU. — y si son apoyados por la política exterior rusa, tanto mejor.

Bellamy Foster y Debney demuestran que incluso aquellos izquierdistas que reconocen las señales de advertencia del fascismo en su “base” ven a Trump como un posible contrapeso a aquellas partes del gobierno federal estadounidense que supuestamente planean la dominación global a través de la globalización neoliberal. En otro ejemplo reciente, el senador Bernie Sanders, la gran esperanza de la “izquierda” en las elecciones de 2016 contra el neoliberalismo clintonista, expresó su apoyo a la economía proteccionista de Trump. Da igual que los malos sean el “complejo militar-industrial” o “el Estado profundo”, el argumento es precisamente el mismo que el ofrecido por aquellos derechistas que admiten las faltas de Trump pero lo ven como un “antipolítico” que va a Washington para “combatir a las élites” y “drenar el pantano”.

Bellamy Foster y Debney argumentan que, de una manera u otra, “los neoliberales se lo hicieron a sí mismos”. Esto también refleja un argumento hecho por los pro-Trump y otras fuerzas de extrema derecha. La versión derechista del argumento es señalar cualquier apoyo al multiculturalismo, al feminismo o a los derechos queer/trans y decir: “Esta es la razón por la que la gente votó por Trump” (Busca en Google esa frase por ejemplo). Uno más sutil -escuchado tanto en la Izquierda como en la Derecha- es el justamente burlado argumento de la “ansiedad económica”, según el cual los votantes de Trump fueron motivados por la pobreza y la inseguridad causadas por la economía neoliberal. Todas estas narrativas tienen la misma base ideológica: proporcionar una coartada para los votantes de Trump, argumentar que los votantes de Trump no apoyaron “realmente” la declarada ideología xenófoba y militarista de su candidato y su comportamiento misógino.

Las últimas palabras tiene que ir dirigidas a la Ray O’ Light Newsletter, que está de acuerdo con Debney y Bellamy Foster, de una forma más simple y extrema:

En nuestra opinión, un fascista fue elegido presidente de los EE.UU., pero fuertes elementos del fascismo ya habían llegado aquí mucho antes de la elección de Trump… con Trump como presidente, los promotores de ilusiones dañinas sobre Obama, Clinton y los demócratas… estarán en una posición más débil… No debería pasar mucho tiempo antes de que las masas trabajadoras blancas que votaron por Trump hayan tenido suficiente experiencia para comenzar una lucha seria contra este multimillonario reaccionario. (noviembre-diciembre de 2016, págs. 4–5).

En otras palabras, los comunistas alemanes se pavonean: después de Hitler, ¡nosotros! Pero actualizado para una audiencia del siglo XXI.

Así, vemos partes de la Izquierda leyendo las victorias de la extrema derecha como un obstáculo o una “venganza” por el exceso de alcance del globalismo neoliberal -o como un encogimiento de hombros, sobre la base de que nada real ha cambiado o incluso que se están abriendo oportunidades para la Izquierda. Comparten la creencia de que el imperialismo occidental es la gran amenaza para el mundo, más que el expansionismo ruso o chino o los estados autoritarios más pequeños; están de acuerdo en que no se puede confiar en la democracia si puede ser explotada por los movimientos islamistas. Se centran en el Estado (incluso anarquistas como Debney o Noam Chomsky) y premian la “estabilidad y el orden” contra la democracia y la autodeterminación. Su principal interés en el crecimiento de los movimientos de extrema derecha y fascistas a nivel mundial es utilizarlo como un palo para vencer al neoliberalismo. Es como si 1933 nunca hubiera ocurrido.

[i] “Salafista” o “Salafi” significa musulmán “fundamentalista” que quiere que el Islam vuelva a las prácticas del Profeta Mahoma y sus Compañeros (salaf). Sin embargo, en los artículos populares sobre Oriente Medio se utiliza generalmente como “palabrota”, que califica a cualquier musulmán suní devoto que el autor desaprueba. La obra de Michael Muhammad Knight “Why I Am A Salafi” (2014) es una buena introducción a estos temas: ver una reseña aquí.

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