Condiciones suficientes que no lo son

Nos gusta lo básico, lo sencillo, lo fácil, lo lineal, los atajos, en definitiva las condiciones suficientes. Cuando estudiamos matemáticas estas condiciones suficientes eran difíciles de comprender en profundidad. La lógica tiene unas reglas afiladas e inquebrantables. Pensamos que es suficiente pasar por una facultad de económicas, medicina o ciencias de la información para ejercer de economista, médico o periodista. En cambio, lejos ser suficiente estamos en un punto necesario y tremendamente lejano de la realidad. Ningún médico recién salido del horno hace una operación a corazón abierto; ningún economista recién graduado comprende la complejidad de la Economía — quizás ni cuando se jubile — o se puede sentar a diagnosticar los problemas más básicos a los que se enfrenta una empresa. Y qué decir de los periodistas, todos sabemos poner una palabra tras otra, incluso a veces hasta logramos juntar el sujeto, el verbo y el predicado para formar una frase ingeniosa. Pero nada de eso sirve, nada de eso es suficiente para evitar un desastre: matar al paciente, hacer una recomendación estúpida a una empresa o escribir un texto que nada tiene que ver con la realidad. Las condiciones suficientes son muy escasas, en matemáticas y aún más en nuestra vida real.

Tener una buena caña no te hace mejor pescador. Tener más dinero en la cuenta corriente no te hace mejor persona, ni más listo, ni más guapo, ni más importante. Escribir en un ordenador mejor no te convierte en escritor ni en publicista, saber coser un botón en diseñador de moda, publicar en Twitter no te consagra periodista, ni hablar idiomas te convierte en trabajador de la ONU. Ya sé que estoy banalizando mi argumento contando tonterías que cualquiera puede saber.

El problema es que todos nos zampamos titulares, noticias, e información a diestro y siniestro, todos los días a todas las horas, que relacionan causas y efectos, condiciones suficientes, cuando en realidad esconden tantas banalidades, sino más, de las que acabo de comentar, pero mejor disfrazadas.

Si descubriéramos que Dalí hacía cinco minutos el pino antes de ponerse a pintar, no tardaría en saltar a la palestra: «el método que convirtió a Dalí en uno de los mejores artistas». Todos los días sabemos lo que comen o dejan de comer ciertos famosos — como si eso ya nos convirtiera más delgados, guapos o sanos — , la hora a la que se levanta Tim Cook para ir a Apple, los libros que lee Bill Gates, lo que desayuna Warren Buffet antes comprar acciones. Lo mismo pasa cuando confundimos al personal y llenamos de esteroides sus expectativas al poner en el pedestal mediático y social titulares de jóvenes, inteligentes y revolucionarios que se hicieron millonarios a los 30 con una App, o el futbolista que salió de las favelas o el secreto de cómo funciona un buen restaurante. Repito: nos gusta lo básico, lo sencillo, lo fácil, lo lineal, los atajos, en definitiva las condiciones suficientes.

Lo peor es despertar de este sueño asumiendo que esa dieta no te ha quitado kilos, para tu desgracia los ha puesto y además has perdido músculo. Levantarse todas los días a las 4 am para ir a trabajar sólo te ha dejado más cansado y tomar cocacola en ayunas no te ayudó en nada a tomar mejores decisiones en bolsa… Nos hemos tragado tonterías edulcoradas con narrativas de éxito. También ocurre con las narrativas de fracaso, cuando rápidamente sacamos conclusiones sobre qué ha hecho aumentar la pobreza, los contratos basura o la desigualdad.

Estas linealidades a las que tanto nos aferramos, casi de una única dirección y fáciles de predecir a priori, no dejan de ser atajos para comprender una realidad que se nos escapa de las manos. Tras un cuerpo escultural hay una genética, un entrenamiento muy duro y constante, unido a una dieta y posiblemente mil factores más. Tras los éxitos de Buffet hay mucho saber hacer, también suerte, pero lo que es imposible es que copies el cerebro de Buffet para invertir como él, o la información a la que él mismo (y sólo él) tiene acceso. Quedarse en lo que desayuna, lee, sus rutinas o qué casa tiene no dejan de ser banalidades más o menos sofisticadas. Hay tantos factores potenciales para explicar cómo ha logrado una empresa millones de euros de inversores que parece una broma asumir que los podremos observar desde fuera. Quedarse con lo fácil (oficina, tecnología, empezar en un garaje, el logo, asistir al evento X…) es poco más que un atajo mortal para las expectativas de quien emprende.

Asumimos tan fácilmente estos atajos que parece una broma — he buscado intencionadamente ejemplos chorras — , pero basta prestar un poco de atención a nuestro alrededor para ver que bromas, las justas. Cada vez las redes sociales están más radicalizadas, si cabe.

Lanzamos mensajes de 140 caracteres que explican el mundo con una sencillez que hiela la inteligencia, sin matices, sin dudas, como los misiles. Rápidamente sabemos quién lo hizo bien, quién mal y por qué, como si sólo hubiera un por qué. Salen recetas para resolver cualquier tipo de problemas como si fueran churros: mezclas 300 gramos de harina de trigo con 440 mililitros de agua y una cucharadita de sal.

Dado que las condiciones suficientes son escasas, tremendamente raras sino están acompañadas de una multitud de condiciones adyacentes, necesarias, también son muy escasos los hechos que puedan explicarse por una sola causa, sobre todo los sociales, políticos, culturales, económicos, psicológicos, médicos o por supuesto meteorológicos. Quizás la razón de nuestro abono a lo básico, lo sencillo, lo fácil, lo lineal, los atajos tiene algo que ver con nuestro analfabetismo matemático. Las matemáticas son más necesarias que nunca como lógica, como bisturí para analizar la realidad, crecer como personas, y mucho más como profesionales. Refrescar algunos fundamentos de la lógica y la estadística, por ejemplo, nos obligaría a ser mucho más humildes y prudentes intelectualmente. Quizás hasta más tolerantes. Nos obligaría a hacernos más y mejores preguntas, a experimentar, a callar cuando no se sabe, a investigar. Aunque esto implica esfuerzo y tiempo, y quizás sea incompatible con tanto fast en el que estamos involucrados. Pero el fast es peligroso, comemos lo que nos pongan sin rechistar y además es adictivo. Llevamos unos días donde dos tipos juegan a ver quién la tiene más grande (la bomba nuclear), uno a golpe de 140 caracteres y otro a golpe de puño. Todo se simplifica hasta que lo podamos tragar sin masticar.

Publicado en Sintetia.com

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