Un cuento acerca del cosmos

Todo comienza con el origen del universo; ese gran todo que llena el vacío, repleto de estrellas, nebulosas, planetas y materia oscura. Muchos científicos dicen que todo empezó con un gran cúmulo de materia y energía que ya no se aguantaba y que, de repente, explotó y lo llenó todo. Uno de esos científicos se preguntó algo diferente al recurrente…

de dónde venimos

Albert Einstein se preguntó cómo.

Si todo en en esta vida se puede descubrir, descifrar y analizar; entonces podemos entender y predecir cualquier suceso. Al menos esto era lo que Albert suponía. Muchos colegas suyos no estaban de acuerdo y más bien entendían al cosmos como un conjunto de probabilidades. De hecho, las propias teorías de Einstein sirvieron para que la comunidad de físicos teóricos transformaran esa idea de probabilidades en lo que hoy conocemos como física cuántica.

Qué grato es imaginarse que casi cualquier cosa puede suceder –por cierto que el casi es también una probabilidad; ni hablar de lo posible. Es probable que en cualquier instante no se nos ocurra nada, como también es probable que al tomar una deliciosa taza de café, nuestras pupilas se dilaten y descubramos una nueva teoría sobre el paradero de nuestros calcetines impares en una lavadora. Todo se resume en si la partícula subatómica se mueve hacia un lado o hacia el otro. Decisiones entre un sí o un no; encendido o apagado –unos y ceros. La mejor manera de llegar a un punto, entonces, es tomando decisiones.

A veces es tan difícil tomar una sola decisión y resulta increíble que la continuidad del tiempo-espacio dependa de ello. Con mucho miedo podríamos paralizar nuestro universo al no querer decidirnos. Pero no hay de qué preocuparse; cuando se trata de las personas tomando decisiones, lo único que podemos paralizar son nuestras vidas. No se acabará el mundo si un día nos trabamos al elegir entre un helado doble de chocolate o uno de vainilla –que de todas maneras el chocolate es endulzado y preparado con la misma vainilla. Por lo tanto elegir vainilla excluye al chocolate, pero elegir chocolate no excluye a la vainilla. Elegir chocolate nos permitirá saborear un poco de ambos –mágica y deliciosa decisión.

Cada vez que decidimos, dejamos fluir las partículas de nuestra vida y contemplamos lo majestuoso del universo en nuestro haber, como resultado de haber elegido una de tantas posibilidades. Todo es posible, como también lo es la imposibilidad de serlo; basta con que decidamos para que el universo suceda.

Uno de los grandes dilemas de Albert Einstein fue, precisamente, el reconocer que hasta la partícula –teórica– más diminuta del universo tenía el poder suficiente para decidir una u otra cosa, y que no había forma alguna de explicarlo o descifrarlo por completo. Albert, aún estando en su lecho de muerte seguía atormentándose con la idea de entender cómo Dios hacía el universo. Una de sus frases más recurrentes era…

Dios no juega a los dados

No pasó mucho tiempo después de su muerte, para que uno de sus colegas –Stephen Hawkin– reformulara su sentencia a…

Dios no solo juega a los dados, sino que a veces los lanza donde no podemos verlos.

Así nace la física cuántica moderna que sigue tratándose de explicar de dónde viene el agua de los mares, el color de las flores, la sonrisa de una mujer hermosa, la magia de un beso, la fuerza de voluntad y el sentido común. Bueno, los científicos tal vez no se detengan en esos detalles, pero todo forma parte del universo. Entonces, toda la ciencia está sujeta al capricho de las partículas, al universo de probabilidades.

Muchos podrían abrumarse con tanta aleatoriedad en la vida, pero los físicos son felices contemplando las sorpresas que se arrojan, por ejemplo, en un acelerador de partículas. Es tan hermoso ver las figuras que se pueden ir formando cuando los átomos se descomponen en pedacitos. Alguna vez se ha dicho que los físicos teóricos son los nuevos filósofos, concuerdo. Y es que si observamos detenidamente, un físico teórico no estudia o investiga nada en realidad; son meras conjeturas, disparates y ocurrencias basadas en las locuras previas de otros científicos –¡qué divertido!

Cuando se sabe que todo es probable y que la continuidad depende de la toma de decisiones, nos sigue acechando la duda de nuestro origen. Aunque los científicos puedan suponer que venimos de un superátomo, la verdad es que nos gustaría más saber sobre los detalles tan sublimes que hacen de la vida un espacio-tiempo maravilloso. Es volver a contemplar lo más simple del cosmos…

recorrer nuevamente ese camino lleno de flores y pastizales, sentir la textura de lo inerte y abrazar lo que está vivo.

Preferimos descifrar lo cálido de las palabras de una madre y lo extraño que sentimos cuando nos enamoramos. Todo comienza con el principio del universo; pero al final de todo, cuando ya fuimos y visitamos cada rincón de la ciencia, encontramos que la última senda nos lleva hacia el mismo lugar.

La historia de nuestras vidas es este círculo caprichoso, lleno de decisiones y posibilidades; que termina y nos recuerda volver la mirada. Contemplamos qué fue del universo mientras lo estuvimos habitando; observamos recuerdos y revivimos emociones. Es probable que añoremos aquel beso, aquella mirada que bien pudo detener la continuidad espacio-tiempo de nuestras vidas; o esos momentos en que nos sentíamos dioses jugando a los dados. La añoranza no es más que la esencia de lo que siempre fuimos y a lo cual queremos volver.

Yo prefiero volver al amor.

Volver al origen.

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