La paradoja de la automatización

Javier García
Aug 28, 2017 · 6 min read

Google maps le llevó a un callejón sin salida, como no había camino, lo hizo. Estampó su coche frente al muro para cumplir escrupulosamente con la indicación que le daba esa vocecita con un tono a metal: «siga de frente y luego tome la siguiente salida a la derecha». Esto es una coña que se me ocurrió, pero ya empieza haber muertes por GPS, camiones perdidos y empotrados en el mismo punto kilométrico y son típicas las situaciones más comprometidas: que levante la mano quien no haya tenido un percance con el GPS.

Las máquinas libraron de la esclavitud y de todo tipo de dolores y enfermedades a las mujeres — si, pocos hombres hacían estas tareas — cuando las sacaron de los ríos y los lavaderos públicos. La lavadora ha tenido un impacto social realmente increíble. Cuando un hombre — si, pocas mujeres hacían esta tarea — pasó de labrar el campo a mano o con animales a tener un tractor o una máquina que hiciera parte del trabajo, se aliviaron muchos problemas, incluido la escasa productividad de las tierras. No seré yo quien cuestione la tecnología. Pero mi visión de la tecnología tiene que ver más con el conocimiento, con el dominio del humano sobre el medio. Los economistas usamos un concepto muy genérico de tecnología, y por genérico y sencillo que sea no deja de ser potente y deberíamos reivindicarlo más. Para la Economía como disciplina la tecnología es «cualquier cosa» que permita combinar inputs (entradas: materias primas, ideas, elementos, ingredientes, en definitiva, lo que quieras poner en sustitución de inputs) para lograr outputs (salidas: ropa limpia, tomates, platos de cocina, en definitiva, lo que quieras poner en sustitución de outputs).

Tiempos Modernos

Toma unos elementos, una regla creada por la mente humana te indica cómo combinarlos y eso te permite obtener un resultado. En los últimos dos siglos hemos sido realmente buenos combinando elementos para lograr la electricidad, la potencia de sentarse en un inodoro y no morir infectado, la máquina de vapor, el sistema RFID para saber dónde está cada paquete dentro de un sistema complejo de logística en una fábrica, el todopoderoso móvil inteligente y millones de cosas más. La historia económica reciente del mundo, aquella a partir de la cual todos los humanos dejaron de ser igualmente… pobres, es la historia del poder del conocimiento sobre el medio para hacernos más humanos, más libres, más fuertes, obtener más con menos, y librarnos de muchas cadenas.

Ahora estamos en la gran ola digital. En una comida en familia lo más efectivo es que te manden un WhatsApp para pasar la sal. Hemos convertido al que está al otro lado de un terminal en el protagonista, y solo deja de serlo cuando se sienta frente a nosotros, en ese momento ya no tenemos nada interesante que decirle. Lo que realmente me sorprende de esta nueva oleada tecnológica es que las máquinas se están vengando. Cuando ellas están, nuestro cerebro se apaga y ellas pilotan. Si sales con el móvil de casa —quién no lo hace ya— tu cara, tu ropa, tu comida, el sitio que visitas, lo que haces, lo que dices,… todo queda articulado para lograr un like, hasta el punto de pensar más en el otro, en esa masa etérea, que en el presente, en la propia experiencia. El ejemplo del GPS es paradigmático y, hasta cierto punto muy banal. Pero hay ejemplos más sofisticados.

La sicóloga del MIT, Sherry Turkle, lleva varias décadas estudiando cómo la tecnología ha mermado capacidades humanas básicas e importantes como la empatía. Decía en La Vanguardia: “El mero hecho de colocar un móvil encima de la mesa mientras hablamos, –señala Turkle– un móvil apagado y en silencio, afecta el contenido de la conversación. No hablaremos de cosas importantes, de sentimientos profundos, de nuestra intimidad, sino que conversaremos de trivialidades, de asuntos superficiales, de los cuales podamos desconectar con facilidad. Ahí radica el problema: no es el mensaje de texto, no es el móvil o la tableta. Es cómo nos afecta interiormente, cómo nos modifica y cómo cambia nuestras relaciones sociales”.

Una de las lecturas más deliciosas de este verano fue el último libro de Tim Harford, El poder del desorden. Profundiza en el tema estrella de Nassim Taleb: este mundo es cada vez más complejo, más inestable, plagado de incertidumbre y nos obliga a tomar micro decisiones en contextos imprevisibles. Esto requiere de entrenamiento mental (y físico en no pocas ocasiones), capacidades y conocimientos cada vez más sofisticados. La suerte tiene mucho poder en el resultado final y en este juego convivir con el desorden, hacerte fuerte en el caos, salirse de la rigidez como paradigma, es algo tremendamente importante. En cambio, cuando damos poder a la máquina, esa cosa tan compleja que hemos creado y que para todos nosotros es una caja negra — no sabemos cómo funciona pero es tan intuitiva y fácil que no necesitamos saberlo — , nuestro cerebro tiende a apagarse, funcionar en modo piloto automático y resulta que cuando pasa algo «no previsto» estamos tan poco entrenados y acostumbrados a funcionar sin la máquina, que el resultado suele ser catastrófico. Y esto está pasando en el mundo de la aviación, en las fábricas o en cualquier ámbito completamente automatizado, por tremendo que parezca. Tim Harford explica «la paradoja de la automatización» de manera impecable:

«Cuanto mejor sea el sistema automático, menos práctica tendrán las operaciones humanas y más inusuales serán las situaciones a las que se enfrenten».

El piloto automático falla poco, pero cuando lo hace crea una situación de extrema singularidad donde las habilidades que se requieren son cada vez más sofisticadas. Pero estas habilidades solo se adquieren con la práctica, una práctica inexistente porque lo habitual es ir con el piloto automático puesto. Las tres ideas fuerza que transmite Harford son realmente potentes:

1.- Los sistemas automáticos facilitan la incompetencia porque son fáciles de usar y corrigen los errores. Sin errores, no hay aprendizaje.

2.- Aunque seas un experto, el sistema erosiona tus habilidades al no exigirte practicarlas. No se requieren de muchas horas de avión para pilotar y hacer un gran viaje, de hecho muchos pilotos «de oficina» vuelan de vez en cuando, pero cuando les pasa algo fuera del control de la máquina, la probabilidad de que se estrellen aumenta.

3.- Los sistemas automáticos pueden fallar en situaciones inusuales, raras, donde las habilidades no se entrenan.

Conclusión de Tim Harford: «los dispositivos digitales evitan errores pequeños pero preparan el terreno para grandes errores».

Cuando los coches sean 100% autónomos no habrá incentivos para conducir en modo manual y adquirir todas las habilidades que necesitas para sortear un accidente si pasa algo «raro». Apagamos el cerebro de tal modo que si la realidad contradice a la máquina, entonces hay que cambiar la realidad.

Estamos cediendo libertad, decisión, análisis a las máquinas, y aún así nos creemos modernos por ello. Los nuevos héroes son los artesanos, de cualquier cosa — no sólo los que fabrican gaitas perdidos en un pueblo rural. Los artesanos son los que comprenden el conjunto, las piezas que hacen funcionar el todo, que conjugan la especialización con la necesidad, con el aprendizaje continuo, con la mejora permanente, con la imperfección de hacerlo con las manos si hace falta, de pensar, dibujar y no delegar el pensamiento. El conocimiento nos hace libres, fuertes y poderosos. Es una fuente inagotable de posibilidades. Permite lograr cosas extraordinarias. El peligro es cuando usamos las máquinas y las dejamos que ejerzan en nosotros un influjo que nos convierte en esclavos, en menos comunicativos, en menos creativos. ¿Sabías que la gran mayoría de las ideas provienen de encuentros humanos, poco causales, poco estructurados, de mentes conectadas y conscientes? La próxima vacuna no se creará en un grupo de WhatsApp de biólogos, ese lugar maldito donde nuestro cerebro entra en modo banal, se apaga y pierde la noción consciente del presente.

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Javier García

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Socio de SensunFinanzas.com y de Sintetia.com; apasionado de la #Economía las #Finanzas y la #Estrategia. Me gusta escribir y a veces divagar :)

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