Déjate de chorradas, ¡no salgas de tu zona de confort!

“Para conseguir conocimiento, añade cosas cada día. Para conseguir sabiduría, resta cosas cada día” Lao Tzé.

Me declaro esencialista. En un despertar, y gracias a un profesor (siempre hay un profesor), descubrí grandes libros de filosofía. Cuando empecé a leerlos mi cabeza hervía. No paraba de pensar, le daba vueltas por todas sus aristas a conceptos clave (libertad, democracia, valores, cultura, moral) pero, sobre todo, he ido adquiriendo una obsesión por hacer cosas con propósito. El gran problema del mundo de las ideas es que creemos que vivimos en él y con eso ya es suficiente. Pero no. De hecho es un mero punto inicial, importante, pero intranscendente si te quedas ahí. Y eso es precisamente lo que me ha ocurrido a mí durante muchos años con ciertos conceptos que tenía muy pensados, muy interiorizados pero poco practicados. La sencillez, la especialización, el disfrute como fin de una carrera profesional, la mejora continua, el lastre del apego hacia lo material, la tiraría y error de darle tu vida y tu libertad a otra persona, el poder de las cosas y el consumismo y cómo dominarlo. Con la llegada de la tecnología la lista se hizo más larga: la conectividad 24 horas, 7 días a la semana, dar prioridad a las llamadas, los mensajes, las interrupciones. El tener antes que el ser; el hacer antes que ser.

A mis 38 años, es decir, hace año y medio, me dijeron: “majo, trabajas mucho y parece que tienes muchas cosas. La vida te sonríe, o te sonreía, pero tu cerebro es el una persona de 58 años. Sí, 20 años más. Tus analíticas, tu sobrepeso, tu desequilibrio hormonal, tu sistema nervioso hiperalterado… Estás rompiendo”. Cuando te dicen eso, en medio de una situación médica donde ni siquiera puedes pensar, ni leer, ni ver nada con claridad, crees que has tocado fondo. Pero el problema de todo radica en que crees que no sabes hacer otra cosa. ¿Yo? Pero si no hago nada extraordinario -me repetía y repetía a todos, incluido al médico-. ¿Yo? Pero si me encanta lo que hago, aunque tengo episodios muy duros -estamos en medio de una crisis y me he dedicado a sacar a empresas de la UVI y eso es muy duro-, les decía.

Pero sabía que tenían razón. Estaba pasado, cansado y en modo cortocircuito. Llevaba muchos meses, todos los días, donde mi vida, mi cabeza, mi trabajo era un hervidero. Quería hacer de todo, en todo momento. Parecía que hacía, que tenía, que iba, pero nada de eso era realidad. Estaba en un tren en marcha, del que parece que no puedes bajar. Con desafíos cada día. Con tensión diaria, sí diaria, y no me daba ni cuenta. No había deporte, no había momento para pensar, no había espacio para que mi cabeza estuviera en calma. No había momento para nada slow, todo era fast. Me parecía al mismísimo Jerry Maguire, que parecía se había comido pilas pero estaba roto por dentro. Lo peor es que llegaba, hacía, lograba.

Si lo que importa son los resultados, estar fuera de la famosa zona de confort y lograr impacto, parecía que lo hacía bien. Pero todo eso son chorradas. Hay muchos caminos para lograr resultados e impacto y estar en tu zona de confort, si, donde estás tranquilo, ves las cosas con claridad y tienes la motivación intacta y las ganas de seguir mordiendo sin tener la necesidad de que el tigre de tu mente te persiga por las calles.

Quizás ayer me hayan dicho el mejor piropo que me han podido decir: “has rejuvenecido”. He metido una tijera a mi vida de una forma impresionante. He aprendido muchísimo del proceso. Aún soy un pequeño alumno de parvulario, pero la cosa empieza a parecerse mucho al mundo de las ideas que años atrás tanto pensaba y ansiaba, pero que no ejecutaba. Ya sé lo que puedes estar pensando: esto es a costa de ganar menos dinero, ser menos productivo y lograr menos. Pues no, eso es lo que yo creía y lo que me hacía estar en una especie de bucle que me llevó casi a la locura. Pero hacer menos no necesariamente es malo. De hecho creo que menos es más, en muchas ocasiones, en demasiadas. Y ésa es la definición del esencialismo.

La clave está en elegir qué hacer. Qué criterio utilizar y mejorarlo sin cesar. En mi caso, primero por necesidad y después por devoción, elegí el impacto. En lo profesional el impacto lo mido a través de: qué mejora mi cuenta de resultados, qué mejora mi calidad en los proyectos, qué podemos hacer mejor. Empecé a decir NO a ciertos proyectos basura, más habituales de lo que te podrías imaginar. Esto me dio tiempo para aportar más calidad a los proyectos de alto impacto. A la vez decidimos (nunca estuve solo, por suerte siempre tuve y tengo unos socios que me arropan y me ayudan) qué cosas crean más valor en nuestro trabajo. Y nos centramos en ellas a muerte.

Cuando re-enfocas tu día a día, cada hora, en cosas de impacto te das cuenta de que el resto de lo que hacías pasa a un segundo lugar. A veces lo que hacías, el 80%, no generaba impacto y te das cuenta de que no tener un sistema para priorizar te lleva al abismo.

Desde que leí el libro de Greg McKeown me hice esencialista (tercera vez que te lo digo). ¿Cuál es la proposición máxima del esencialismo? El propio Greg lo deja claro: “sólo cuando te das permiso de dejar de hacerlo todo, de dejar de decirles que sí a todos, puedes hacer tu mayor contribución a las cosas que realmente importan”. “El camino del esencialista es la búsqueda incansable de ese menos pero mejor. No significa no hacer concesiones de vez en cuando con el principio. Significa buscarlo de manera disciplinada…” y la pregunta que no paro de repetirme todas las mañanas, como una especie de mantra (porque al cerebro hay que re-educarlo a base de darle caña) es: ¿Estoy invirtiendo en las actividades adecuadas? Se trata de “invertir de la manera más inteligente posible el tiempo y la energía para dar nuestra mayor contribución al hacer sólo lo que es esencial”.

No podemos ocuparnos de todo. No podemos estar en todos los sitios. No vamos a ser más productivos, ni marcar la diferencia en nada si somos un cóctel de cosas desordenadas. Vivir en la quiebra técnica diariamente, en el agotamiento, no es sano ni vale para mucho. Una mente cansada, no toma decisiones inteligentes. Un cuerpo sin oxigenar y enfermo no te permite disfrutar de la vida ni hacer las cosas que te gustaría hacer. Una vida llena de cosas de 2 minutos no te conduce a ningún sitio, porque conozco pocas casas de alto impacto que lleven tan sólo 2 minutos.

¿Cómo usas tú tu energía? Foto del libro de Greg McKeown

Re-define qué es el éxito. ¿Morir a los 40? ¿Tener y no disfrutar? ¿Vivir y no ser consciente ni presente de lo que estás haciendo?. Greg dice:

“la búsqueda del éxito puede ser un catalizador de fracaso. El éxito nos puede distraer de enfocarnos en las cosas esenciales que producen éxito en primer lugar”.

Lo que más me preocupa y me abruma, porque soy consciente de ello, es que “cuando no elegimos decidida y deliberadamente en qué concentrar nuestras energías y nuestro tiempo, otras personas (jefes, colegas, clientes, …) elegirán por nosotros y en poco tiempo habremos perdido de vista todo lo que es significativo e importante”.

Mi fortaleza, pero a la vez mi debilidad, es que me apasiona mi trabajo. Me apasionan las finanzas corporativas, aprender de forma incansable, creo en la capacidad para ayudar a las organizaciones y estoy enchufado al rock & roll de la adrenalina de hacer cosas. Hasta el punto de dejar de lado mi esencia, mi salud, el placer de la vida slow, los propósitos. Porque hacer sin medida y fuera de tu zona de confort es igual a stress que, si se acumula y no se libera, acaba contigo.

Me quedo con los sabios consejos de Alfonso Alcántara:

No salgas de tu zona de confort, hazla más grande (…) La zona de confort nunca es la que abandonamos, es aquella en la que vivimos (…) Muchos que recomiendan a los demás salir de su zona de confort lo dicen desde su propia zona de confort.

Cuando re-enfocas todo cambia, en mi caso me grabé a fuego en mi mente tres cosas: primero, tener salud y cuidar de mi familia; después, usar la energía correctamente (usa la energía como el combustible de un coche, optimízala casi por cuentagotas) y tercero, invertir y hacer aquello en lo que logres mayor impacto (y desechar todo lo demás).

Reducir, eliminar, simplificar, reír, meditar, correr, conectar con el mar, el monte, la familia, los amigos, los compañeros, los socios. Nuevos verbos que marcan la diferencia. La buena noticia, desde que aplico esto casi como una religión tenemos proyectos más interesantes, retos apasionantes, mi productividad, rentabilidad y calidad de vida han mejorado.

No tengo WhatsApp, reduzco al máximo el tiempo de reuniones, dejo huecos importantes en la agenda para dedicar tiempo y energía a los proyectos en los que estoy. No contesto a todas las llamadas, tengo momentos de desconexión total donde pongo 200% foco en lo que hago, y nada más. Hago deporte cinco veces por semana (creo que ya tengo el hábito, llevo haciéndolo durante 2o meses seguidos)y practico mindfulness todas las noches. Pequeñas cosas que antes no existían y que marcan la diferencia entre lo esencial y lo superfluo.

Aún sigo viendo a mi alrededor muchos directivos, empresarios, empleados, inmersos (como yo antes de mi punto de inflexión) en el más porque es mejor. Que si más horas de oficina es más productividad. Que si siempre se puede hacer un poco más, exigirte y exigir más. Más viajes. Una reunión más. Un proyecto más (a veces sin saber si nos saca de foco, o no, si es rentable o no).

Te propongo un reto: cuando mi cabeza no me permitía trabajar más de una hora al día, sólo podía hacer poco más de una cosa con cierto impacto. Y el reto, durante varios meses, fue decidir qué hacer. Si sólo pudieras hacer una cosa al día, ¿Cuál harías? Si fueran dos, ¿Cuáles serían? ¿Y si fueran tres? Si haces ese reto, te darás cuenta que un día con una, dos, tres, máximo cuatro de estas cosas tu transformación será exponencial (y créeme, tu rentabilidad). Nunca dejarás de hacerte esa pregunta porque verás que es muy útil. ¡Pruébalo!

Quería compartir también una charla de hace unas semanas en Oviedo Emprende, con Francisco Alcaide, donde pude explicar algunas de estas cosas. Al final es una presentación muy personal. No soy nadie ni ejemplo para nadie, pero he creído que contar mi caso puede ayudar a otros yonkis de la pasión por el trabajo.