El hambre y el doble check

El sistema de doble check no lo inventó WhastApp, lo inventó el hambre y la posguerra. Durante décadas, tras hacer la compra, el dialogo habitual entre el tendero y la cabeza de familia —porque no nos olvidemos, las mujeres han sido las grandes gestoras de la escasez, siendo capaces de sacar familias adelante en contextos difíciles de imaginar para nosotros hoy— era:
— ¿Lo anotamos?
— Si, hasta el mes que viene lo vamos anotando.
Dos cuadernos, misma estructura. En uno, más pequeño, anotaba la cliente. Día e importe. El tendero hacía lo propio, si era a la vista de la señora, mejor, día e importe en la hoja que le correspondía — una por señora — . Así cada día hasta que finalizaba el mes. Con el sueldo del marido liquidaba las compras del mes anterior, usando el sistema de doble check con el tendero. Se liquidaba un mes y al siguiente se volvía a anotar. Son 10 pesetas, tú en tu libreta pequeña, yo en mi libro de cuentas.
Un sistema aparentemente sencillo pero que esconde un grado de sofisticación importante. Cuando tienes que fiar hasta la comida de un mes, o no comes, eso sí es vivir por encima de tus posibilidades. Cuando los negocios se basan en la confianza y no en el engaño, porque si lo hacías durabas máximo un mes, eso sí que era management. Cuando la escasez imperaba, el trabajo era abundante pero barato y poco cualificado, vivir y crecer como familia era todo un reto. Reinaba el analfabetismo: según el IVIE, los primeros datos que tenemos de formación y población son de 1964 (así que imagina las décadas anteriores).
En 1964, 12 de cada 100 personas eran completamente analfabetas y si añadimos los que tenían como máximo estudios primarios y nada más, tenías representada al 94% de la población. En los 60 menos del 1% de los españoles había ido a la universidad.
Las señoras, con estudios muy básicos o analfabetas, al igual que el tendero, eran gestoras extraordinarias, alguna vez se perdía «misteriosamente» alguna hoja del medio, sin explicación más que la supervivencia y el regateo. Pero el sistema de doble check era el que ponía todo orden, el que mantenía la confianza y aseguraba el futuro. Si la confianza se quebraba, se rompía el crédito y era malo para todas las partes.
El tendero tenía tantos problemas de formación como a la señora a la que vendía.
«Pon todos los números de derecha a izquierda. Si sabes contar, sabes sumar estas cantidades pero con algún truco que te enseñaré», eso le decía el hermano de mi abuelo para enseñarle a sumar, atención, con 27 años. Poco más sabía mi abuelo para montar su primer negocio, toda una tienda de todo un poco (las tiendas-bar eran como las tiendas de los chinos de la posguerra, donde encontrabas casi cualquier cosa, pero sin unas cuantas de miles de referencias).
El tendero se convertía en analista de riesgos: cuánto suele poder pagarme cada mes esta señora, se preguntaba para cada una de ellas. Y a partir de ahí no solía fiar mucho más, porque el riesgo de impago aumentaba. Cada problema de cada mes, lo anotaba, para tener más datos que le ayudaran a gestionar ese riesgo. Eso sí eran analistas, y no los de la banca actual. Sobre esa libreta tenía que gestionar su stock, buscar «viajantes», así llamaban a los distribuidores de fuera, para traer producto y negociar las condiciones de pago, cantidades y fijar los precios.
Ahora asociamos el doble check a WhatsApp, pero ya vemos que tiene mucha historia. Seguro que si nos remontamos a la antigua Grecia o a Roma, con sistemas también comerciales bastante parecidos, ya tenían un sistema muy similar. Hoy el doble check se usa entre multinacionales con programas sofisticados para liquidarse entre sí. Lo usa Hacienda cuando coteja nuestros impuestos y es el día a día de cualquier informático o contable. Como sociedad hemos tenido la habilidad de sofisticar el sistema generado por la necesidad y el hambre, necesario para crear confianza. La libreta no deja de ser un registro contable de doble entrada entre cliente y proveedor. El tendero era un experto en lo que ahora los financieros llaman información blanda, recabar datos cualitativos pero determinantes para saber la probabilidad de impago de un cliente. El tope de riesgo que ponía el tendero, un tope distinto para cada señora, no deja de ser una línea financiera entre cliente y proveedor habitual en el mundo de los negocios y el sistema financiero actual. Hoy no hay multinacional o empresa de cierto tamaño que se precie que no analice «el riesgo» de cada cliente para establecer el sistema de cobros, y más si hay por medio comercio internacional.
Hemos sido capaces de sofisticar la necesidad, pero es inconmensurable el mérito del tendero analfabeto que aprendió a sumar a sus 27 años, justo en el momento de crear su negocio — crear un negocio siendo analfabeto, eso sí es emprender — , y de la señora que negocia, gestiona, tiene que crear confianza, liquidar, atender su casa y planificar la escasez como si practicara una cirugía. Y todo ello sin formación alguna, sin tablets, sin teléfonos inteligentes, sin VISA y sin tarjeta de El Corte Inglés.
Aún vive con nosotros una o varias generaciones tan analógica como el lápiz y el papel. Tan anumérica que estiraba al máximo eso de sumar y restar. Que vivieron la escasez real y la gestionaron como pudieron. Hoy mi hija de 11 años estudia con los libros de texto que tiene descargados en su iPad, en inglés el 90% de su tiempo, usa YouTube para bailar en el salón de casa y el doble check para ver si su amiga ha visto la foto que le envió, así como para comprobar si el resultado de sus ecuaciones es el correcto. Mis hijas y su bisabuelo se dan un beso, choque de culturas, choque de formación, choque de necesidades, choque de dos vidas que es difícil se encuentren más allá de lo tangencial. Esa España está ahí también, son 2,9 millones de españoles con más de 80 años los que siguen vivos. A veces la queremos aparcar, a veces no la queremos escuchar, parece incluso que molestan con sus batallas de viejos. Pero su piel, su sudor, sus estómagos son un puro registro imborrable si quiera por el Alzheimer para quien lo quiera explorar. Son historia reciente, no pre-historia como pensamos.
